Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Rajoy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Rajoy. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de noviembre de 2011

Mis razones para votar al PP

Primera. El voto útil. Solo una mayoría absoluta del PP garantiza que saquemos al PSOE del gobierno. Es evidente, para cualquiera que no esté dominado por un profundo sectarismo, que el partido gobernante ha sido desastroso para España. No solo esto, basta con escuchar al candidato socialista, por si alguien abrigara una mínima duda, para constatar que un nuevo gobierno del PSOE se empeñaría en repetir los mismos errores, consustanciales a su ideología. En el debate televisado con Mariano Rajoy, Rubalcaba no hizo más que reafirmar que su máxima preocupación no es que este país vuelva a crear riqueza, sino en mantener mediante mayores exacciones fiscales el gasto sanitario y los subsidios de desempleo. Es decir, en anclarnos en la pobreza eternamente temerosa y dependiente de las ayudas de la administración. Peor aún, mientras el candidato del Partido Popular desgranaba sus propuestas de apoyo a los empresarios, que son a fin de cuentas los únicos que pueden crear empleo productivo, el socialista se enrocaba en la defensa de los convenios colectivos incluso para las pequeñas empresas. De lo contrario, aseguraba, en una empresa de cuatro trabajadores, estos no tienen ninguna protección frente al empresario. ¡Poco le faltó para afirmar que un emprendedor que da trabajo a cuatro empleados es un individuo sospechoso!

Segunda. El voto ideológico. El PP está realizando una campaña claramente orientada al voto útil. Rajoy no hace más que insistir que aquí no se dirime una cuestión de ideologías, sino si queremos continuar como ahora o que haya un cambio. Tiene parte de razón, en el sentido de que el votante típico del PP no es una persona con ideología. El conservadurismo, en su acepción positiva, no es una ideología. El conservador es una persona que cree en el valor de la tradición, de los valores morales, del sentido común y de la experiencia. Por tanto está en contra de todo sistema ideológico, entendido como la pretensión de transformar la realidad partiendo consecuentemente de una serie de principios filosóficos. De ahí que un conservador, instintivamente, sea también un liberal, receloso del Estado como promotor de políticas de ingeniería social. Y que sea también un demócrata, receloso de las élites intelectuales o seudointelectuales que a menudo pretenden avergonzar a la gente corriente por su manera de pensar. No hay nada más democrático que el sentido común, expresión que tanto gusta de utilizar Mariano Rajoy.

Al PP se le critica con frecuencia (también yo lo he hecho) por su ambigüedad ideológica, por su evanescencia centrista. No es una crítica injustificada, desde luego, pero sí creo que quienes la hacemos hemos pecado a menudo de una cierta miopía. Nos hemos centrado excesivamente en lo que dice, o deja de decir Rajoy o cualquier otro dirigente del Partido Popular. Los contrarios al aborto, por ejemplo, porque no es lo suficientemente contundente. Lo mismo quienes abogan por la derrota policial y judicial del terrorismo, quienes son contrarios al mantenimiento del ruinoso Estado del Bienestar, etc. Ahora bien, ¿qué partido con posibilidades de gobernar hay en España en el que se puedan sentir absolutamente cómodas las posiciones antiabortistas, contra la negociación con ETA, a favor de la sociedad civil y de menos Estado, todo ello a la vez? La respuesta para mí es perogrullesca.

Tercera. Razones personales. Conozco al cabeza de lista por mi circunscripción electoral, Alejandro Fernández, que vive en el mismo barrio tarraconense que yo, un conglomerado de numerosos edificios de entre cinco y doce plantas, integrado por gente trabajadora de clase media-baja y media-media, con su buena cuota de inmigrantes rumanos y magrebíes... Hace unas semanas le saludé junto al cajero automático de la esquina de mi bloque y vi que todavía tiene el mismo Peugeot 406 de hace cuatro o cinco años, por lo menos, si es que eso es indicativo de algo. (Bueno, yo tengo el mismo Peugeot 306 de hace ocho años, si es que eso es indicativo de algo. Supongo que no.) Nos conocimos, tras un breve diálogo en su blog, en la presentación de un libro de Juan Carlos Girauta, La eclosión liberal. A través de Alejandro conocí también a Alberto Acereda, profesor de literatura nacionalizado estadounidense, gracias al cual publiqué artículos en algunos medios, incluido Libertad Digital. Nunca me ha sugerido que me apunte al PP (no creo que el partido ande precisamente falto de militantes), ni a mí se me ha pasado por la cabeza nunca tener ningún carnet. Pero el hecho de que en el PP haya personas como Alejandro (buena gente, inteligente, y de una apabullante normalidad) no hace más que convertir en un impulso natural un voto que nace de mucha reflexión previa.

Cuarta. El 11-M. En cierto modo tengo una espina clavada. No voté nunca a Aznar, a pesar de que me alegré de sus dos victorias electorales, en 1996 y en el 2000. Al igual que muchos ahora, que más o menos íntimamente desean y confían en la victoria del PP, pero por mojigaterías de diversa índole prefieren votar a otros partidos, sea UPyD, el Foro de Álvarez-Cascos, o al nacionalismo moderado, yo votaba a otros partidos hasta que por vez primera lo hice por el PP. Fue un 14 de marzo de 2004, día de infausto recuerdo en la historia de España, casi tanto como aquel jueves 11 de marzo en que la democracia (que es en esencia un cambio de gobierno incruento) perdió su sentido en esta nación. La vil y degenerada reacción de tanta gente manipuladora y manipulada, que tras el asesinato de 191 ciudadanos no se les ocurrió otra cosa que cargar contra el gobierno, que llamar asesino a Aznar e intentar linchar a dos miembros de su gabinete en una manifestación en Barcelona, me llevaron a votar a Rajoy en 2004, y a repetir luego mi voto en 2008. Tras la segunda derrota electoral del PP, a los pocos minutos de conocerse los resultados, escribí manifestando mi deseo de que Rajoy dejara paso a otros, por ejemplo a Esperanza Aguirre. Sin embargo, ahora volveré por tercera vez a votarlo, porque es lo que tenemos, y esta vez por fin parece que lo va a conseguir. No le doy ningún cheque en blanco, pero sí una oportunidad. Nada desearía más que tenerlo que votar de nuevo dentro de otros cuatro años, porque será la señal de que España ha salido razonablemente bien parada de la tormenta. Con esa esperanza le votaré mañana.

domingo, 2 de octubre de 2011

La diferencia

El movimiento del 15-M, surgido de manera aparentemente espontánea pocos días antes de las últimas elecciones locales y autonómicas, tenía un mensaje central: Que los dos grandes partidos, PP y PSOE eran lo mismo, en esencia. Por supuesto, cabe recelar de la ecuanimidad de una afirmación que en la práctica perjudica mucho más a un partido que a otro. (En este caso, obviamente, era al PP, al que las encuestas daban una gran ventaja.) Por si alguien abrigaba alguna duda, las actuaciones del movimiento del 15-M en los meses posteriores (por ejemplo, en relación a la visita del papa) han demostrado que su carácter "transversal" era puro cebo para incautos. Son extrema izquierda, y por ello con muchas coincidencias con el zapaterismo: anticlericalismo (lo llaman laicismo), proabortismo, simpatías apenas encubiertas hacia la izquierda pro terrorista vasca, etc.

Esto no significa que la idea según la cual PP y PSOE son lo mismo sea exclusiva de la izquierda. En realidad, la sugieren también muchos opinadores de derechas, liberales o liberal-conservadores, con escaso sentido práctico. Una cosa es que acusemos a la derecha política de tibieza, de no poner suficiente empeño en la batalla ideológica. Y otra muy distinta es pretender que la derecha haga la campaña electoral que le gustaría a la izquierda. ¡No seamos ingenuos! Este domingo escuchaba a Luis del Pino en esRadio exigir a Mariano Rajoy que declare solemnemente que su gobierno no respetará ningún acuerdo con ETA obtenido con la participación de los llamados "mediadores internacionales" (en realidad, unos exterroristas que siguen viviendo del terrorismo, vía contribuyentes). Claro, para liberar a los socialistas de tener que hablar de economía, el tema que más daño les causa, solo falta que Rajoy diga algo tan innecesario como que ningún gobierno entrante tiene la menor obligación moral, política ni jurídica de respetar acuerdos de un gobierno saliente con un grupo criminal, con o sin unos mediadores que solo se representan a sí mismos y a sus cuentas corrientes.

Lo mismo puede decirse de quienes reprochan al PP que no declare con sinceridad que habrá que hacer más recortes "sociales". Si alguien es tan pánfilo como para necesitar que le digan tal cosa, lo más probable es que también reaccionase votando a quien, por el contrario, le dijera lo que quiere oír, es decir, a Rubalcaba. El PP ya está hablando claramente en los gobiernos autónomos donde gobierna desde el pasado 22 de mayo: Con lo hechos. No hay ninguna necesidad de que se ate ninguna otra piedra al cuello para ayudar al PSOE a reducir la distancia a la que se encuentra del previsible ganador, según todas las encuestas.

Más grave es cuando esos mismos opinadores, supuestamente encuadrados en la derecha liberal, comparan a los dos grandes partidos políticos españoles partiendo de concepciones que en realidad son de izquierdas. Y pongo como ejemplo de nuevo a Luis del Pino, periodista al que aprecio mucho, pero que a veces, cuando se equivoca, lo hace con todo el equipo. En su editorial del programa "Sin complejos" del sábado, se mostraba preocupado por la coincidencia de los discursos de Esperanza Aguirre y José Bono en la presentación del último libro de Pedro J. Ramírez, sobre la revolución francesa. Ambos políticos alertaban, al parecer, sobre los peligros de quienes tratan de aprovecharse del descontento popular para erosionar las democracias. Dice Del Pino:

"Y ver a aquellos dos presentadores del libro de Pedro J. advertir insistentemente sobre los peligros de las revueltas callejeras, en lugar de reclamar las reformas necesarias para que esas revueltas no sean posibles, me convenció de que no hay, realmente, nada que hacer: los acontecimientos seguirán su curso de forma cada vez menos controlada. Y en lugar de una reforma que evite los sufrimientos, acabaremos por tener un estallido, que los exacerbará."

Se entrega entonces nuestro analista a una fatalista concepción de la historia según la cual, aunque Robespierre, Marat o Danton no hubieran existido, los acontecimientos hubieran seguido el mismo curso, porque todo se cifra en que había grandes injusticias que están allí solo para que el primer demagogo sin escrúpulos sepa explotarlas.

Estoy rotundamente en desacuerdo con esta concepción materialista de la historia, afín al marxismo. Descontento social lo ha habido en todas las épocas y latitudes. En ocasiones estalla y conduce a golpes de Estado o cambios de régimen. ¿Por qué unas veces ocurre y otras no? Pues precisamente porque a veces aparece un Robespierre, un Lenin o un Hitler. Esa es la diferencia crucial, he ahí la importancia capital de los individuos, para bien y para mal. Por tanto, cuando Esperanza Aguirre alerta contra las tentaciones de la demagogia, tiene toda la razón del mundo, no está en ninguna torre de marfil, insensible a las dificultades de la gente. Que José Bono, con su habilidad para adaptarse a los auditorios y hacer guiños a la derecha sociológica más tontaina, pueda coincidir en el mismo discurso, tampoco debería llamarnos especialmente la atención.

Y sí, hay también una diferencia capital entre el PP y el PSOE. Uno dice que va a subir los impuestos al alcohol y al tabaco para financiar la sanidad. El otro anuncia que deducirá 3.000 euros a los autónomos que contraten a su primer empleado. Uno busca de dónde sacar más dinero a los contribuyentes, en una cerril visión de suma cero. (Hace falta dinero: hay que quitárselo a alguien.) Otro se orienta a crear empleo, es decir, a que se cree más riqueza real. (Hace falta dinero: debemos trabajar más.) Uno se empeña en seguir repartiendo miseria y dependencia del Estado. El otro aspira a que los individuos prosperen y se ganen por sí mismos el bienestar. No es lo mismo, sino más bien todo lo contrario.

martes, 5 de abril de 2011

Las causas del paro

Según los datos del Ministerio de Trabajo, el mes de marzo ha habido 34.406 parados más. Lo grave de esta cifra es que hay que sumarla a los más de 2 millones de empleos que se han destruido desde marzo de 2004, cuando todavía gobernaba el PP. Esto no tiene atenuante alguno; se mire por donde se mire, es un desastre.

¿Por qué nos encontramos en esta situación? Una persona partidaria del gobierno dirá, evidentemente, que todo es consecuencia de una crisis económica internacional, de la cual Zapatero no tiene la culpa. Se le podrá acusar, como mucho, de no haber reconocido a tiempo su impacto en España, pero no de todos y cada uno de los dos millones de empleos que se han destruido. De hecho, en los primeros dos o tres años de su gobierno, la inercia de incremento de empleo neto, generada durante las legislaturas de Aznar, se mantuvo. Por eso hace poco Zapatero presumía de que bajo su mandato se produjo el porcentaje de paro más bajo de la democracia, dato innegablemente cierto.

En realidad, algunos partidarios del PSOE van todavía más lejos, y culpan de la crisis económica a los propios gobiernos de Aznar, que contribuyeron alegremente a la formación de la burbuja inmobiliaria. La "cultura del ladrillo", la llaman los cursis que creen que queda fino hablar de "la cultura de" cualquier cosa. Sin embargo, esta teoría tiene un no sé qué de retorcido que los propios que la defienden no se la puedan creer de verdad. Porque Aznar heredó de González un país con el 22 % de paro, y lo dejó en el 11 %. Hoy vuelve a estar en el 20 %, y creciendo. Si en vez de gobernar el PP entre 1996 y 2004, hubiera seguido haciéndolo el PSOE, y el paro se hubiese reducido a la mitad, a Felipe González lo hubieran propuesto para el premio Nobel de economía y se habría hablado del "milagro económico español" hasta la saciedad. Y no se hubiera solicitado su canonización al Vaticano por aquello del tic anticlerical del PSOE, que si no, también.

Sin embargo, tienen su parte de razón quienes aducen que no toda la culpa la tiene Zapatero. La causa del paro en España, en realidad la sabe todo el mundo, aunque a veces un extranjero, con la perspectiva que da la distancia, sea el único capaz de resumirla en seis llanas palabras. Fueron las que ha pronunciado el presidente de IKEA en una entrevista concedida a ABC: "Todo va muy lento en España". Efectivamente, en nuestro país, el temerario que se decide a abrir una empresa, se va a ver inmerso en una extenuante carrera de obstáculos burocráticos, con sus correspondientes tasas y dilaciones, impuesta por las administraciones local, autonómica y central, como no existe en ningún país desarrollado, ni en muchos subdesarrollados.

Un pequeño empresario, con el que hablé hace pocos días, me contaba sus desvelos por haberse trasladado de local; ni siquiera se trataba de una nueva sociedad o una ampliación. Por poner solo un ejemplo, el proyecto que debía ir firmado obligatoriamente por un arquitecto (por cierto, los colegios profesionales: otras sanguijuelas que viven de la hiperregulación), para un local que tendrá 50 m2, o quizás menos, dedicado a la reparación de ordenadores, le costaba 2000 €. Todo para decir dónde hay que colocar un extintor o un escaloncito, porque no había que hacer apenas ninguna reforma, y se limitaba prácticamente a copiar el proyecto antiguo.

A ello añadamos la legislación laboral, con unos convenios colectivos que impiden a empresarios y trabajadores pactar libremente sus condiciones contractuales, monopolizando esa facultad unos sindicatos que solo representan a una minoría de trabajadores. Muchos de ellos funcionarios para más inri; es decir, privilegiados con gran capacidad de presión, porque sus sueldos e incluso puestos de trabajo no dependen del mercado, sino de decisiones políticas arbitrarias.

Resumiendo, montar una empresa en España sale carísimo. El presidente de IKEA lo ha expresado en factor tiempo, pero el tiempo evidentemente es dinero. Y si solo fueran los retrasos... ¿Cómo se puede pretender que las empresas creen más empleo, si se las castiga todo lo posible y se disuade probablemente a miles de personas de que creen una?

Dicho esto, es evidente que las reformas necesarias para cambiar esta situación, muy difícilmente las podrá acometer un partido como el PSOE. La izquierda está lastrada por su ideología estatista, que considera al empresario como un ser sospechoso al que hay que intentar hacerle la vida imposible, y al Estado como garante de la redistribución de la miseria resultante. Zapatero no tendrá toda la culpa de los dos millones de parados netos creados bajo su mandato, pero sí una gran parte, y desde luego es el mayor obstáculo para poder plantearnos seriamente un cambio profundo de la situación.

Las preguntas que quedan son obvias. ¿Será el PP, cuando gobierne, capaz de coger el toro por los cuernos? ¿Se enfrentará a sindicatos, funcionarios, autonomías y municipios para reformar por completo unas estructuras parasitarias, y que de una vez por todas este país se oriente hacia la economía productiva? ¿Avanzaremos por la senda de la libertad económica, o la mentalidad populista seguirá imperando, para que continuemos tirando gracias al turismo y a la picaresca nacional?

No tenemos muchas alternativas. Habrá que darle a Mariano Rajoy un voto de confianza, en 2012 o cuando sean las elecciones generales. Veremos lo que hará con él. De momento, cuenta con el precedente favorable de su predecesor, José María Aznar. El problema es que las tímidas medidas que impulsó este, pese al éxito espectacular que entonces tuvieron, hoy ya no serían suficientes.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Entre la horca y la guillotina

Tomar partido tiene el inconveniente de que no caes simpático a todo el mundo. Lo más socorrido, pues, es criticar al gobierno, pero dejando claro que la oposición no nos parece mucho mejor, o incluso que todavía es peor. Esta viñeta de Faro, dibujante del Diari de Tarragona, es un ejemplo perfecto de a lo que me refiero:


Elegir entre Zapatero y Rajoy es como elegir "entre la horca o la guillotina". Por supuesto, este mensaje es el oficioso en Cataluña, donde está bien visto mostrar la misma aversión a todos los partidos españolistas. Con todo, resulta chocante tal rotundidad. Es evidente que Rajoy no entusiasma ni a sus propios votantes, pero no entiendo por qué debe suscitar el mismo rechazo un candidato a presidente del gobierno que quien ha ejercido este cargo siete años, como si la competencia o incompetencia de ambos estuviera igual de contrastada.

Es cierto que Rajoy fue ministro en varios gobiernos de Aznar, pero esto es algo muy distinto de presidente del gobierno. Y en todo caso, las encuestas de aquellos años lo mostraban como uno de los ministros más valorados, incluso en 2003, cuando arreciaron las campañas de agitación por el Prestige y la guerra de Iraq.

Pese a ello, las encuestas actuales parecen confirmar el estado de ánimo de la viñeta. Según el adelanto del Barómetro de enero del CIS, un 62,3 % de los encuestados opina que Rajoy en la presidencia lo haría igual o peor que ZP, frente a un 28,4 % que cree que lo haría mejor y un 9,4 % que no sabe/no contesta. Asimismo, un 80,7 % manifiesta que ZP les inspira poca o ninguna confianza, pero RJ no le anda muy a la zaga: El 78,8 % confía poco o nada en él.

Ahora bien, conviene no hacer una valoración precipitada de estos datos. Para empezar, los mismos encuestados afirman mayoritariamente que si las elecciones se celebraran mañana, votarían al PP (28,3 % frente al 21,5 % del PSOE). El propio estudio del CIS ofrece una estimación de voto del 44,1 % para el PP y el 34 % para el PSOE, más de diez puntos de diferencia. Por tanto, cabe preguntarse si de verdad cree la gente, tal como declara, que RJ es "igual o peor" que ZP.

Pero sobre todo, hay un dato que nos dice mucho sobre el valor que podemos conceder a este tipo de sondeos. En la pregunta 28, un 45,1 % afirma haber votado al PSOE en las elecciones del 2008, frente al 27,8 % que reconoce haber votado al PP. Pues bien, en realidad, quienes votaron al PSOE fueron el 43,6 %, mientras que quienes lo hicieron por el PP fueron ¡el 40,11 %! ¿Qué sucede, que algunos ya no se acuerdan de lo que votaron o les da vergüenza admitirlo?

Lo dicho: Por lo visto muchos creen que diciendo pestes del gobierno y de la oposición de manera más o menos equidistante quedan muy bien y que así se tiene la fiesta en paz. Suerte que el voto es secreto, porque si no, en este país del qué dirán tendríamos ZP para los restos.

domingo, 2 de enero de 2011

Ideas y personas

Nuevo episodio interno del PP (la marcha de Álvarez-Cascos) que será utilizado por el socialismo y sus medios afines para intentar paliar algo la ventaja del Partido Popular en las encuestas... Pero también por una parte de la derecha liberal (Libertad Digital y su fiel infantería internáutica) para alimentar la visión tremendista y desmoralizadora en la que lleva más de dos años instalada. A saber, aquella que, resumidamente, no deja de proclamar que el PP y el PSOE son la misma m... Por lo visto, ni en UPyD ni en Ciudadanos existen problemas de personalismos, no, qué va, allí todo son profundos debates filosóficos.

A mí Álvarez-Cascos sinceramente me parecía un valor sólido del PP, un tipo que ayudaba a conseguir votos y no se andaba con tibiezas. Al menos así lo veía hasta que filtró a la prensa que estaba dispuesto a presentarse por su cuenta, si no se atendían sus ambiciones asturianas. Pero nunca se me ocurrió pensar que sin Cascos, el PP perdía ninguna esencia. Si he sido y soy crítico del pepeísmo (de poner al partido por encima de las ideas), más lo soy aún de los personalismos, de pensar que existan individuos providenciales. Aquellos que El País y LD llaman "cadáveres políticos de Rajoy", Mayor Oreja, María San Gil, Ortega Lara, Acebes, Zaplana o Pizarro, son personas con sus virtudes y defectos, como todos, y según demos más relieve a unas u otros, podemos obtener retratos muy distintos.

A Mayor Oreja hay que escucharle siempre con la máxima atención cuando habla del País Vasco, pero si le desvías de ese tema, pierde muchísimo, se vuelve evanescente y escurridizo. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que Federico y Pedro J intentaron sacarle alguna opinión sobre las actuaciones policiales y judiciales sobre el 11-M (creo que fue antes de las elecciones del 2008), pero el hombre se escabulló como una anguila.

Y ya que hablamos del 11-M, no podemos decir que aquellos infaustos días Ángel Acebes tuviera una brillante actuación, por mucho que su honradez quedara acreditada, informando a los ciudadanos prácticamente en tiempo real del curso de las investigaciones (o lo que la policía le contaba de ellas).

Pero es que Manuel Pizarro, siendo como es una persona indudablemente preparada y competente, como político es otra alma de cántaro. En el famoso debate entre él y Solbes, no me he cansado de decirlo desde el día siguiente, tener la razón no le sirvió de nada, porque no supo comunicarlo. Solbes le venció -y resulta penoso decirlo- utilizando el más puro método lakoffiano: Buscó llevar el debate al terreno ideológico (impuestos altos sí o no, pensiones públicas o privadas) y Pizarro (no Rajoy, señores, Manuel Pizarro: el mismo) lo rehuyó despavorido; ingenuamente pensó que con mostrar estadísticas, en lugar de ideas, podía contrarrestar la propaganda gubernamental.

En fin, si queremos podemos hablar incluso de Aznar (por quien siento la máxima admiración), de su "viaje al centro" y del catalán en la intimidad. O de Esperanza Aguirre (ídem) y el dinero que se gasta en publicidad institucional, especialmente en campañas inspiradas en la ideología de género. Pero la verdad, me da mucha pereza. Si siguiera por ese camino, llegaría a conclusiones parecidas a las de Pío Moa, para quien el PP no es más que otra marca del PSOE, y Rajoy un personaje tan nefasto o más que Zapatero.

¿Por qué no estoy de acuerdo con Moa en esto? Primeramente por una razón empírica. Si comparo los veinte años que han gobernado los socialistas con los ocho años de Aznar, no hay color. Aznar, ya digo, no era el Mesías, cometió errores graves (como la retirada de su tímida reforma laboral tras la huelga general, por citar sólo uno) y omisiones quizás peores. Pero globalmente fue el mejor presidente de la democracia española. Por mera analogía, creo que es lícito pensar que aunque Rajoy no nos lleve al éxtasis, puede llegar a ser un buen gobernante. Concedámosle al menos el beneficio de la duda. Incluso si nos engañara, creo que es imposible que lo hiciera peor que Zapatero.

En segundo lugar, me considero una persona conservadora. Quizás conservadora a fuer de liberal, pero conservadora al fin y al cabo. Y lo que define al conservador es que antepone (o eso intenta) el mundo real al mundo de la imaginación. Podemos fantasear todo lo que queramos sobre el partido liberal-conservador que necesitaría este país, sobre un líder político carismático y que defendiera sin complejos el liberalismo económico y se enfrentara heroicamente a la corrección política en temas como la ideología de género o el ecologismo. Pero al final tenemos lo que tenemos. El radicalismo del todo o nada es más fácil que conduzca a lo segundo que a lo primero.

Por supuesto, ser conservador no implica la renuncia a mejorar las cosas. No es sólo válido, sino obligado, tratar de forzar a los políticos a que tengan en cuenta las demandas de la sociedad civil, y en este sentido el movimiento del Tea Party me parece ejemplar. Los americanos no han ido a cargarse al Partido Republicano, no han dicho que todos los políticos son iguales. Han tratado de influir en la formación que más se acerca a sus ideas, y -todo hay que decirlo- su sistema político de primarias y listas abiertas les ha facilitado mucho la tarea. El resultado ha sido un gran éxito en las recientes elecciones parciales, no sólo de un partido, sino también en gran medida de las ideas centrales que defiende el Tea Party. ¿Qué hubieran conseguido diciendo que el Partido Republicano ya no les representaba, y aconsejando el voto a formaciones minoritarias?

Cada vez me aburren más las beatificaciones, sean las de María San Gil, Manuel Pizarro o Álvarez-Cascos. Y me incomoda que quienes elaboran con gran mérito las bases intelectuales de una derecha liberal se deslicen con tanta facilidad al género hagiográfico. No necesitamos eso. A mí al menos me basta con saber cómo piensan en general los militantes del PP y cómo piensan los del PSOE. Les aseguro que no es fácil confundirlos.

domingo, 10 de octubre de 2010

Rajoy acierta en el España-Lituania

El viernes Mariano Rajoy asistió en Salamanca al partido de fútbol entre España y Lituania, y en el descanso del partido (que iba cero a cero), pronosticó que nuestra selección marcaría tres goles, lo que en efecto sucedió. La verdad es que cuando, tras el primer gol de Llorente, los lituanos empataron, pudo parecer que las cosas se iban a complicar, a pesar de la evidente superioridad del equipo español. Pero un segundo gol de Llorente y el tercero de Silva (los tres de cabeza) dieron la merecida victoria a España y dejaron en buen lugar al líder de la oposición.

Lo que más me sorprendió, de todos modos, no fueron las dotes proféticas de Rajoy, sino que la TeleZapatero por excelencia, o sea, La Uno, lo entrevistara. No perdamos de vista que un partido de la selección, incluso un viernes por la noche, inicio de un puente, arrastra a una considerable audiencia. ¿Síntoma de la descomposición incipiente del régimen zapaterino? Tanto no creo, pero hay que reconocer que el dirigente del Partido Popular ha estado hábil.

Me gustaría conocer la reacción de Federico Jiménez Losantos, no sé si el lunes que viene hablará de ello. Supongo que dirá que el político gallego es un gafe, pues por su culpa España no metió más de tres goles. ¡Debería haberse mojado con un 5-1, como mínimo! En serio, me parece que la manía que Losantos le profesa a Rajoy se ha convertido ya en algo mecánico, en una especie de reflejo condicionado. Que Rajoy no va a Melilla: es un blando. Que sí que va: lo hace demasiado tarde. Que Rajoy dice claramente que está contra la huelga general, antes y después de dicha huelga: Bah, no lo ha dicho el día de la huelga. Que Mariano no critica lo suficiente al gobierno: Se conforma con heredar el poder. Que sí que lo critica: Pero no expone cuáles son sus soluciones. Que sí que las ha expuesto, en más de una ocasión: Bah, son generalidades que apenas comprometen a nada.

En suma, Federico emitió su sentencia sobre Rajoy después del Congreso de Valencia, y de ahí ya nadie lo saca, haga lo que haga el compostelano. Muchos hemos sido sumamente críticos con Rajoy. A los pocos minutos de conocerse los resultados de las últimas elecciones generales, en las que resultó reelegido por nuestros pecados Zapatero, creo que fui el primero que defendió un cambio en el liderazgo del PP, y aposté concretamante por Esperanza Aguirre. Tras haber votado en dos ocasiones a Mariano Rajoy, el infausto 14-M y de nuevo cuatro años más tarde, había llegado a la conclusión de que este hombre era incapaz de ganar. Y mi diagnóstico era básicamente coincidente con el de Jiménez Losantos, que una derecha que se avergüenza de su nombre y sus principios, se ha rendido antes de empezar la campaña electoral.

Sin embargo, parece que las cosas están cambiando. Las encuestas adjudican al PP una ventaja de hasta catorce puntos sobre el PSOE, e incluso se habla de victorias en feudos históricos de los socialistas, como Andalucía. Rajoy sigue sin ser la reencarnación de Ronald Reagan, estamos de acuerdo, ni tampoco guarda mucho parecido con George Clooney, que la belleza exterior, como diría un cursi, algo ayuda. Pero todo indica que va a ganar las próximas elecciones. Más aún: Es vital que las gane, porque el socialismo ha demostrado una vez más su carácter ruinoso, y sólo la derecha relativamente liberal es capaz de salvarnos de la quiebra total.

Si a esto añadimos que, cuando podía haberlo intentado, Esperanza Aguirre prefirió el pájaro en mano de la presidencia de la Comunidad de Madrid que los ciento volando de disputarle a Rajoy la dirección del PP, la conclusión es que tampoco tenemos un líder de recambio. Al final, la presidenta madrileña tampoco ha tenido esa audacia que tantos encuentran a faltar en el sucesor nombrado por Aznar.

A Zapatero lo empiezan a cuestionar incluso dentro de su propio partido, algo impensable cuando gobernaban González o Aznar. Incluso aunque el PSOE cambiara de candidato, se trataría de una maniobra desesperada, que no le garantizaría el triunfo. A fin de cuentas, sería un reconocimiento del fracaso. Por tanto, el argumento de que con Rajoy no se puede desbancar al PSOE del poder, ya no es válido. Probablemente, será el próximo presidente del gobierno. Tiempo habrá entonces de criticarle, si nos defrauda. A mí desde luego lo que me gusta es criticar al gobierno, no a la oposición. Y menos todavía me gusta criticar a Federico, a quien la derecha liberal debe tanto. Así que, como decían los inolvidables Tip y Coll, "mañana hablaremos del gobierno".

sábado, 28 de agosto de 2010

Soluciones de izquierda y derecha

Para la izquierda, la causa de las crisis económica es, como siempre, una insuficiente regulación del mercado. De ahí que sus soluciones consistan en un aumento del control estatal de la economía, así como del gasto público. La derecha más o menos liberal, en cambio, apuesta por medidas que han demostrado su eficacia en el pasado: Recortes de gasto público, bajadas de impuestos y reformas liberalizadoras que estimulen la economía productiva, vuelvan a generar empleo e incrementen el consumo.

La izquierda contraargumenta que la inversión pública consigue los mismos efectos, pero en realidad se trata de un espejismo, porque siguiendo este razonamiento, el Estado podría emplear a todos los ciudadanos y por tanto dirigir completamente la actividad económica. Pero este experimento ya se ha realizado y el resultado es sobradamente conocido: ineficacia y colapso final de todo el sistema. Sin contar con el hecho de que una economía planificada sólo ha podido ser implantada por regímenes brutalmente dictatoriales, como el soviético o el nacional-socialista.

Lo anterior es indiscutible, no es cuestión de opiniones, por dogmático que suene. Las cosas son así, y la izquierda, al menos en el tema económico, es sencillamente un error, y además un error que nos cuesta muy caro. Por supuesto, la izquierda con frecuencia aplica recetas económicas de la derecha, aunque rara vez lo reconozca, o pretenda incluso hacernos creer que tales recetas son genuinamente de izquierdas. Pero no nos engañemos, en cuanto tiene la ocasión, vuelve siempre a las andadas. Sus concesiones al pragmatismo son temporales, las justas para reparar los peores destrozos de sus medidas más ideológicas, y volver a proponerlas al cabo de un tiempo.

En España, actualmente la situación es aún peor. Zapatero, con los recortes del gasto público, la reforma del mercado laboral y la anunciada reforma de las pensiones, se limita a tratar de ganar tiempo frente a las autoridades económicas internacionales, para que parezca que es capaz de tener al menos sus períodos de cordura. En lugar de atacar a las verdaderas causas del derroche estatal, a la inflación de burocracia, al exceso de empresas públicas ruinosas, a la política de subvenciones, etc, Zapatero trata de rascar unos cuantos millones de euros de los pensionistas y hasta las personas dependientes, verdadero ejercicio de mezquindad y cinismo en quien se presenta como el defensor de los más débiles. En lugar de reformar una legislación laboral heredada del social-falangismo, que pretende que el puesto de trabajo sea vitalicio, así se hunda la empresa, se limita a reducir la indemnización por despido, en unos supuestos lo suficientemente vagos para que no sirvan de nada.

La oposición de derechas ha señalado correctamente estos defectos, y además ha avanzado un bosquejo de en qué consistirían sus reformas. Mariano Rajoy lo presentó en un discurso ante empresarios, leído el pasado mes de junio, y en una entrevista más reciente concedida a Europa Press. Básicamente se trataría de un verdadero recorte del gasto público y una reforma del sistema financiero, para que vuelva a fluir el crédito. Pero además, el líder del Partido Popular presenta una serie de reformas de mucho más calado, a fin de encarar el problema de fondo de la economía española, que es su falta de competitividad.

Además de la reforma educativa, y de la rebaja fiscal, Rajoy apunta los aspectos fundamentales que debería tener en cuenta una reforma del mercado laboral, cuestionando la negociación colectiva y clarificando los motivos de despido. En esta línea de simplificar regulaciones, propone una reforma institucional que incremente la seguridad jurídica ante fenómenos como la morosidad, las "suspensiones de pagos", etc. Pone sobre la mesa también el tema de la unidad de mercado. No puede ser que en España existan diecisiete normativas diferentes para las empresas. Defiende un adelgazamiento de todas las administraciones e incluso fijar por ley un techo de endeudamiento. Tampoco olvida la cuestión de la energía, abogando por tener en cuenta el coste del kilowatio, como es de sentido común, lo que supone reivindicar la energía nuclear.

Algunos detalles de este Plan Global, como lo ha llamado Rajoy, podrán discutirse. Por ejemplo, no entiendo demasiado bien por qué debemos favorecer fiscalmente a determinados sectores, como el turismo. El gobierno no es nadie para orientar las inversiones hacia el ladrillo, el turismo o los biocombustibles, eso es incumbencia de la libre iniciativa. Tampoco me parecen acertadas ciertas concesiones a la retórica seudoprogresista, como por ejemplo que la formación debe considerarse como "un verdadero derecho de los trabajadores". Ya está bien de trivializar el concepto de derecho; que algo sea deseable o conveniente no significa que sea un derecho, ni tiene sentido tampoco hablar de derechos de un colectivo. Los derechos deben ser los mismos para todo ciudadano, y deben servir para limitar en lo posible la intromisión del gobierno, no para promoverla todavía más.

También se echa de menos una crítica más contundente del Estado del Bienestar (mejor dicho, de la Dependencia), propuestas en el sentido de ir hacia un sistema mixto (público y privado) de las pensiones, ideas como el cheque escolar o sanitario. Aunque es fácil comprender que la derecha no quiera dar carnaza a sus adversarios, que inmediatamente se lanzarían en tromba a criminalizar a los que quieren "privatizar la sanidad y la educación". Es absurdo reclamar a ningún partido político que se haga el harakiri. Primero la población debe cambiar de mentalidad, y no es realista, ni de hecho congruente con los principios liberales, que ésa sea la tarea exclusiva de un partido.

En líneas generales, las propuestas del Partido Popular son juiciosas, y no hay duda que si se aplicaran en los términos expuestos, no sólo permitirían superar la crisis, sino a medio plazo volver a situar a España en la senda de la prosperidad. Por ello, nada es más necesario en estos momentos que un adelanto electoral.

Para terminar, y aunque podría parecer un ejercicio de crueldad, veamos las propuestas de la oposición de izquierdas al gobierno, concretamente las expuestas por José Luis Centella, el secretario general del Partido Comunista. En un artículo en Público, tras una serie de delirantes consideraciones contra "la explotación y el colonialismo", plantea cosas como conseguir el "pleno empleo" mediante el sector público, mayor gasto en "políticas sociales", crear una banca pública, la planificación de la economía, un aumento de los impuestos a "los grandes capitales", etc. En resumen, medidas similares a las que están llevando a Venezuela por el camino imparable del progreso.

Ciertamente, no se puede esperar gran cosa de un personaje que se dirige por carta al "Estimado Compañero Fidel Castro" para felicitarle por su cumpleaños, con afirmaciones como "...la referencia política y personal de Fidel Castro es indiscutible... la revolución cubana con la que nos sentimos plenamente identificados... las muchas aportaciones que todavía tienes que realizar a la causa del antiimperialismo...", etc. No se pierdan la carta, les puede deparar momentos inolvidables.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Campechanía

Por lo visto, la idea que algunos tienen de aparentar cercanía al pueblo consiste en decir "diputaos" o "Estao de derecho". Y ahora además: "disfrutar, pasarlo bien, ser muy felices", utilizando con plena consciencia la forma coloquial del imperativo en un mensaje navideño que no tiene nada de improvisado.

Con ello incurren en análoga torpeza a la de esos adultos que cuando se dirigen a niños pequeños, creen que deben afectar la voz de manera tan ridícula que los chavales se los quedan mirando como diciéndose: "¿por qué no hablará normal este hombre?"

Alguien caritativo debería aconsejarle a Mariano Rajoy que la mejor forma de dirigirse al público en general es simplemente expresarse con corrección, sin pedantería pero evitando toda suerte de campechanía impostada, que sólo consigue un efecto contrario al deseado: dar una imagen de elitismo condescendiente. Esto dejémoslo para los socialistas, imbatibles en la técnica de tratar a la gente como si fuera analfabeta.

En fin, me abstengo de seguir porque es Navidad. ¡Felices fiestas a todos!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Rajoy habla de Rajoy

Ayer Mariano Rajoy habló de Mariano Rajoy. Dijo que él es una persona que sabe escuchar, también callar cuando conviene, que tiene la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Habló de gratos recuerdos que guarda "en mi cabeza y en mi corazón". Y añadió: "Sé lo que estoy haciendo".

Bueno, si Rajoy sabe lo que está haciendo, evidentemente nos quedamos mucho más tranquilos. No hace falta ni que nos lo explique, ni mucho menos que lo demuestre, confiamos ciegamente en él. ¿Qué importan las ideas y los actos? Lo importante es contar con la prudente guía y la sabiduría inmarcesible de Nuestro Líder.

Hace unos días, el presidente de Nuevas Generaciones del PP, Nacho Uriarte, preguntado sobre el posicionamiento ideológico de su compañero Pablo Casado, dijo: "Me gustaría en vez de oír tanto soy liberal, escuchar soy del PP". Claro, es verdad. ¿Cuál va a ser la ideología del PP, si no es el pepeísmo? Liberalismo, conservadurismo, todo eso son aproximaciones imperfectas, escalones evolutivos hacia la verdad definitiva, que es el pepeísmo, más concretamente su forma superior y puesta al día, el rajoyismo. Los principios de este sistema filosófico, con el cual concluye la milenaria historia del pensamiento, son harto sencillos: 1º: Rajoy sabe lo que está haciendo. 2º: Cuando parece que se equivoca, en realidad lo hace para despistar al adversario, para que se confíe. Y el resto se deduce de los dos primeros. Vamos, lo que la sabiduría popular siempre ha expresado con aquel profundo aforismo, "El Jefe siempre tiene la razón". Cuántos debates y disquisiciones inútiles nos permite ahorrarnos tan elemental aserto.

Bien es cierto que el camino ya lo había marcado Aznar, recuerden su famoso "cuaderno azul". Es lo que tiene el culto al líder, que se hereda. Y como el líder no puede equivocarse, no hay de qué preocuparse, tenemos la seguridad de que siempre escogerá al mejor sucesor posible, aquel que tenga una comprensión más profunda de las esencias del pepeísmo.

sábado, 11 de octubre de 2008

A mí también me parecen un coñazo los desfiles

Entre nosotros, si yo tuviera que asistir un domingo a un desfile militar, en lugar de pasar el día en el campo con la familia o ir a tomar el aperitivo al casco viejo, tal perspectiva no me parecería más excitante que a Mariano Rajoy, quien ha confesado -creyendo hablar off the record- que le resulta un "coñazo".

Lo que dudo es que el comentario de Rajoy sea realmente un desliz, no me sorprendería que hubiera querido dar una cierta imagen de campechanía. Efectivamente, apoyar la unidad de España y creer en la necesidad de un ejército fuerte no implica que uno tenga que ser aficionado a la parafernalia militar ni fan de la cabra de la Legión. Sepamos distinguir.

Pero que deba comprenderse en esto a Rajoy, tampoco significa que el Partido Popular esté practicando una oposición muy brillante, que digamos. Transmitir la idea de que los de derechas somos personas normales, puede que sea conveniente. Pero no transmitir ninguna otra idea, que es en lo que parece andan empeñados algunos desde la calle Génova, equivale sencillamente a un suicidio. Además de ser una persona relativamente normal, que se hace un bocadillo de jamón para cenar -como ilustraba la foto de un reciente reportaje- me gustaría saber qué piensa Rajoy sobre muchos temas. Es decir, no me valen las vaguedades insustanciales ni las apelaciones retóricas al sentido común con las cuales acostumbra a hilvanar sus discursos. Que cada día son más un coñazo, también.

P. S.: Parece que mi futuro laboral ya está resuelto por el momento. De nuevo muchas gracias a todos los que me habéis dado ánimos.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¿La ideología está en los genes?

Un estudio científico recientemente publicado en la revista Science (John R. Alford y otros, "Political Attitudes Vary with Physiological Traits") concluye que las opiniones políticas pueden tener una base biológica. Los autores han sometido a un grupo de 46 personas con "firmes creencias políticas" a una serie de estímulos (ruidos bruscos, imágenes desagradables) con la intención de medir sus respuestas fisiológicas involuntarias: o sea, el mayor o menor grado en que se sobresaltan. El resultado es que quienes son partidarios de la ayuda económica a otros países, de las políticas tolerantes con la inmigración, el pacifismo y el control de las armas, manifiestan reacciones menos intensas que quienes son más favorables al gasto en defensa, la pena de muerte, el patriotismo y la guerra de Iraq.

A El País le faltó tiempo para sacar el mismo día su titular, haciéndose eco del estudio: "Más carca, más miedoso". Desde luego, hubiera sido mucho pedir al diario del monopensamiento progre que no cayera en el trazo grueso ante tema tan jugoso. Al menos, el periodista no propone que se investigue si existe correlación entre ser de derechas y la propensión a la caspa y el descuido en la higiene personal; se limita a sugerir que la ideología conservadora es una actitud de raíz irracional -y la ciencia por fin lo habría demostrado.

Por supuesto, el tipo de reacción de un individuo a un estímulo, no es por sí solo indicativo de que exista una amenaza real o no. Que uno sea de naturaleza tranquila puede ser tan ventajoso en algunas circunstancias como imprudente en otras. Definir la racionalidad como una tendencia a reacciones fisiológicas poco intensas sólo puede considerarse como una especie de broma, aunque tampoco descartaría que los propios autores del estudio flirteen con ella. De la atmósfera asfixiantemente izquierdista que se respira en los campus americanos y europeos se puede esperar cualquier cosa.

Por otra parte, no acabo de ver claro por qué las reacciones fisiológicas observadas deben correlacionarse con las opiniones políticas en bloque, y no acaso aisladamente con alguna de ellas.

Pero lo verdaderamente interesante del estudio es la hipótesis de que la ideología política puede estar más relacionada de lo que habitualmente se admite con nuestro carácter, e incluso que exista una predisposición genética a simpatizar con unas ideas más que con otras. Dos de los coautores del artículo de Science (John R. Alford y John R. Hibbing) ya publicaron en 2005, con un tercer colega, una investigación realizada con miles de hermanos gemelos, en la cual observaron que los gemelos monocigóticos (que comparten el 100 % de los genes) mostraban una mayor coincidencia en sus preferencias políticas que los dicigóticos (que comparten sólo el 50 % de su dotación genética). De esto concluían que las tendencias ideológicas están mucho más determinadas por los genes que por el ambiente.

Steven Pinker, en su libro La tabla rasa, recoge las conclusiones de otros estudios similares, algunos de los cuales revelaban coincidencias ideológicas e incluso religiosas verdaderamente asombrosas en gemelos que se habían criado separados.

Naturalmente, esto no significa que nuestra ideología esté absolutamente determinada desde que nacemos. La prueba de que no es así es que muchos hemos cambiado nuestra manera de pensar a lo largo del tiempo. Pero resulta inevitable hacerse una pregunta inquietante: ¿Hemos cambiado gracias a la reflexión, las lecturas y la experiencia, o es que finalmente nuestra naturaleza innata se ha acabado imponiendo? O dicho de otro modo: Si nuestras convicciones más profundas están condicionadas en mayor o menor grado por nuestra naturaleza biológica ¿quiere esto decir que la argumentación racional no sirve para nada, que nada es verdadero ni falso en política?

En realidad, que tengamos una cierta predisposición a creer en A, no afecta para nada a la cuestión de si A es verdadero o falso. Pero lo que sí se desprende de las observaciones científicas es que no podemos esperar que una idea triunfe por el mero hecho de ser verdadera. Y por supuesto, lo contrario también es cierto. Por muy equivocada que esté determinada concepción de las cosas, puede llegar a tener éxito si quienes la defienden son lo suficientemente hábiles para pulsar los resortes psicológicos adecuados de mucha gente.

La estrategia política más efectiva consistirá, por tanto, no en poner el énfasis sobre un solo tema, sino en tratar de activar la visión global de la realidad que hay en cada uno de nosotros. Esto parecen haberlo comprendido muy bien políticos como Zapatero. Demuestra una gran ingenuidad pensar que los debates sobre el aborto, la eutanasia o la guerra civil no tienen otra función que distraer a la población de los problemas económicos. En verdad, actúan como catalizadores del sentido de pertenencia a una ideología. En cambio, el empecinamiento de Mariano Rajoy en eludir determinadas cuestiones, en decir que eso no es lo que interesa a la gente, en "mirar al futuro" e incluso negar que existan las diferencias ideológicas (sólo la buena o la mala gestión) es un profundo error. A veces me pregunto si no estará en el ADN de la derecha española.

lunes, 23 de junio de 2008

Todos caben: Pero algunos son más todos que otros

En su discurso central del pasado congreso de Valencia, Mariano Rajoy ha vuelto sobre un tema que ya apuntó en aquel otro discurso de Elche, recordado sobre todo por la invitación a marcharse al partido liberal y conservador a aquel que quisiera hacerlo. Me refiero a la cantinela de "libertad económica sí, pero..." (y a continuación pongan ustedes las palabras más conmovedoras que se les ocurran en recuerdo de "los más desfavorecidos"). En concreto, en esta ocasión ha dicho lo siguiente:

"Creo que no es posible defender la libertad del individuo y la igualdad de oportunidades desde el egoísmo, desde la indiferencia ante el infortunio. No es justo tratar igual a los desiguales, a los que ha castigado la vida, o la fortuna, o el azar de una catástrofe o la mano asesina de un terrorista. Creo en la solidaridad con todos los que sufren por su salud, por su ignorancia, por su pobreza, por su debilidad o por el capricho de un criminal."

¿A cuento de qué viene todo esto? ¿Es que el liberalismo está en contra (salvo variantes extremas cuya repercusión apenas trasciende el debate académico) de que la sociedad se haga cargo de las víctimas de catástrofes, de atentados terroristas, de los ancianos, etc? Con su enternecedora manifestación de buenos sentimientos, el Sr. Rajoy parece dar a entender que sí. En lo cual coincide con la propaganda más genuinamente socialista, que tanto gusta de amedrentar con el fantasma del "neoliberalismo salvaje".

Creo que demostraría mucha mayor solvencia intelectual explicar la manera en que la libertad del individuo ha permitido prosperar a muchísima más gente que todas las políticas de redistribución que la izquierda ha ensayado, con pobrísimos resultados. Y sobre todo, no mezclar la protección a los disminuidos, o a los damnificados por catástrofes naturales, con otras cosas que nada tienen que ver.

En definitiva, lo que demuestra Rajoy con este tipo de retórica empalagosa es que, cuando habla de dar cabida a las distintas "sensibilidades" de "liberales, conservadores, demócratacristianos", parece más preocupado por la última, o por otras que no menciona explícitamente (¿socialdemócrata?) que no por la primera. A los liberales, más bien parece complacerse en meterles el dedo en el ojo. Si no, no me explico esa obsesión en contrapesar sistemáticamente la defensa de la libertad económica, como si por sí sola fuera una ocurrencia parcial y sectaria.

lunes, 26 de mayo de 2008

La peña de la COPE

En La Vanguardia de este lunes, Enric Juliana, refiriéndose a la manifestación contra Rajoy frente a la sede del PP, traza un retrato denigrante de las personas que la componían, comparándolas con la "familia Adams" y afirmando que "coreaban eslóganes propios de la extrema derecha" (sin citar ninguno). Y añade: "La peña de la COPE, en definitiva".

El Sr. Juliana, pues, considera que los oyentes de esta emisora de radio somos una especie de monstruitos de extrema derecha.

No sé qué pensaría él si yo ahora me metiera con los lectores de La Vanguardia. No lo voy a hacer, porque yo no soy un miserable. Y además no se olvida tan fácilmente que uno leyó durante años el periódico barcelonés, hasta que el Conde de Godó se vendió por un plato de lentejas al nacional-progresismo. Una pena.

domingo, 20 de abril de 2008

Que se vaya

Es digno de nota. Tenemos que los gays quieren formar una familia tradicional. Los pacifistas nacionalistas quieren ser ministros de Defensa. Los ecologistas en el gobierno catalán miran para otro lado ante escapes radiactivos y apoyan trasvases hídricos. Conclusión: La derecha quiere ser socialdemócrata.

En esta línea, pronto podremos escuchar a Solbes dar consejos de liberalismo a Rajoy, del mismo modo que se los han dado ya de patriotismo, o de amor a (todos los tipos de) familia. Y si Zapatero hace caso a Antón Uriarte, pronto le dirá al jefe de la oposición que no hay que generar alarmismo con lo del cambio climático. ¿Estoy de coña? En absoluto. En cuestiones ideológicas pasa como en cuestiones sentimentales. Cuando te duermes, aparece indefectiblemente otro que te levanta a la chica. Y me abstengo de desarrollar la metáfora para no caer en chabacanerías.

En mi anterior entrada, resumí la posición de Rajoy diciendo que la libertad no es suficiente, entendiendo esto tanto en clave interna (sumar y no restar, etc), como en sentido filosófico, como concepción de la sociedad. Pues bien, por sí sola, esta afirmación es irreprochablemente cierta. El problema es la consecuencia que extrae Rajoy, que es el Estado quien debe suplir las supuestas insuficiencias de un sistema de libre mercado. Don Mariano, pues, se nos revela como un estatista más, al igual que Zapatero, y con ello, creyendo integrar, creo que puede conseguir justo lo contrario, irritar a todos, tanto a liberales como a conservadores. Porque lo que necesita la libertad, no es más Estado, sino Principios Morales. Eso es lo que caracteriza a la derecha liberal, la única que realmente ofrece una alternativa a la izquierda política y cultural. Rajoy, al optar por el mucho menos ambicioso objetivo de ser una alternativa al gobierno actual, seguramente no conseguirá ni siquiera esto.

Los Principios Morales son los que ayudan a los débiles de la manera más eficaz, y ello de dos maneras. Primero, estimulándoles a salir adelante por sí mismos, al disuadirles en la medida de lo posible de querer vivir de la sopa boba, es decir, sostenidos por las laboriosas clases medias. Y segundo, manteniendo las redes familiares y asociativas privadas que tradicionalmente han sido las encargadas de ayudar a los pobres, los enfermos y los ancianos. Los socialistas de izquierda y derecha, en cambio, opinan que eso es tarea del Estado. La diferencia es que con ello, los primeros refuerzan su poder, mientras que los segundos se conforman con ser los eternos suplentes. Es decir, refuerzan también al poder, sea en la forma de un monopolio o de un duopolio. Porque renunciar a un mensaje con el pretexto de que la mayoría de los españoles no lo comprenderán, no es simplemente dar la batalla por perdida, es querer estar siempre en el lado del vencedor, a costa de lo que sea y como sea, tomándonos a los 10.169.973 votantes de Rajoy por más ilusos de lo que ya hemos demostrado ser hasta ahora.

Por eso, quizás no sea un mal consejo que se vaya Esperanza Aguirre. Quizás si aparece un nuevo partido esos diez millones largos de votantes tengamos por primera vez la libertad de elegir entre el zapaterismo light de Rajoy, y una verdadera alternativa al zapaterismo. Dicho más brevemente: Libertad de elegir. O más breve todavía: Libertad. Eso que "los socialistas de todos los partidos" a los que se refería Hayek ven tan necesitado de matizaciones, aclaraciones, escolios y sí peros.

Que se vaya. A poder ser Rajoy, claro. Y si no, que no se preocupe, ya nos iremos otros.

ACTUALIZACIÓN: Los hechos me han dado la razón antes de lo que esperaba. Me refiero a lo de Solbes dando lecciones de liberalismo a Rajoy, como nos ha revelado Ajopringue. Insisto: lo decía completamente en serio.


Socialismo ilicitano

En su discuso pronunciado en Elche, Rajoy ha venido a decir, resumiendo, que en el PP coexisten distintas tendencias, ya sean liberales, conservadoras, democristianas o socialdemócratas. Ha recordado que existen otros partidos con una ideología mucho más definida, a los que pueden acogerse los disconformes con la visión integradora defendida por él. Y hay algo que no ha dicho, pero que se sobreentiende: A esos partidos no los vota apenas nadie.

Hay que admitir que estas afirmaciones son indiscutibles. Son el enunciado de meros hechos, preexistentes a cualquier valoración que se haga de ellos. Sin embargo, las conclusiones que extrae Rajoy de esas premisas objetivas, sí pueden ser discutidas. Porque la integración puede hacerse de diferentes maneras. Una, que es la suya, consiste en una mezcla sincrética de las distintas posiciones ideológicas, que sólo conduce a la confusión y la desorientación de su base social y a la utilización oportunista del discurso que más conviene en cada momento para alcanzar el poder o mantenerse en él. Otra consiste en tratar de encontrar un eje ideológico vertebrador que permita converger a las distintas posiciones en lo fundamental, sin que ello suponga renunciar a matices diferenciadores, que pueden mantenerse sin ninguna necesidad de ambigüedades conciliadoras en las cuestiones fundamentales.

Si alguien duda a estas alturas del carácter sincretista, de aguachirle, de la ideología rajoyana, léase el pasaje de su discurso que reproduzco a continuación:

"Pero además, yo quiero deciros una cosa: yo creo en la libertad, he creído toda mi vida en la libertad, porque es el fundamento de la dignidad de la persona y porque creo en la libertad como motor de progreso. Quien genera riqueza y bienestar no es el Estado, sino es la gente. Y el Estado está para ayudar y generar condiciones para que la gente y las personas lo puedan hacer. Creo en más cosas que en la libertad, creo en la igualdad de derechos y oportunidades, porque sin igualdad de derecho y oportunidades no hay libertad. Y yo creo que el Estado tiene que ayudar a aquellas personas a las que no les va tan bien. Yo creo en la educación pública y en la Sanidad pública y en un sistema de pensiones público y si alguien no cree en un sistema de pensiones público –porque este debate ya lo hubo en España- que lo diga.
Libertad sí, pero hay gente en la sociedad a la que las cosas le van mejor o peor, que pueden tener mala suerte o pueden no ser tan listos y ahí se necesita la solidaridad y la cohesión. Y yo eso lo voy a defender, porque es lo que creo."

Es decir, Rajoy cree que la libertad, por sí sola, es insuficiente para promover la prosperidad general. Cree que se necesitan unos servicios públicos esenciales, sin los cuales mucha gente quedaría excluida de esa prosperidad. Es muy dudoso que Esperanza Aguirre, a quien están dirigidas esas palabras, no esté a favor del sistema de pensiones público. Pero si por ventura creyera, como lo hacemos algunos, que a la larga es insostenible, y que debemos caminar hacia su privatización, pasando por una etapa mixta de transición, está claro que tendría a Rajoy en contra. Y en esto, el actual líder del PP ha procedido de manera muy parecida a la de Solbes, cuando en su debate televisivo con Pizarro, trató de acorralar a éste exhumando unas supuestas declaraciones del turolense en apoyo del sistema chileno de pensiones. Nada nuevo bajo el sol, desde los tiempos en que el felipismo ganaba una y otra vez las elecciones con el estribillo de "la deresha oz va a quitá lah penzione".

En definitiva, todo esto equivale a decir que los socialistas tienen razón. Un poco de capitalismo está bien, pero controlado. El PSOE actual a fin de cuentas no propone derribar el sistema capitalista, del cual a fin de cuentas se alimenta, ni más ni menos que como lo pueda hacer el Partido Comunista chino. ¿Por qué entonces deberíamos preferir a Rajoy sobre Zapatero? ¿Por el asunto de las negociaciones con ETA? El problema es que, una vez hemos aceptado que un brumoso ideal de justicia social justifica recortar la libertad económica de los ciudadanos, y obligarles a costear un ruinoso sector público, ¿por qué no podemos justificar cualquier iniquidad en nombre de un no menos vaporoso concepto de paz? La inconsistencia ideológica en un determinado campo sencillamente no puede traer nada bueno en los adyacentes. Sobre cimientos falsos no puede construirse nada sólido, y además se amenaza a las construcciones contiguas.

Más allá de Rajoy y de Zapatero, hay otros mundos. En una próxima entrada trataré de desarrollarlo.

miércoles, 2 de abril de 2008

Intereconomía contra Federico y Pedro J.

Aunque no lo sigo siempre, me gusta mucho el programa de Intereconomía TV "El gato al agua". Pero este martes me ha decepcionado. O sea, el problema no es si Rajoy es el líder político que necesita la derecha liberal-conservadora en este momento, sino si Federico o Pedro J. defienden una línea editorial determinada. El único que ha hablado con sensatez ha sido Román Cendoya, quien ha osado expresar sus dudas acerca de un Rajoy que ya ha perdido dos elecciones, y las últimas contra el peor presidente de la democracia española. ¿Tanto debe sorprender que haya quienes pensamos que, ante el gran salto adelante izquierdista del zapaterismo, no podemos aplazar por más tiempo la defensa sin ambigüedades de un proyecto liberal-conservador, y al mismo tiempo constatamos que Rajoy hasta ahora no ha estado precisamente por la labor? El líder del PP nos ha venido ofreciendo durante cuatro años centrismo, "mirar al futuro", buena gestión y las mismas vacuidades de esa derecha perfectamente adaptada al establishment socialdemócrata. Tan adaptada que no se distingue de él. ¿Por qué motivo deberíamos creer que en adelante lo hará mucho mejor?

Tenemos cuatro años para tratar de dar forma a un proyecto liberal conservador que debe ir mucho más lejos de lo que apuntaba el mejor Aznar -y que en gran medida se quedó en eso, en mero apunte. Un proyecto que por fin asuma con orgullo el ideario del que Federico Jiménez Losantos calificaba en su blog, dejando de lado falsas modestias, como el único think tank verdadero de la derecha liberal, Libertad Digital.

Unos meses antes de las elecciones, el discurso de prietas las filas podía tener su efectividad, porque en verdad no había tiempo para dudas desmoralizadoras. Pero ahora, sencillamente eso ya no cuela.

domingo, 9 de marzo de 2008

Todavía hay Esperanza

Hemos tenido cuatro años de un gobierno socialista que ha perpetrado el mayor asalto de las últimas tres décadas contra el Estado de Derecho, incumpliendo la Ley y maniobrando para controlar el poder judicial y todas las instituciones teóricamente independientes. Un gobierno que ha llegado a pactar un cambio político con la propia organización terrorista ETA, premiando así sus cuarenta años de crímenes. Un gobierno que ha tratado de excluir por todos los medios a la oposición mayoritaria, mostrando su aversión a los católicos (mientras recibía el apoyo de los musulmanes) y a las propias víctimas del terrorismo, incluyendo medidas de acoso político y judicial contra el dirigente que les resultaba díscolo. Un gobierno que ha dejado una situación económica mucho más precaria que aquella con la que se encontró en 2004, pese a partir de condiciones indiscutiblemente más favorables que las de 1996, cuando llegó al poder José María Aznar.

Pues bien, a pesar de todo ello, sorprendentemente, la oposición ha sido incapaz de convencer a la mayoría de españoles de que era preciso apartar del poder al partido socialista. ¿Qué ha ocurrido? Es bien sencillo. Se ha dado una confluencia de dos factores cuya combinación resulta prácticamente imposible contrarrestar.

Por un lado, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación, sobre todo de las televisiones y radios, están al servicio del gobierno, o al menos se desviven para no indisponerse con él. Y por otro, en mi opinión mucho más importante, la oposición no ha presentado una verdadera alternativa ideológica al partido en el poder. La derecha se ha limitado a decir, en esencia, que los otros lo han hecho muy mal, y que ellos sí que lo harán bien. El PP no se ha cansado de decir, con toda la razón, que no se puede negociar con una organización criminal, pero apenas ha explicado por qué, o al menos no ha sabido hacer llegar sus argumentos a un número suficiente de compatriotas. Muchos españoles han creído estúpidamente que la negociación estaba justificada si con ello se conseguía la paz. No se les ha explicado adecuadamente que esa paz sería una tremenda estafa, que al aceptar como interlocutores políticos a los asesinos, se está hipotecando a las generaciones futuras a cambio del apaciguamiento presente, lanzando el mensaje a todos los terroristas actuales y venideros de que su estrategia criminal acaba dando sus frutos. El Partido Popular no lo ha explicado bien, se ha limitado a encastillarse en un posición moral dignísima y loable, pero que en una sociedad como la actual, en la que el relativismo hedonista ha hecho estragos, no ha atraído los apoyos suficientes.

Si ante una cuestión como la del terrorismo, que hubiera sido la más fácil de explicar, se tuvo pereza para emprender una decidida labor de pedagogía, de machacar con argumentos que son elementales pero que –insisto- en una sociedad aborregada como la nuestra no pueden darse desgraciadamente por sabidos, no digamos ya en el tema fundamental de la economía. El Partido Popular ha dicho que bajará los impuestos como quien concede una graciosa ayuda al contribuyente, cuando en realidad se trata de dar más libertad a los ciudadanos, disminuyendo la presión fiscal y el intervencionismo, para generar más riqueza y empleo, y con ello beneficiar a todos, pero principalmente a los de rentas más modestas, que son quienes en términos absolutos experimentan el mayor incremento de bienestar con una política liberal. No han explicado que si el socialismo genera miseria, no es porque sus representantes sean malos gestores, sino porque se basa en principios equivocados, porque pretende conseguir la igualdad restringiendo la libertad, con lo cual se pierden ambas. Todo lo contrario, en muchas ocasiones, la derecha ha competido con los socialistas en promesas de intervencionismo, esto es, ha caído en el peor error político, que es convertirse en la fotocopia de un original encarnado por su adversario. Lógicamente, si a la gente no se le explica que el socialismo es nefasto, seguirá prefiriendo a quienes se proclaman orgullosamente socialistas que a quienes amontonan propuestas eclécticas con el deseo de agradar, pero sin dejar traslucir convencimiento.

¿Qué decir de la guerra de Iraq? Jamás han tratado de explicar por qué España apoyó a la primera potencia democrática del mundo para derrocar a Sadam Hussein. Que renunciar a democratizar un país porque los terroristas tratarán de impedirlo, representaría el suicidio de nuestra civilización. Que por desagradable que resulte enfrentarnos a la realidad, nos han declarado una guerra, y no tenemos más remedio que luchar. Se han limitado a esquivar la cuestión (“mirar al futuro”), al igual que con el 11-M, con lo cual han demostrado que ni ellos mismos tenían claro lo que otros no tenemos ningún problema en entender.

Por último, incluso en temas en los que la derecha lo tiene facilísimo para llevar la iniciativa, como el de la inmigración, se han despertado tarde. Han hablado (demasiado vagamente, pero al menos lo han hecho) de los valores del mérito y el esfuerzo, y han actuado en cambio como el mal estudiante que trata de prepararse el examen pocos días antes, con los resultados que tal método –o mejor dicho, carencia de método- permitían augurar. Todas las manifestaciones convocadas a lo largo de estos últimos cuatro años contra el gobierno han permitido mantener la moral de la derecha durante su travesía por el desierto, pero si alguien cree que han servido para ganar muchos adeptos nuevos, cuando la información que ha tenido gran parte de los españoles ha sido la proporcionada por RTVE o Tele5 (resumiendo, que se trataba de reuniones de fachas con las banderitas españolas) es que es un iluso rematado.

Por todo ello, la derecha debe renovarse profundamente. Debe abandonar su retórica trivial de moderación y buena gestión (que como el valor, se le supone) y sustituirla por un discurso de ideas y argumentos, combatiendo sin cuartel los mitos del seudoprogresismo en todos los foros. Y este proceso pasa inevitablemente, para su plasmación en la práctica, por una renovación de personal. Rajoy, que es una persona incomparablemente más preparada que Zapatero y que, con las limitaciones expuestas, ha hecho una meritoria labor... sintiéndolo mucho, debe irse. Y con él, con más motivo, toda la panda de dirigentes quemados y asesores incompetentes que le rodean. Ellos representan la derecha alérgica al debate de ideas, que da por perdido de antemano, y que cree que los hechos de su actuación bastarán para convencer. Olvida que son las interpretaciones de los hechos lo que mueve a los seres humanos, y si se abandona el monopolio de tal interpretación a la izquierda mediática, jamás servirá de nada lo bien que se hagan las cosas. Basta con que aparezca cualquier imbécil de la farándula diciendo que se quiere exiliar de España porque no puede sufrir al gobierno conservador, y miríadas de ciudadanos de lecturas escasas o nulas y televisión excesiva se verán confirmados en la opinión, por éstas u otras declaraciones semejantes, que la derecha es el coco, sin importar que a su alrededor haya millones de empleados más que con la izquierda, ni ninguna otra evidencia por palpable que sea.

Sucesores de Rajoy, seguramente puede haber varios. Pero que reúnan las necesarias cualidades intelectuales y políticas, creo que sólo hay uno que destaque sobre el resto. Mi apuesta es por Esperanza Aguirre. Tenemos cuatro años para llevar a cabo la renovación de la derecha, en un sentido liberal-conservador y, lo que es mucho más importante, de la mentalidad de nuestra sociedad. Para ello necesitamos a una persona popular y con carácter, a alguien capaz no sólo de defender el ideario liberal-conservador sino de ponerlo en práctica, con lo que ello implica de oposición de toda la artillería de los medios y las brigadas de subvencionados. Nuestro objetivo no puede ser otro que la elección de Esperanza Aguirre como presidenta del gobierno en 2012. Sólo una meta tan ilusionante y ambiciosa, pero al mismo tiempo tan asequible, puede concentrar las fuerzas suficientes para transformar este país de la manada de ovinos que es ahora en una sociedad de ciudadanos orgullosos de su libertad. Podemos ponernos a discutir sobre personas, sobre caminos a seguir. Así desde luego perderemos el tiempo lastimosamente. Hay que empezar a trabajar desde ahora mismo. No basta decir que se tienen “las ideas claras”. Hay que explicar cuáles son esas ideas, y por qué son mejores que las de los otros. Y a la presidenta de Madrid la veo capaz de liderar esta tarea. No nos falles, Esperanza.

martes, 26 de febrero de 2008

Vislumbres del mejor Rajoy

Zapatero: "Alianza Popular, a la que usted perteneció, votó contra el estatuto de Cataluña".

Rajoy: "Y el PSOE era marxista hace treinta años".

Creo que este cruce de palabras resume lo que ha sido el debate: Un Zapatero que ha echado mano de todo el repertorio de tópicos habidos y por haber de la progresía, remontándose ya no a la guerra de Iraq, sino incluso a los tiempos de Alianza Popular, y un Rajoy que ha sabido contestar la mayoría de sus tonterías, impertinencias y falsedades, a veces incluso con brillantez. Un Zapatero que no ha retrocedido ante el efectismo barato de erigirse en defensor de los "profesores" (en alusión a los mismos de siempre que le han prestado apoyo electoral) y un Rajoy que no se ha arrugado, y ha declarado que le parece inaceptable que se llame imbéciles a la mitad de los españoles que le apoyan, sea Serrat o sea quien sea el que lo diga.

domingo, 3 de febrero de 2008

Los ejes del PP

Cervantes confiesa en el Quijote que leía hasta los papeles que encontraba por el suelo. Se deduce que en aquellos tiempos la producción editorial era mucho más reducida, porque hoy en día estamos obligados a ser drásticamente selectivos, a fin de evitar que la torre de libros pendientes, apilados en la mesita de noche, adquiera una altura peligrosamente inestable. Por ello es de agradecer que el Partido Popular haya tenido el detalle de ahorrarnos la lectura de su programa (el del 2004 sobrepasaba las cuatrocientas páginas) elaborando un resumen de apenas cincuenta titulado Con Rajoy es posible.

Estructurado en 234 párrafos breves, el documento fija en 16 los Principios del PP (§ 7 a 22), prosigue con una interpretación de la presente situación (§ 23 a 94) y dedica los restantes a exponer sus objetivos o propuestas, que enumera del 1 al 12. En cambio, los Principios, curiosamente carecen de numeración propia, como si se temiera proclamarlos con excesiva rotundidad. De hecho, el primero de ellos (§ 7) afirma:

“Somos una formación política de centro. Defendemos los valores de la libertad, la igualdad, la concordia y la justicia que inspiran nuestra España democrática.”

Mal comienzo. Por lo del centro, me refiero. Renunciar a definirse como de derechas es dejar pasar la ocasión –una vez más– de una ofensiva ideológica en toda regla, es decir, de rehabilitar el término que, utilizado como espantajo, le proporciona los mayores réditos a la izquierda. Si se consiguiese neutralizar e incluso volver del revés las connotaciones negativas que décadas de propaganda comunista y socialdemócrata han conseguido asociar a la palabra derecha, el daño infligido a la izquierda sería devastador. En cambio, hablar de centrismo equivale a darle la razón, significa tirar la toalla antes del combate.

El siguiente Principio (§ 8), con todo, desvanece en parte el mal sabor de boca al asumir “la tradición del liberalismo español surgida de la Constitución de Cádiz.” (¡bien!) Le siguen la defensa de la libertad como “fundamento de la dignidad de la persona y (...) motor del progreso y el bienestar” (¡muy bien!), la igualdad ante la ley, la unidad de España y la defensa de la Constitución. El noveno Principio (§ 15) reivindica los conceptos del “deseo de superación, el mérito y el trabajo”, cuyo estímulo debe ser uno de los principales objetivos de la educación.

Pero en § 17 ya volvemos a las andadas centristas:

“Abogamos por el reformismo como garantía de progreso y bienestar y de la igualdad de todos los españoles dentro de una economía libre. Defendemos una economía libre y socialmente avanzada, que concilie la libertad con el desarrollo de políticas que hagan más justa la prosperidad.”

Es decir, dicho en plata, que la libertad por sí sola genera injusticias que los políticos tienen la misión de corregir. ¿Y hasta donde pueden llegar en su intervención correctora? Pues eso queda a su arbitiro, evidentemente, con lo que nada garantiza que la libertad no saldrá perdiendo. Los siguientes Principios siguen más o menos en la misma línea de “nosotros también somos sensibles como la izquierda”, para terminar con la mención final –se veía venir– al cambio climático.

Cuando los Principios se formulan pensando en el qué dirán, es decir, cuando no se tienen claros, se nota porque la retórica política se llena de “paquetes de medidas”, “planes nacionales de (lo que sea)”, “eficacia” y demás acumulación de ocurrencias inconexas, vaguedades y cursiladas. Y demasiado gasto.

El siguiente capítulo es una exposición de los problemas a los que se enfrenta España, en gran parte provocados o agravados por el actual gobierno. Llamarlos “desafíos” o “retos” introduce un indeseado tono de frivolidad, como si aquí no estuvieran en juego valores fundamentales, sino que se tratara de algo así como cruzar el Estrecho a nado, y que me perdone David Meca. La jerga política actual desde luego hace muy difícil que la gente pueda tomar en serio a los políticos. Pero vayamos al contenido. Se trata aquí en primer lugar del terrorismo, refiriéndose por supuesto al de ETA, pero también al islámico:

En el mundo en el que vivimos nuestra seguridad se encuentra amenazada por el terrorismo islamista. Debemos luchar contra esta amenaza desde la defensa de los valores de libertad”, etc (§ 30). Muy bien.

A continuación (§ 31), una certera alusión a los nacionalismos:

Los españoles debemos recuperar lo que nos une a todos. Cuando se anteponen supuestos derechos colectivos a la libertad individual (...)” Sí señor. Supuestos derechos colectivos. Muy bien dicho.

En § 40, 41 y 42 se trata el tema de la inseguridad ciudadana, para la cual se proponen dos remedios, uno equivocado, en mi opinión, como es aumentar (¿¡aún más!?) los recursos destinados a las fuerzas policiales, y otro en la línea acertada, que es plantear “reformas legales y penitenciarias” a fin de que las leyes no protejan a los delincuentes más que a los ciudadanos (bueno, esto lo digo yo).

Siguen unos párrafos dedicados a la política exterior, que ZP ha dejado hecha unos zorros, donde quizás se echa en falta una mención explícita a la restauración de nuestras relaciones con Estados Unidos. Después se pasa a las cuestiones económicas, donde cabe destacar dos párrafos dignos de aplauso:

La globalización es la gran oportunidad de progreso en el siglo XXI. A través de ella, la humanidad está avanzando en libertad económica y social, en la democracia y en más oportunidades para todos. El desafío es conseguir una globalización más justa [esto, aparte de sonar muy bonito, ¿quiere decir algo?] y con mayor democracia.” (§ 51)

España debe apostar por una economía abierta y libre, rechazar el proteccionismo y el intervencionismo, y aprovechar mejor las oportunidades de la globalización. Reducir impuestos, controlar el peso del sector público en la economía y garantizar un mercado interior único y no fragmentado constituyen una apuesta por la libertad económica.” (§ 59).

¡Cuando quieren, bien que se saben el temario!

Siguen unas consideraciones igualmente sensatas acerca de la educación, criticando un modelo educativo que tiende a “premiar la mediocridad y penalizar el esfuerzo”. A continuación, tras unas reflexiones un tanto vagas sobre el apoyo a la familia o las pensiones, y de rendir el consabido tributo al nuevo ídolo climático, se toca el tema de la inmigración. Aquí en esencia se defiende con bastante claridad un modelo asimilacionista frente al multiculturalismo. Muy loable. Por último, se dedican unos párrafos al tema del bienestar (sanidad, vivienda), bastante insustanciales.

De la aplicación de los Principios antes mencionados a los problemas actuales, surgen unas propuestas que, esta vez sí, se enumeran de la 1ª a la 12ª en el único párrafo largo del documento (§ 96), y se desarrollan con más detalle en las páginas restantes. Son las siguientes:

  1. Derrotar al Terrorismo.
  2. Construir España entre todos.
  3. Mejorar la calidad de nuestra democracia.
  4. Hacer de España un país seguro.
  5. Recuperar nuestra voz en el mundo.
  6. Hacer de España una de las cinco economías más avanzadas del mundo.
  7. Alcanzar el pleno empleo.
  8. Conseguir uno de los mejores sistemas educativos.
  9. Una sociedad con mayor igualdad. (“Las únicas diferencias justas serán las que nazcan del trabajo, del esfuerzo y del mérito.”)
  10. Proteger el medio ambiente.
  11. Conseguir la plena integración de la inmigración (“...un nuevo modelo de integración basado en el respeto a nuestros principios y valores constitucionales.”)
  12. Aumentar el bienestar social.

¿Qué reparo puede hacerse a estos objetivos? A primera vista ninguno. ¿Quién no va a querer proteger el medio ambiente o aumentar el bienestar? Sin embargo, especificar estos objetivos como independientes y separados de otros como son los que van del 6 al 9, en los que se defiende la competitividad y la meritocracia, sugiere que para lograrlos el Estado debe intervenir sin que se expliciten unos límites claros, y en eso no se distingue la derecha de la izquierda.

Lo dicho. Que la principal virtud de este documento es que nos permite ahorrarnos la lectura del programa in extenso. De todos modos, me quedo con aquellos párrafos que he citado en negrita, y otros que no he transcrito, porque detallan los aspectos más conocidos de la política del PP. Son aquellos que resumen bastante bien por qué, pese a todo, votaré otra vez, como ya hice en 2004, a Mariano Rajoy.