1) El nacionalismo no es un sentimiento natural y universal, sino una doctrina política vinculada a cierta época histórica.
4) Las identidades nacionales no vienen dadas por la realidad histórico-social, sino que son construidas por la ideología nacionalista y por los Estados.
Pío Moa, en un artículo de la revista Época, que también puede leerse en su blog, enuncia por su parte seis "errores comunes" sobre el separatismo, de los cuales, b, c y f vienen en apoyo de las tesis anteriores. Así, es falso según Moa lo siguiente:
b) Cataluña, Galicia y Euskadi son, en todo caso, naciones culturales.
c) El idioma es fundamental en la formación de los nacionalismos regionales.
f) El origen de los nacionalismos se encuentra en los reinos de la Edad Media.
Efectivamente, los rasgos culturales comunes de los españoles son mucho más notables que los diferenciadores de cada región, lo cual revela el carácter arbitrario del concepto de nación. Ni siquiera el idioma se puede considerar un elemento nacional, pues el español sigue siendo la lengua común y más importante, y además, regiones como Valencia y Baleares, con un idioma propio, no han conocido movimientos nacionalistas. (Lo que tienen son sucursales del pancatalanismo.) Por último, no existe una correspondencia biunívoca entre los reinos medievales y las actuales regiones donde existe un nacionalismo fuerte. Cataluña y Euskadi jamás fueron reinos; sí lo fueron otras regiones que no han padecido el separatismo.
Los nacionalistas catalanes pretenden que ha existido una consciencia de resistencia a la "ocupación" desde el final de la Guerra de Sucesión en 1714, con la rendición de Barcelona a las tropas borbónicas, y que la Generalidad habría sido "restaurada" en 1931 por Francesc Macià, doscientos diecisiete años después de su abolición. Pero naturalmente, jamás ha habido tal consciencia, salvo en unas exiguas minorías. En el siglo XVIII, por cierto, la Generalidad era ya una institución en decadencia, a la que la guerra dinástica simplemente dio la puntilla. Pero además, la idea de recuperar ese nombre medieval no fue de Macià, ni siquiera de ningún catalán, sino de un ministro del gobierno de Madrid: Fernando de los Ríos. Así lo cuenta Amadeu Hurtado en Quaranta anys d'advocat. Història del meu temps (Barcelona, Ed. Ariel, 1967), libro no reeditado, hasta donde yo sé, que hace unos años conseguí en un rastro de Reus. Esta es la página impagable:
La Generalidad, pues, no fue "restaurada" como resultado de una vieja aspiración del pueblo catalán. El nombre se recuperó, improvisadamente, como una "solución de concordia" para resolver el lío en el que Macià había metido a la recién instaurada República, al proclamar del 14 de abril de 1931 el "Estado catalán" dentro de una "confederación de pueblos ibéricos". Tres días después, tras reunirse con tres ministros del gobierno español durante varias horas, Macià volvió a salir al balcón a decirles a sus seguidores que ahora la cosa se iba a llamar Gobierno de la Generalidad, de "gloriosa tradición", y a otro tema. No me negarán que todo el asunto tiene un innegable aire chusco. Nada que ver, desde luego, con la mitología nacionalista de los "trescientos años de resistencia".


4 comentarios:
Más que superstición,se diría "mito", ¿no?
Moa no dice que el concepto de "nación" sea metafísico ni arbitrario. Más bien es un hecho permanente en la historia aunque, como todos los hechos históricos evoluciona y cambia. La explicación de Moa es muy convincente. Si nos ponemos en ese plan, también los conceptos de "libertad", "dignidad" "Europa",y tantos más resultarían metafísicos
Muchas gracias por la cita, Carlos.
Las tesis de Moa me parecen acertadas. Con todo, él cae también en la lógica nacionalista cuando escribe esto: "En toda España los rasgos comunes (lengua, literatura, religión, historia, costumbres, etc.), tienen incomparablemente más peso que las diferencias". Es decir, asume el principio de correlación unidades culturales-entidades políticas (a cada comunidad cultural, su Estado). Lo cual nos enfanga en la eterna polémica con los nacionalistas sobre si la "verdadera" comunidad cultural es España, o Cataluña, o el Ampurdán ... Una polémica que -sostengo en el artículo- es racionalmente insoluble.
Lo que proponía en el trabajo -no sé si precipitada y utópicamente- es cortar de una vez con el concepto de nación y con las polémicas sobre los perímetros nacionales. Y no para instaurar en su lugar la anarquía, sino para revalorizar el concepto de Estado. La nación no se sabe muy bien lo que es; el Estado sí sabemos muy bien lo que es. De la visión post-nacionalista que propongo se desprende un principio de CONSERVACIÓN de los Estados existentes (al menos, de aquellos que garanticen adecuadamente los derechos de sus ciudadanos), con sus fronteras actuales. El nacionalismo tiende a cuestionar eternamente los límites de los Estados, proponiendo secesiones o unificaciones que hagan por fin coincidir el mapa estatal con el mapa nacional. El postnacionalismo que considera absurda esa pretensión. Los Estados democráticos actuales deben ser conservados; no porque sean la expresión política de alguna misteriosa esencia nacional, sino porque proporcionan, hoy por hoy, el ámbito más adecuado para la garantía de las libertades. El Estado español debe seguir existiendo: no porque exprese cierta hispanidad eterna que se remonte a Viriato, sino porque tiene una Constitución democrática que funciona razonablemente bien. Destrozar esta entidad para complacer las fantasías identitarias de vasquistas y catalanistas sería un disparate.
Hola Francisco,
coincido plenamente con tu planteamiento. De todos modos, independientemente de si Moa comparte o no la idea de que TODA nación es un ente imaginario, al señalar que no tiene mucho sentido seleccionar determinados rasgos diferenciadores para postular una nación (¿qué rasgos son determinantes? ¿de qué grado deben ser las diferencias?), sugiere (acaso involuntariamente) que quizás no sólo sean arbitrarias esas naciones concretas, sino CUALQUIER nación.
Saludos,
Carlos
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