Sólo hay dos formas de gozar de un cierto nivel de renta tras dejar de trabajar: mediante lo que se ha ahorrado durante la vida laboral, o mediante aportaciones directas o indirectas de quienes están trabajando. Cualquier otro sistema de pensiones sólo puede consistir en alguna combinación de esos dos.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad (incluyendo lo que suele denominarse prehistoria), el segundo método ha predominado absolutamente. Los viejos, en cuanto eran incapaces de seguir trabajando en la caza, la agricultura o en oficios artesanos, pasaban a ser mantenidos por sus familiares, básicamente los hijos. Sólo con el desarrollo de la economía monetaria empezó a existir la posibilidad de que un campesino o un trabajador manual (no sólo un monarca o un terrateniente) ahorrara en previsión de la vejez.
Con el auge de la socialdemocracia, sin embargo, se volvió al sistema de aportaciones, esta vez indirectas, gestionadas por el Estado, que las obtiene a través de la cotizaciones sociales de los trabajadores. ¿Este sistema es mejor o peor que el del ahorro? En principio, ambos son igualmente válidos, en la medida en que permiten obtener el mismo resultado. Sin embargo, todo indica que lo ideal es una combinación de ambos. Por un lado, no todo el mundo puede siempre ahorrar lo suficiente, pese a haber trabajado durante muchos años, por lo que algún tipo de aportación de la familia, de asociaciones o del Estado será necesaria, al menos en parte. Pero por otro lado, el ahorro personal es lo único que garantiza realmente el disfrute de una renta de jubilación. El método de las aportaciones puede fallar, tanto si es directo (porque los familiares se desentiendan de uno) como si es indirecto, porque el gestor de las aportaciones sea despilfarrador o corrupto, o porque la proporción de trabajadores en activo se reduzca debido al envejecimiento demográfico. Esto último es lo que amenaza con colapsar los sistemas de pensiones de países como España, tal como ha mostrado Juan Ramón Rallo con un "gráfico del terror", que vale más que mil palabras.
Obsérvese que los problemas e insuficiencias de ambos métodos tienen una raíz moral. Los viejos lo pasarán mal si han sido malgastadores en su juventud, si sus hijos no cuidan de ellos, si las autoridades económicas son irresponsables, o si la gente se vuelve demasiado hedonista para asumir la tarea de tener los hijos suficientes, que garanticen al menos el reemplazo generacional. Argumentos supuestamente razonables para tener sólo un hijo o ninguno no faltan, pero contrastan con las elevadas tasas de fecundidad de épocas pasadas en las que existían muchas mayores dificultades.
Culpar a los políticos de la crisis del sistema de pensiones es sólo parcialmente justo. Unos políticos negligentes o despilfarradores suelen ser el reflejo de una sociedad en la cual tales defectos, y probablemente también los demás que he enumerado, son comunes, en todos los niveles. En cualquier caso, es obvio que los problemas no se resolverán, salvo momentáneamente, exigiendo al Estado que provea unos recursos que sólo pueden proceder (descontado el ahorro privado) de las rentas del trabajo. Si no hay suficientes trabajadores, el único medio de mantener el nivel de renta de quienes no trabajan es exprimir más a los primeros.
La solución, por tanto, sólo puede ser moral, lo que suele expresarse como un "cambio de mentalidad". Sólo cuando la gente deje de pensar que percibir la pensión de jubilación u otras prestaciones sociales es no sólo algo por supuesto legítimo y seguramente merecido, sino además un "derecho" que debe garantizarse incluso en contra de las matemáticas; sólo cuando abandonemos definitivamente la superstición interesada de los derechos sociales, la gente se dará cuenta de que asegurarse la vejez es una cuestión de previsión (lo que va unido a las virtudes de frugalidad y austeridad), de tener descendencia, de mantener la unión familiar y de saber transmitir estos principios morales, unidos al del respeto a los mayores. Sólo cuando dejemos de pensar exclusivamente en las próximas vacaciones (es un decir), puede que por añadidura nos sea concedido alcanzar un cierto bienestar material en la vejez. O al menos que nuestro hijo único no nos recluya en un asilo para que no le estropeemos las vacaciones.
miércoles, 16 de octubre de 2013
domingo, 13 de octubre de 2013
Cómo hemos llegado a esto
Se supone que vivimos en una sociedad donde el nivel de alfabetización roza el 100 %. Una sociedad donde hay acceso universal a la educación primaria y secundaria, donde hay total libertad de expresión y de circulación de ideas, donde cualquiera puede acceder a información prácticamente ilimitada apretando un botón en su ordenador o en su teléfono móvil. Y donde, por ahora, siguen sin faltar los métodos tradicionales, como leer la prensa del bar o escuchar la radio, por no hablar de la tele omnipresente. Vivimos, se supone, en una sociedad donde es posible debatir y argumentar sobre lo que se quiera, y donde todo el mundo puede participar en cualquier debate, mediante cartas a los periódicos, blogs y redes sociales.
Pues bien, siendo todo esto así, resulta que un buen día, unas lunáticas deciden transmitir un mensaje de la siguiente manera: Se pintan en su torso una frase criminal y cretinoide como "El aborto es sagrado" e interrumpen, gritando desnudas, una sesión del Congreso de los diputados. Y se sienten orgullosas de su hazaña.
Su objetivo, desde luego, es muy claro: que se hable de ellas. Y esto desde luego lo han conseguido, incluyendo, muy a su pesar, al autor de este blog. ¿No sería mejor ignorarlas? El dilema es perverso: o bien replicamos intelectualmente la mamarrachada (con lo cual, involuntariamente, estamos de algún modo elevando su categoría) o bien la despreciamos, con lo cual permitimos que cada vez haya menos sitio en el espacio público para otras cosas que no sean la grosería, la estupidez y la canallada. Una opción puede ser tomárselo todo a guasa, componiendo sátiras lo suficientemente mordaces. Pero aunque esto sin duda es necesario y saludable, no me parece suficiente, pues puede transmitir la impresión de que no hay aquí un problema serio. Y desgraciadamente sucede todo lo contrario: actos como el referido son un síntoma de una degradación del debate público que viene de muy lejos, pero que por momentos parece no tener fondo. Ignoro hasta dónde podemos llegar en cuanto a zafiedad e imbecilidad, pero debemos preguntarnos con todo el rigor que sea posible cómo hemos llegado hasta aquí, si queremos empezar a revertir la situación.
Hay una cosa que está clara. Si para que se hable de alguien es necesario desnudarse y gritar frases que no superan el nivel de la subnormalidad, esto significa que todos esos medios y recursos comunicacionales a los que me refería están completamente infrautilizados. Tenemos más posibilidades que nunca para debatir racionalmente sobre todo lo humano o lo divino: sobre si la vida es sagrada, como defendemos los católicos, basándonos no sólo en nuestra fe en la Escritura y el magisterio de la Iglesia, sino en siglos de pensamiento cristiano, desde Agustín a Ratzinger; o si por el contrario todo valor moral es meramente convencional, como aseguraban los antiguos sofistas y Bertrand Russell. Sin embargo, el debate (por así llamarlo) se centra en si es correcto o no que unas energúmenas interfieran en pelotas en el parlamento.
Naturalmente, muy poca gente lee a Russell, y menos aún, posiblemente, a San Agustín. En el mejor de los casos, la gente lee columnas de opinión escritas por periodistas e intelectuales que es más probable que hayan leído al primero, e incluso a veces también al segundo, aunque no me hago excesivas ilusiones. Pero en estas columnas (al igual que en la mayoría de tertulias de radio y televisión) rara vez se vislumbran remotamente las fuentes del pensamiento clásico y contemporáneo. En general son ejercicios más o menos brillantes de distinción grosera entre un nosotros y un ellos, en los cuales ellos son, por supuesto, la derecha cavernícola y patriarcal. En definitiva, los intelectuales, en lugar de tratar de elevar el nivel intelectual de las masas, lo que han hecho es rebajarse a la pobre idea que tienen de ellas, en un claro ejemplo de círculo vicioso que sólo sirve para alimentar la degradación tanto de la masa como de la supuesta élite.
El resultado no es que las energúmenas tengan su minuto de gloria (que también), sino que cada año son abortados en España (aunque el problema es ciertamente mundial) unos cien mil nonatos. Y en parte hemos llegado a esto porque los intelectuales han hecho dejación de sus funciones, limitándose a transmitir "mensajes" y consignas que no requieren apenas esfuerzo, y que además son agradables y halagadores para muchos. Después de todo, puede que no haya tanta diferencia entre los gritos de cuatro guarras enseñando las tetas y las tonterías que a diario pronuncian y escriben, desde tribunas privilegiadas y en horario de máxima audiencia, personas indignas de los puestos que ocupan en la sociedad.
Pues bien, siendo todo esto así, resulta que un buen día, unas lunáticas deciden transmitir un mensaje de la siguiente manera: Se pintan en su torso una frase criminal y cretinoide como "El aborto es sagrado" e interrumpen, gritando desnudas, una sesión del Congreso de los diputados. Y se sienten orgullosas de su hazaña.
Su objetivo, desde luego, es muy claro: que se hable de ellas. Y esto desde luego lo han conseguido, incluyendo, muy a su pesar, al autor de este blog. ¿No sería mejor ignorarlas? El dilema es perverso: o bien replicamos intelectualmente la mamarrachada (con lo cual, involuntariamente, estamos de algún modo elevando su categoría) o bien la despreciamos, con lo cual permitimos que cada vez haya menos sitio en el espacio público para otras cosas que no sean la grosería, la estupidez y la canallada. Una opción puede ser tomárselo todo a guasa, componiendo sátiras lo suficientemente mordaces. Pero aunque esto sin duda es necesario y saludable, no me parece suficiente, pues puede transmitir la impresión de que no hay aquí un problema serio. Y desgraciadamente sucede todo lo contrario: actos como el referido son un síntoma de una degradación del debate público que viene de muy lejos, pero que por momentos parece no tener fondo. Ignoro hasta dónde podemos llegar en cuanto a zafiedad e imbecilidad, pero debemos preguntarnos con todo el rigor que sea posible cómo hemos llegado hasta aquí, si queremos empezar a revertir la situación.
Hay una cosa que está clara. Si para que se hable de alguien es necesario desnudarse y gritar frases que no superan el nivel de la subnormalidad, esto significa que todos esos medios y recursos comunicacionales a los que me refería están completamente infrautilizados. Tenemos más posibilidades que nunca para debatir racionalmente sobre todo lo humano o lo divino: sobre si la vida es sagrada, como defendemos los católicos, basándonos no sólo en nuestra fe en la Escritura y el magisterio de la Iglesia, sino en siglos de pensamiento cristiano, desde Agustín a Ratzinger; o si por el contrario todo valor moral es meramente convencional, como aseguraban los antiguos sofistas y Bertrand Russell. Sin embargo, el debate (por así llamarlo) se centra en si es correcto o no que unas energúmenas interfieran en pelotas en el parlamento.
Naturalmente, muy poca gente lee a Russell, y menos aún, posiblemente, a San Agustín. En el mejor de los casos, la gente lee columnas de opinión escritas por periodistas e intelectuales que es más probable que hayan leído al primero, e incluso a veces también al segundo, aunque no me hago excesivas ilusiones. Pero en estas columnas (al igual que en la mayoría de tertulias de radio y televisión) rara vez se vislumbran remotamente las fuentes del pensamiento clásico y contemporáneo. En general son ejercicios más o menos brillantes de distinción grosera entre un nosotros y un ellos, en los cuales ellos son, por supuesto, la derecha cavernícola y patriarcal. En definitiva, los intelectuales, en lugar de tratar de elevar el nivel intelectual de las masas, lo que han hecho es rebajarse a la pobre idea que tienen de ellas, en un claro ejemplo de círculo vicioso que sólo sirve para alimentar la degradación tanto de la masa como de la supuesta élite.
El resultado no es que las energúmenas tengan su minuto de gloria (que también), sino que cada año son abortados en España (aunque el problema es ciertamente mundial) unos cien mil nonatos. Y en parte hemos llegado a esto porque los intelectuales han hecho dejación de sus funciones, limitándose a transmitir "mensajes" y consignas que no requieren apenas esfuerzo, y que además son agradables y halagadores para muchos. Después de todo, puede que no haya tanta diferencia entre los gritos de cuatro guarras enseñando las tetas y las tonterías que a diario pronuncian y escriben, desde tribunas privilegiadas y en horario de máxima audiencia, personas indignas de los puestos que ocupan en la sociedad.
sábado, 12 de octubre de 2013
viernes, 20 de septiembre de 2013
La entrevista a Francisco
La larga entrevista al papa Francisco publicada en una revista jesuita ha provocado básicamente dos tipos de reacciones. Una es la de la mayoría de medios de comunicación, que han visto en ella a un papa que se muestra dispuesto a abrir la Iglesia a las ideas progresistas dominantes. La otra es la de quienes creen que se han manipulado sus palabras para hacerle decir algo que en absoluto pretendió el pontífice. Tras mi propia lectura, opino que la primera reacción es errónea, y que el papa no ha anunciado el menor cambio doctrinal. Pero también pienso que la segunda reacción, aun cuando no vaya en absoluto desencaminada, es demasiado piadosa: creo que el papa se ha equivocado en la manera de expresar ciertas cosas.
En general, la entrevista es bastante rica intelectualmente, y no cabe duda de que los medios han simplificado groseramente el contenido de sus 27 densas páginas. Si tuviera que destacar un fragmento de ella, sería el siguiente:
"Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana." (pág. 20).
Estas palabras son profundamente evangélicas. El papa no dice que ciertas conductas no sean malas; dice que a las personas que las tienen hay que ayudarlas, no condenarlas de manera inmisericorde, alejándolas aún más de la Iglesia. El papa critica tanto el rigorismo legalista como el laxismo de quien niega el pecado por un buenismo equivocado, lo que en definitiva supone privar de sentido al arrepentimiento, que es la única vía de curación.
El papa dice que siendo más joven se le pudo considerar ultraconservador por su estilo autoritario. En realidad está destrozando uno de los tópicos más caros al progresismo hegemónico: la idea de que la derecha es por definición autoritaria y más bien propia de cierta senilidad. Francisco, por el contrario, reconoce haber sido un joven impetuosamente autoritario, mas no "de derechas". ¿Qué entiende entonces por este término? Creo que a la luz de otras partes de la entrevista, como la antes transcrita, Francisco ha elegido muy mal la palabra derecha para referirse a lo que siempre habíamos denominado fariseísmo: la actitud rigorista de quienes creen que la medida de la salvación no es más que el cumplimiento de la ley, como si la mediación de Cristo fuera superflua.
En este sentido podemos entender el sentido de las palabras "no es necesario estar hablando de estas cosas [el aborto, el "matrimonio" gay, etc.] sin cesar". Francisco no cuestiona en absoluto la posición de la Iglesia al respecto, sino que lo que pretende decir es que el mensaje evangélico se funda ante todo en la esperanza de la salvación, más que en la condena de los pecadores.
Francisco se describe a sí mismo como "ingenuo", y desde luego debe serlo, porque de lo contrario habría elegido o matizado mejor ciertas expresiones, para evitar que fueran instrumentalizadas por los medios. Si hubiera sido menos ingenuo habría evitado que algunos interpretaran sus palabras como una forma de desentenderse del movimiento provida o el movimiento contra el gaymonio en Francia.
Como católico y de derechas, sólo me cabe rezar para que el papa Francisco siga siendo como es, pero que su locuacidad no le siga (ni nos siga) jugando malas pasadas.
En general, la entrevista es bastante rica intelectualmente, y no cabe duda de que los medios han simplificado groseramente el contenido de sus 27 densas páginas. Si tuviera que destacar un fragmento de ella, sería el siguiente:
"Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana." (pág. 20).
Estas palabras son profundamente evangélicas. El papa no dice que ciertas conductas no sean malas; dice que a las personas que las tienen hay que ayudarlas, no condenarlas de manera inmisericorde, alejándolas aún más de la Iglesia. El papa critica tanto el rigorismo legalista como el laxismo de quien niega el pecado por un buenismo equivocado, lo que en definitiva supone privar de sentido al arrepentimiento, que es la única vía de curación.
El papa dice que siendo más joven se le pudo considerar ultraconservador por su estilo autoritario. En realidad está destrozando uno de los tópicos más caros al progresismo hegemónico: la idea de que la derecha es por definición autoritaria y más bien propia de cierta senilidad. Francisco, por el contrario, reconoce haber sido un joven impetuosamente autoritario, mas no "de derechas". ¿Qué entiende entonces por este término? Creo que a la luz de otras partes de la entrevista, como la antes transcrita, Francisco ha elegido muy mal la palabra derecha para referirse a lo que siempre habíamos denominado fariseísmo: la actitud rigorista de quienes creen que la medida de la salvación no es más que el cumplimiento de la ley, como si la mediación de Cristo fuera superflua.
En este sentido podemos entender el sentido de las palabras "no es necesario estar hablando de estas cosas [el aborto, el "matrimonio" gay, etc.] sin cesar". Francisco no cuestiona en absoluto la posición de la Iglesia al respecto, sino que lo que pretende decir es que el mensaje evangélico se funda ante todo en la esperanza de la salvación, más que en la condena de los pecadores.
Francisco se describe a sí mismo como "ingenuo", y desde luego debe serlo, porque de lo contrario habría elegido o matizado mejor ciertas expresiones, para evitar que fueran instrumentalizadas por los medios. Si hubiera sido menos ingenuo habría evitado que algunos interpretaran sus palabras como una forma de desentenderse del movimiento provida o el movimiento contra el gaymonio en Francia.
Como católico y de derechas, sólo me cabe rezar para que el papa Francisco siga siendo como es, pero que su locuacidad no le siga (ni nos siga) jugando malas pasadas.
sábado, 14 de septiembre de 2013
Información
Acabo de leer un tuiteo de alguien que sostiene que vivimos en la época más informada, y la más mediocre intelectualmente. Seguramente acierta en lo segundo, pero no en lo primero, que no deja de ser un tópico. ¿A qué llamamos información? Con la información pueden ocurrir dos cosas. La primera, que exista, pero no se sepa o pueda encontrar. La segunda, que ni siquiera exista. Creo que la realidad es una mezcla de ambas cosas. Hay mucha información inencontrable, debido al famoso "ruido", y no me refiero sólo a la cháchara y la basura mediática. Basta entrar en cualquier librería para darse cuenta de la cantidad de gilipolleces que se llegan a publicar al año. Miles de libros que caerán en un merecido olvido en cuestión de pocos años. Pero luego está la información que sencillamente falta. La información no crece en los árboles, hay que elaborarla. Y existe una ingente cantidad de cuestiones que no se investigan, primero porque no existen recursos infinitos, pero segundo, porque los prejuicios han cegado la inquietud intelectual. Por "prejuicios" no me refiero principalmente a ideas atávicas y reaccionarias, sino más bien lo contrario, a ideas nuevas y hasta novísimas que pasan por evidentes, y de las que tenemos a rebosar. Producir información es difícil, y a menudo caro. Producir tonterías cuesta mucho menos.
Para encontrar la información y para producirla, es obvio que se necesita primero formación. Y la formación no es más que disponer de cierta información acumulada. Pero esto es algo que a su vez sólo nos puede trasmitir una persona ya formada, es decir, una persona que ya haya encontrado antes esa información, y que no se deje obnubilar por la primera idea supuestamente novísima que se encuentra en el periódico de la mañana. O dicho crudamente: la formación no puede existir sin autoridad. Y esto es algo que la pedagogía imperante no ha hecho más que desacreditar durante décadas. El profesor no tiene que ser un "mero" transmisor de conocimientos "memorísticos", sino un tío guay que excite la pasión por aprender. ¿Aprender el qué? No se sabe muy bien. "Valores", dicen. pero ¿a qué llamamos valores? Ah, y que todo esto sea divertido.
Los resultados de estas majaderías están a la vista: los alumnos no aprenden apenas nada que no se pueda olvidar al día siguiente de un examen, y encima tampoco se divierten. Aprender no puede ser divertido, porque hay muchas cosas que no pueden empezar a interesarnos hasta que no sabemos algo de ellas. Se requiere un esfuerzo inicial para formarse, y una vez más, esto significa autoridad, es decir, que alguien me obligue a formarme, porque me inspira respeto, y no tengo más remedio que admitir que no hay otro camino, aunque me pese, aunque preferiría estar haciendo otras cosas.
Es mentira que vivamos la época más informada. La información primordial, la que nos forma y nos permite seguir aprendiendo y producir más información de calidad, está en buena parte ahí, pero cada vez a más profundidad bajo el estiércol del entretenimiento masivo. Así que puede que en realidad no estemos más informados, sino menos. Y todo porque se ha extendido la fábula de que el conocimiento progresa en lucha contra la autoridad, cuando en realidad no puede florecer sin ella. Sin un canon, sin unas referencias transmitidas celosamente de generación en generación, todo se disuelve en el subjetivismo de la primera tontería que se le ocurre a cualquier tonto. Y así no hay manera de construir, de formar.
Sin formación, no podemos ni aprovechar ni producir verdadera información, solo recrearnos en chismes y tópicos. Por tanto, decir que es una época informada pero poco formada, es contradictorio. Sin formación, a todos los efectos es como si la información no existiera. La formación es información ya consolidada, son reservas contabilizadas, con las que podemos contar. Y no podemos producir petróleo donde no hay reservas. La oposición entre información y formación, bien que engañosamente sugerida por la propia etimología, es parte del problema, revela ella misma que a cualquier cosa la llamamos información, porque esta nos falta a raudales y nos conformamos con lo primero que aparentemente nos sirve de alimento. Es una paradoja estéril, porque en realidad no hay tal paradoja, sino una consecuencia lógica. Abolido el prestigio de la autoridad, se deja de estar formado y, por tanto, informado. La retórica sustituye al razonamiento, y el entretenimiento al aprendizaje. Tenemos lectores digitales con capacidad para almacenar miles de libros, que no servirán de nada si entre ellos no hay por lo menos el centenar de libros que verdaderamente importan. No sirve de nada que en Google podamos encontrar cualquier cosa, si no sabemos qué debemos buscar.
No, no somos la época más informada de la historia. Posiblemente sí seamos la más olvidadiza.
Para encontrar la información y para producirla, es obvio que se necesita primero formación. Y la formación no es más que disponer de cierta información acumulada. Pero esto es algo que a su vez sólo nos puede trasmitir una persona ya formada, es decir, una persona que ya haya encontrado antes esa información, y que no se deje obnubilar por la primera idea supuestamente novísima que se encuentra en el periódico de la mañana. O dicho crudamente: la formación no puede existir sin autoridad. Y esto es algo que la pedagogía imperante no ha hecho más que desacreditar durante décadas. El profesor no tiene que ser un "mero" transmisor de conocimientos "memorísticos", sino un tío guay que excite la pasión por aprender. ¿Aprender el qué? No se sabe muy bien. "Valores", dicen. pero ¿a qué llamamos valores? Ah, y que todo esto sea divertido.
Los resultados de estas majaderías están a la vista: los alumnos no aprenden apenas nada que no se pueda olvidar al día siguiente de un examen, y encima tampoco se divierten. Aprender no puede ser divertido, porque hay muchas cosas que no pueden empezar a interesarnos hasta que no sabemos algo de ellas. Se requiere un esfuerzo inicial para formarse, y una vez más, esto significa autoridad, es decir, que alguien me obligue a formarme, porque me inspira respeto, y no tengo más remedio que admitir que no hay otro camino, aunque me pese, aunque preferiría estar haciendo otras cosas.
Es mentira que vivamos la época más informada. La información primordial, la que nos forma y nos permite seguir aprendiendo y producir más información de calidad, está en buena parte ahí, pero cada vez a más profundidad bajo el estiércol del entretenimiento masivo. Así que puede que en realidad no estemos más informados, sino menos. Y todo porque se ha extendido la fábula de que el conocimiento progresa en lucha contra la autoridad, cuando en realidad no puede florecer sin ella. Sin un canon, sin unas referencias transmitidas celosamente de generación en generación, todo se disuelve en el subjetivismo de la primera tontería que se le ocurre a cualquier tonto. Y así no hay manera de construir, de formar.
Sin formación, no podemos ni aprovechar ni producir verdadera información, solo recrearnos en chismes y tópicos. Por tanto, decir que es una época informada pero poco formada, es contradictorio. Sin formación, a todos los efectos es como si la información no existiera. La formación es información ya consolidada, son reservas contabilizadas, con las que podemos contar. Y no podemos producir petróleo donde no hay reservas. La oposición entre información y formación, bien que engañosamente sugerida por la propia etimología, es parte del problema, revela ella misma que a cualquier cosa la llamamos información, porque esta nos falta a raudales y nos conformamos con lo primero que aparentemente nos sirve de alimento. Es una paradoja estéril, porque en realidad no hay tal paradoja, sino una consecuencia lógica. Abolido el prestigio de la autoridad, se deja de estar formado y, por tanto, informado. La retórica sustituye al razonamiento, y el entretenimiento al aprendizaje. Tenemos lectores digitales con capacidad para almacenar miles de libros, que no servirán de nada si entre ellos no hay por lo menos el centenar de libros que verdaderamente importan. No sirve de nada que en Google podamos encontrar cualquier cosa, si no sabemos qué debemos buscar.
No, no somos la época más informada de la historia. Posiblemente sí seamos la más olvidadiza.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Diez consejos para no volverse marica
1) Un machote no utiliza paraguas, salvo si está diluviando en el estadio.
2) No hay que poner intermitentes cuando se gira a la derecha, o en una rotonda. Los machotes no deben demostrar sus sentimientos -ni siquiera sus intenciones.
3) Prohibido tajantemente emocionarse viendo una película. Si uno acaba de ver La lista de Schindler, dirá que es una película muy dura, adoptando una voz neutra, como si se dijera de un vino que es muy tánico en boca.
4) Beber agua helada recién sacada de la nevera, a grandes tragos. Si se contrae una faringitis, decir que ha sido gritando en un espectáculo de lucha libre.
5) Terminantemente prohibido ponerse los guantes de plástico que suministran en las gasolineras.
6) Prohibido lavarse las manos después de mear. En rigor, no hay que lavarse las manos nunca, o al menos no te deben ver hacerlo.
7) Está desaconsejado mostrar la menor reacción cuando uno come algo muy picante. Si se suda, hay que decir que hace calor. Por ejemplo: "Joder macho, qué calor hace en este puto restaurante".
8) Al estrechar la mano, hay que intentar romper los metacarpianos del otro, con una mirada franca y penetrante.
9) Nada de llevar monedero. Uno se saca las monedas del bolsillo sin mirar, deposita tres o cuatro sobre la barra y se guarda las sobrantes. Mejor aún no llevar suelto, un billete de veinte sirve para cualquier pequeño gasto del macho viril.
10) Cultivar exclusivamente aficiones viriles, que te ocupen todo el tiempo libre, como el deporte, la caza o la pesca. Leer es sospechoso, aunque puede hacerse una excepción con manuales de artes marciales o de mantenimiento del cazabombardero.
2) No hay que poner intermitentes cuando se gira a la derecha, o en una rotonda. Los machotes no deben demostrar sus sentimientos -ni siquiera sus intenciones.
3) Prohibido tajantemente emocionarse viendo una película. Si uno acaba de ver La lista de Schindler, dirá que es una película muy dura, adoptando una voz neutra, como si se dijera de un vino que es muy tánico en boca.
4) Beber agua helada recién sacada de la nevera, a grandes tragos. Si se contrae una faringitis, decir que ha sido gritando en un espectáculo de lucha libre.
5) Terminantemente prohibido ponerse los guantes de plástico que suministran en las gasolineras.
6) Prohibido lavarse las manos después de mear. En rigor, no hay que lavarse las manos nunca, o al menos no te deben ver hacerlo.
7) Está desaconsejado mostrar la menor reacción cuando uno come algo muy picante. Si se suda, hay que decir que hace calor. Por ejemplo: "Joder macho, qué calor hace en este puto restaurante".
8) Al estrechar la mano, hay que intentar romper los metacarpianos del otro, con una mirada franca y penetrante.
9) Nada de llevar monedero. Uno se saca las monedas del bolsillo sin mirar, deposita tres o cuatro sobre la barra y se guarda las sobrantes. Mejor aún no llevar suelto, un billete de veinte sirve para cualquier pequeño gasto del macho viril.
10) Cultivar exclusivamente aficiones viriles, que te ocupen todo el tiempo libre, como el deporte, la caza o la pesca. Leer es sospechoso, aunque puede hacerse una excepción con manuales de artes marciales o de mantenimiento del cazabombardero.
La Cataluña de los idiotas
Es curioso que ahora que sabemos que el universo tiene un diámetro de miles de millones de años luz, y está constituido por miles de millones de galaxias, haya gente que esté tan preocupada por poner una frontera en Alcanar. Pero tampoco es dificil de entender. Les han dicho que el universo es inmenso, y muy viejo, pero que no es más que materia, algo sin sentido ni propósito alguno. No es de extrañar que cualquier objetivo, cualquier finalidad, por fútil que pueda parecer, ocupe ese vacío de significado. Así, en un rincón del Mediterráneo, hay quien aspira a que el 0,006 % de la superficie terrestre tenga un estado propio.
Si ponemos entre paréntesis por un momento las consideraciones precedentes, tres son las razones que desaconsejan la separación de Cataluña:
La primera, que es ilegal. Un proceso de separación requiere una reforma constitucional. Los separatistas pretenden que se incumpla este procedimiento, lo cual puede tener dos consecuencias distintas. Una, que el gobierno, ante una secesión unilateral, se vea obligado a suspender la autonomía de Cataluña, con la posibilidad de que ello desemboque en un conflicto violento más o menos grave. La otra sería aún peor: que el gobierno no hiciera nada, y que por tanto se sentara el precedente de que la Constitución puede ser violada flagrantemente con total impunidad. Históricamente, esto ha sido la madre de todas las guerras y todas las dictaduras.
La segunda razón contra la independencia de Cataluña, es que supone para los catalanes entrar en un período de serias dificultades económicas (ríanse de las actuales), por mucho que el nacionalismo quiera darle la vuelta a este argumento. Pero quizás la más importante a largo plazo sea la tercera razón: la irrelevancia geopolítica de las dos entidades resultantes de la separación, la nueva España cercenada de una parte importante de su territorio, y por supuesto la insignificante Cataluña independiente, que no pintará nada en una Europa que, a su vez, se ha autocondenado a pintar cada vez menos en el mundo. Sin duda, la unidad de España es un patrimonio geopolítico desaprovechado desde hace tiempo por las élites políticas. Pero ante las incertidumbres del futuro, sería de una frivolidad suicida dilapidarlo.
No obstante, todos estos argumentos palidecen si se contemplan con una perspectiva más amplia. Porque la preservación de la unidad de España no garantiza que no haya conflictos graves en el futuro, ni garantiza que se pueda escapar a la decadencia económica y geopolítica, que en esencia no es más que un efecto secundario de la auténtica y devastadora decadencia, la demográfica. Con la actual tasa de natalidad, dentro de mil años (como ha señalado Alejandro Macarrón en su imprescindible obra El suicidio demográfico de España) no quedará ni un solo español; catalán, ni les cuento. Por supuesto, ni usted ni yo estaremos ahí para comprobarlo. Pero sí que estaremos, Dios mediante, dentro de unas décadas, cuando no exista suficiente población activa que pueda sostener, entre muchas otras cosas, el sistema de pensiones por las que actualmente cotizamos de manera obligatoria. La diversión estará asegurada.
Lo peor de la separación de Cataluña es que servirá para que millones de idiotas se sientan por unos días un poco mejor, a pesar de que no habrán solucionado absolutamente ningún problema real, y con toda probabilidad los habrán agravado, además de crear otros nuevos. Lo peor de la separación es su insignificante, su ridícula futilidad. Porque si al menos la senyera tuviera un significado, si simbolizara unos valores de trascendencia, de libertad o de civilización, estaría justificado incluso verter la propia sangre por ella. Pero ¿a qué aspiran los nacionalistas? ¿A tener un D.N.I. catalán? ¿A que el presidente de Estados Unidos reciba con honores de estado al presidente de la Generalidad? ¿A que Cataluña consiga cuatro o cinco medallas en los Juegos Olímpicos -como si quieren ser quince?
Porque si a lo que aspiran es a que en la nueva Cataluña independiente vayamos a cobrar las pensiones, y a "tenerlo todo pagado", como dijo Francesc Pujols, es que se merecen sobradamente el adjetivo calificativo que he deslizado al inicio del párrafo. Y por si alguien me echa en cara que insultar está muy mal: cuando los idiotas se convierten en peligrosos, ha llegado el momento en que ya no podemos continuar eludiendo el llamarlos por su nombre.
Si ponemos entre paréntesis por un momento las consideraciones precedentes, tres son las razones que desaconsejan la separación de Cataluña:
La primera, que es ilegal. Un proceso de separación requiere una reforma constitucional. Los separatistas pretenden que se incumpla este procedimiento, lo cual puede tener dos consecuencias distintas. Una, que el gobierno, ante una secesión unilateral, se vea obligado a suspender la autonomía de Cataluña, con la posibilidad de que ello desemboque en un conflicto violento más o menos grave. La otra sería aún peor: que el gobierno no hiciera nada, y que por tanto se sentara el precedente de que la Constitución puede ser violada flagrantemente con total impunidad. Históricamente, esto ha sido la madre de todas las guerras y todas las dictaduras.
La segunda razón contra la independencia de Cataluña, es que supone para los catalanes entrar en un período de serias dificultades económicas (ríanse de las actuales), por mucho que el nacionalismo quiera darle la vuelta a este argumento. Pero quizás la más importante a largo plazo sea la tercera razón: la irrelevancia geopolítica de las dos entidades resultantes de la separación, la nueva España cercenada de una parte importante de su territorio, y por supuesto la insignificante Cataluña independiente, que no pintará nada en una Europa que, a su vez, se ha autocondenado a pintar cada vez menos en el mundo. Sin duda, la unidad de España es un patrimonio geopolítico desaprovechado desde hace tiempo por las élites políticas. Pero ante las incertidumbres del futuro, sería de una frivolidad suicida dilapidarlo.
No obstante, todos estos argumentos palidecen si se contemplan con una perspectiva más amplia. Porque la preservación de la unidad de España no garantiza que no haya conflictos graves en el futuro, ni garantiza que se pueda escapar a la decadencia económica y geopolítica, que en esencia no es más que un efecto secundario de la auténtica y devastadora decadencia, la demográfica. Con la actual tasa de natalidad, dentro de mil años (como ha señalado Alejandro Macarrón en su imprescindible obra El suicidio demográfico de España) no quedará ni un solo español; catalán, ni les cuento. Por supuesto, ni usted ni yo estaremos ahí para comprobarlo. Pero sí que estaremos, Dios mediante, dentro de unas décadas, cuando no exista suficiente población activa que pueda sostener, entre muchas otras cosas, el sistema de pensiones por las que actualmente cotizamos de manera obligatoria. La diversión estará asegurada.
Lo peor de la separación de Cataluña es que servirá para que millones de idiotas se sientan por unos días un poco mejor, a pesar de que no habrán solucionado absolutamente ningún problema real, y con toda probabilidad los habrán agravado, además de crear otros nuevos. Lo peor de la separación es su insignificante, su ridícula futilidad. Porque si al menos la senyera tuviera un significado, si simbolizara unos valores de trascendencia, de libertad o de civilización, estaría justificado incluso verter la propia sangre por ella. Pero ¿a qué aspiran los nacionalistas? ¿A tener un D.N.I. catalán? ¿A que el presidente de Estados Unidos reciba con honores de estado al presidente de la Generalidad? ¿A que Cataluña consiga cuatro o cinco medallas en los Juegos Olímpicos -como si quieren ser quince?
Porque si a lo que aspiran es a que en la nueva Cataluña independiente vayamos a cobrar las pensiones, y a "tenerlo todo pagado", como dijo Francesc Pujols, es que se merecen sobradamente el adjetivo calificativo que he deslizado al inicio del párrafo. Y por si alguien me echa en cara que insultar está muy mal: cuando los idiotas se convierten en peligrosos, ha llegado el momento en que ya no podemos continuar eludiendo el llamarlos por su nombre.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Madrid 2092
Sé que a toro pasado es fácil escribir esto, pero el fracaso de Madrid 2020 estaba cantado. A la capital española los Juegos no se los ha robado Tokio, como a primera vista parece. Se los robó Barcelona en 1992. No deja de ser irónico, tras décadas de escuchar el tedioso "Madrid ens roba". Dirán: "Ah, pero Madrid no se presentó entonces". Pues por eso.
Después de la Segunda Guerra Mundial ningún país ha celebrado dos veces los Juegos con un período intermedio inferior a cuarenta años, con la excepción de Estados Unidos, que es también el país que ha sido más veces sede. El Reino Unido tardó justamente eso, cuatro décadas, en volver a organizar las Olimpíadas. Australia, 44 años. Y Japón habrá tardado 56. Por cierto, Francia, si resulta sede en 2024, habrá tardado ¡un siglo! (París 2024 sí que parece cantado, máxime habiéndose celebrado hace poco la Olimpíada en Londres.) Conclusión. Dado que también desde los años cincuenta se ha respetado la rotación de continentes, y que según esto, después de París 2024 se celebrarían fuera de Europa, los madrileños se pueden despedir de los Juegos Olímpicos como mínimo hasta el 2032. Pero yo apuntaría más bien, dado el precedente galo, al 2092.
¿Es esto una tragedia? Yo creo que no. La tragedia es que se produzcan cien mil abortos al año en España. La tragedia es que aquí la preocupación mayor sean los dichosos "recortes" y la "pérdida de derechos sociales", mientras nuestra productividad produce risa y nuestro sistema educativo, lo mismo. (Y que todavía se repitan las mismas necedades -vean, si no, los resultados- de hace más de medio siglo, como que el profesor debería dejar de ser "un mero transmisor de conocimientos" o que hay que conseguir que el aprendizaje sea algo "divertido", y sobre todo, "no memorístico".) La tragedia es que haya quien en lugar de ayudar a enderezar este país, trate de aprovechar la ocasión para romperlo, y que algunos, incluso desde Madrid, los jaleen. "Eso, que se separen estos putos catalanes, así nos dejarán tranquilos." Sobre todo eso, tranquilidad, y a seguir envejeciendo demográficamente, a ver si con suerte podemos pillar una pensión con la que ir tirando. Y como la vida es difícilmente soportable sin ilusiones, pues hombre, unos jueguecitos olímpicos de vez en cuando, que nos distraigan y nos hagan creer que estamos vivos. Pero de momento, como en una novela de Philip K. Dick titulada Ubik, estamos más bien en la semivida.
Después de la Segunda Guerra Mundial ningún país ha celebrado dos veces los Juegos con un período intermedio inferior a cuarenta años, con la excepción de Estados Unidos, que es también el país que ha sido más veces sede. El Reino Unido tardó justamente eso, cuatro décadas, en volver a organizar las Olimpíadas. Australia, 44 años. Y Japón habrá tardado 56. Por cierto, Francia, si resulta sede en 2024, habrá tardado ¡un siglo! (París 2024 sí que parece cantado, máxime habiéndose celebrado hace poco la Olimpíada en Londres.) Conclusión. Dado que también desde los años cincuenta se ha respetado la rotación de continentes, y que según esto, después de París 2024 se celebrarían fuera de Europa, los madrileños se pueden despedir de los Juegos Olímpicos como mínimo hasta el 2032. Pero yo apuntaría más bien, dado el precedente galo, al 2092.
¿Es esto una tragedia? Yo creo que no. La tragedia es que se produzcan cien mil abortos al año en España. La tragedia es que aquí la preocupación mayor sean los dichosos "recortes" y la "pérdida de derechos sociales", mientras nuestra productividad produce risa y nuestro sistema educativo, lo mismo. (Y que todavía se repitan las mismas necedades -vean, si no, los resultados- de hace más de medio siglo, como que el profesor debería dejar de ser "un mero transmisor de conocimientos" o que hay que conseguir que el aprendizaje sea algo "divertido", y sobre todo, "no memorístico".) La tragedia es que haya quien en lugar de ayudar a enderezar este país, trate de aprovechar la ocasión para romperlo, y que algunos, incluso desde Madrid, los jaleen. "Eso, que se separen estos putos catalanes, así nos dejarán tranquilos." Sobre todo eso, tranquilidad, y a seguir envejeciendo demográficamente, a ver si con suerte podemos pillar una pensión con la que ir tirando. Y como la vida es difícilmente soportable sin ilusiones, pues hombre, unos jueguecitos olímpicos de vez en cuando, que nos distraigan y nos hagan creer que estamos vivos. Pero de momento, como en una novela de Philip K. Dick titulada Ubik, estamos más bien en la semivida.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Maquiavelo en el supermercado
En un foro alguien ha publicado los "Diez trucos que usan los supermercados para engañarte". Voy a darlos por fidedignos, pese a que algunos suenan un tanto conspiranoicos, como eso de que los carritos tienden a desviarse a la izquierda, obligando a que los clientes los manejen con la zurda, y así tengan libre la derecha para alcanzar los productos. La conclusión que se desprende de todos estos trucos es que en nuestros días Maquiavelo se inspiraría no en Fernando el Católico, sino en Juan Roig. O por decirlo con un estremecimiento: ¡los supermercados tratan de presentar sus productos del mejor modo posible, y que la gente que entre en ellos compre cuanto más mejor! Esta es la dura, la terrible verdad.
Los supermercados, en lugar de limitarse a proporcionar unos ridículos cestitos en los que no quepa prácticamente nada, ponen a disposición de los clientes unos pérfidos carros en los que se pueda colocar cómodamente la compra. En lugar de iluminar sus estanterías con una luz mortecina, en la que apenas pueda distinguirse la fecha de caducidad, se empeñan, con premeditación y alevosía, en ofrecer una iluminación generosa, con intenciones evidentes. Y no sólo eso, sino que además, evitan colocar los productos de primera necesidad cerca de la entrada, cuando lo tendrían facilísimo para lograr que nadie pisase por descuido la sección de perfumería. ¡Es que la avaricia por vender toda clase de productos les ciega!
Esto es lo que sucede cuando permitimos que entes impersonales dirijan nuestras vidas. Por supuesto, las personas no obramos así. Si estamos vendiendo nuestro piso, cuando lo visita un posible comprador para nada se nos ocurre centrarnos en las reformas del baño y la cocina, que nos han costado una pasta. No; cualquier ser humano decente le llamará la atención sobre esa ventana que no cierra bien, la baldosa que suena al pisarla, y el vecino que pone la tele a todo volumen. Así de maravillosos somos los seres humanos, que cuando queremos vender algo, sólo ponemos énfasis en los inconvenientes y pasamos de puntillas sobre las ventajas. Pero las grandes superficies, esas entidades siniestras, no actúan en absoluto así. Ya que estamos, sería sumamente útil conocer de dónde proceden. ¿Podrían ser la cabeza de puente de una invasión extraterrestre? Buen tema para un programa de "Cuarto Milenio".
Los supermercados, en lugar de limitarse a proporcionar unos ridículos cestitos en los que no quepa prácticamente nada, ponen a disposición de los clientes unos pérfidos carros en los que se pueda colocar cómodamente la compra. En lugar de iluminar sus estanterías con una luz mortecina, en la que apenas pueda distinguirse la fecha de caducidad, se empeñan, con premeditación y alevosía, en ofrecer una iluminación generosa, con intenciones evidentes. Y no sólo eso, sino que además, evitan colocar los productos de primera necesidad cerca de la entrada, cuando lo tendrían facilísimo para lograr que nadie pisase por descuido la sección de perfumería. ¡Es que la avaricia por vender toda clase de productos les ciega!
Esto es lo que sucede cuando permitimos que entes impersonales dirijan nuestras vidas. Por supuesto, las personas no obramos así. Si estamos vendiendo nuestro piso, cuando lo visita un posible comprador para nada se nos ocurre centrarnos en las reformas del baño y la cocina, que nos han costado una pasta. No; cualquier ser humano decente le llamará la atención sobre esa ventana que no cierra bien, la baldosa que suena al pisarla, y el vecino que pone la tele a todo volumen. Así de maravillosos somos los seres humanos, que cuando queremos vender algo, sólo ponemos énfasis en los inconvenientes y pasamos de puntillas sobre las ventajas. Pero las grandes superficies, esas entidades siniestras, no actúan en absoluto así. Ya que estamos, sería sumamente útil conocer de dónde proceden. ¿Podrían ser la cabeza de puente de una invasión extraterrestre? Buen tema para un programa de "Cuarto Milenio".
jueves, 29 de agosto de 2013
Coca-Cola y la dignidad humana
Una mujer desnuda bañada en chocolate: nada a lo que la telebasura no nos tenga desgraciadamente acostumbrados. Pese a ello, la campaña promovida por HazteOír para que los anunciantes se retiren del programa que emitió ese espectáculo denigrante ha sido un éxito. Ello ha provocado además una polémica con el presidente de Coca-Cola España, Marcos de Quinto, que se ha negado a retirar su publicidad acusando a HazteOír de intolerante e hipócrita.
HO es tan libre de promover un boicot contra un programa indecente como Coca-Cola es libre de mantener su publicidad en Tele5. Con sus declaraciones, Marcos de Quinto hace gala de una considerable ignorancia de los principios liberales que aparentemente defiende. Posiblemente confunde, como tantos, tolerancia con relativismo, el respeto a la persona con la indiferencia ante cualquier actitud u opinión.
Confieso que no había prestado mucha atención a la campaña, y que ni siquiera firmé en apoyo del boicot, como he hecho en otras ocasiones a petición de HO. En primer lugar, no firmé porque no he visto el programa en cuestión, ni un solo minuto. Creo que uno debe ofrecer su firma en cualquier caso con conocimiento de causa, y yo no estaba dispuesto a tener ese obsceno conocimiento.
En segundo lugar, no me pareció del todo acertada la fórmula de la campaña: acusar al programa de humillar "a la mujer". Creo que bañar en chocolate a una mujer desnuda no es denigrar, humillar o vejar a la mujer, sino a un ser humano. Si ceñimos una correa al cuello de un hombre, y le decimos que ladre, no estamos denigrando "al varón", sino a un ser humano, a una persona. ¿Por qué con una mujer sería distinto? ¿No somos iguales?
Entiendo que, al enfocar la campaña como una defensa de la dignidad de la mujer, se pretendía lograr un apoyo transversal, que no pueda identificarse con una ideología de derechas ni de izquierdas. Pero creo que a la larga esto es un error. Porque ya es hora de que alguien defienda simplemente la decencia, sin necesidad de hacerse perdonar esa defensa con estribillos políticamente correctos. De lo contrario, lo único que conseguimos es que los anunciantes se retiren de una mierda de programa. No está mal, pero yo ambiciono más: que empecemos a quebrar la dictadura de la corrección política, no a asumirla como un paisaje en el que conviene camuflarse.
No ha dejado de ser previsible la respuesta del presidente de Coca-Cola exigiendo a HO que se posicione sobre el aborto y el "matrimonio" gay. Para el ejecutivo, al parecer la dignidad de la mujer incluye, además de poderse embadurnar públicamente de chocolate, el aborto libre, y la equiparación del lesbianismo con la sexualidad procreadora. No comparto ese concepto de "dignidad" (sé que HO tampoco), y por ello mismo, pienso que no deberíamos utilizar el término sin despejar antes cualquier equívoco. Por lo demás, yo no bebo Coca-Cola; como refresco me gusta mucho más la cerveza.
HO es tan libre de promover un boicot contra un programa indecente como Coca-Cola es libre de mantener su publicidad en Tele5. Con sus declaraciones, Marcos de Quinto hace gala de una considerable ignorancia de los principios liberales que aparentemente defiende. Posiblemente confunde, como tantos, tolerancia con relativismo, el respeto a la persona con la indiferencia ante cualquier actitud u opinión.
Confieso que no había prestado mucha atención a la campaña, y que ni siquiera firmé en apoyo del boicot, como he hecho en otras ocasiones a petición de HO. En primer lugar, no firmé porque no he visto el programa en cuestión, ni un solo minuto. Creo que uno debe ofrecer su firma en cualquier caso con conocimiento de causa, y yo no estaba dispuesto a tener ese obsceno conocimiento.
En segundo lugar, no me pareció del todo acertada la fórmula de la campaña: acusar al programa de humillar "a la mujer". Creo que bañar en chocolate a una mujer desnuda no es denigrar, humillar o vejar a la mujer, sino a un ser humano. Si ceñimos una correa al cuello de un hombre, y le decimos que ladre, no estamos denigrando "al varón", sino a un ser humano, a una persona. ¿Por qué con una mujer sería distinto? ¿No somos iguales?
Entiendo que, al enfocar la campaña como una defensa de la dignidad de la mujer, se pretendía lograr un apoyo transversal, que no pueda identificarse con una ideología de derechas ni de izquierdas. Pero creo que a la larga esto es un error. Porque ya es hora de que alguien defienda simplemente la decencia, sin necesidad de hacerse perdonar esa defensa con estribillos políticamente correctos. De lo contrario, lo único que conseguimos es que los anunciantes se retiren de una mierda de programa. No está mal, pero yo ambiciono más: que empecemos a quebrar la dictadura de la corrección política, no a asumirla como un paisaje en el que conviene camuflarse.
No ha dejado de ser previsible la respuesta del presidente de Coca-Cola exigiendo a HO que se posicione sobre el aborto y el "matrimonio" gay. Para el ejecutivo, al parecer la dignidad de la mujer incluye, además de poderse embadurnar públicamente de chocolate, el aborto libre, y la equiparación del lesbianismo con la sexualidad procreadora. No comparto ese concepto de "dignidad" (sé que HO tampoco), y por ello mismo, pienso que no deberíamos utilizar el término sin despejar antes cualquier equívoco. Por lo demás, yo no bebo Coca-Cola; como refresco me gusta mucho más la cerveza.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Un mundo sin curvas
Es posible que la responsabilidad del descarrilamiento del tren de Santiago no se limite al maquinista. Ni entro ni salgo en esta cuestión, pues no entiendo nada de trenes, ni me he molestado en aprenderme extrañas siglas de sistemas de seguridad. Con la edad, cada vez estoy más convencido de que, como sostiene Sherlock Holmes en Estudio en escarlata, el saber sí ocupa lugar, y procuro no llenar mi cabeza de informaciones inútiles para mí, que de todos modos acabaré olvidando o, peor aún, desplazarán de mi memoria conocimientos más valiosos.
Dicho esto, afirmo que pretender extremar las medidas de seguridad en todos los ámbitos concebibles es imposible, al menos en el mundo real de recursos escasos en el que vivimos. Thomas Sowell ha señalado que, a partir de cierto punto, los costes de seguridad provocarían una inhibición del crecimiento económico que arrojaría un balance negativo en término de vidas humanas. Podríamos, sin duda, construir infraestructuras de transporte mucho más seguras. Incluso podríamos, teóricamente, eliminar todas las curvas. Pero esto tendría un coste desorbitado en expropiaciones y túneles kilométricos, lo que inevitablemente supondría detraer los recursos necesarios, como mínimo, para la seguridad de otros sectores. Es imposible elegir sin sacrificar opciones, porque elegir es sacrificar opciones.
Pero es que además, por muy extraordinarias que fueran las medidas de seguridad, la incertidumbre constitutiva del mundo físico no nos permitiría garantizar la imposibilidad de un accidente. La seguridad absoluta no existe, porque somos seres finitos.
Tras la pretensión de alcanzar niveles quiméricos de ausencia de riesgo hay algo más que un desconocimiento de la economía más elemental. Hay una larvada ideología determinista, una concepción opuesta a lo que Karl Popper llamó "universo abierto", en el que suceden cosas inesperadas, para bien y para mal. Creen algunos que el universo es algo clausurado, una maquinaria autosuficiente, de la cual la ciencia se limita a describir sus engranajes. Y estos mismos creen que las personas también somos esencialmente máquinas. Que en el futuro las neurociencias y la biogenética habrán eliminado los últimos atavismos irracionales, y ya nadie correrá al volante (porque la pasión por el riesgo habrá sido extirpada), ni se distraerá mirando una falda demasiado corta (porque se habrá erradicado el machismo) ni se reirá de un chiste ofensivo para el colectivo gay-lésbico-bisexual-transexual-y-otras-hierbas (porque el sentido del humor habrá sido lobotomizado). Y por si la felicidad, pese a todo, no es completa, habrá las máximas facilidades para el suicidio asistido.
[ACTUALIZACIÓN 22-8-13, a las 9:41: Esta reflexión no obsta para que, como digo al principio, en el caso del accidente de Santiago, no podamos señalar responsabilidades que vayan más allá del error humano. Y tras leer la entrada de Elentir, esta impresión sale muy reforzada.]
Dicho esto, afirmo que pretender extremar las medidas de seguridad en todos los ámbitos concebibles es imposible, al menos en el mundo real de recursos escasos en el que vivimos. Thomas Sowell ha señalado que, a partir de cierto punto, los costes de seguridad provocarían una inhibición del crecimiento económico que arrojaría un balance negativo en término de vidas humanas. Podríamos, sin duda, construir infraestructuras de transporte mucho más seguras. Incluso podríamos, teóricamente, eliminar todas las curvas. Pero esto tendría un coste desorbitado en expropiaciones y túneles kilométricos, lo que inevitablemente supondría detraer los recursos necesarios, como mínimo, para la seguridad de otros sectores. Es imposible elegir sin sacrificar opciones, porque elegir es sacrificar opciones.
Pero es que además, por muy extraordinarias que fueran las medidas de seguridad, la incertidumbre constitutiva del mundo físico no nos permitiría garantizar la imposibilidad de un accidente. La seguridad absoluta no existe, porque somos seres finitos.
Tras la pretensión de alcanzar niveles quiméricos de ausencia de riesgo hay algo más que un desconocimiento de la economía más elemental. Hay una larvada ideología determinista, una concepción opuesta a lo que Karl Popper llamó "universo abierto", en el que suceden cosas inesperadas, para bien y para mal. Creen algunos que el universo es algo clausurado, una maquinaria autosuficiente, de la cual la ciencia se limita a describir sus engranajes. Y estos mismos creen que las personas también somos esencialmente máquinas. Que en el futuro las neurociencias y la biogenética habrán eliminado los últimos atavismos irracionales, y ya nadie correrá al volante (porque la pasión por el riesgo habrá sido extirpada), ni se distraerá mirando una falda demasiado corta (porque se habrá erradicado el machismo) ni se reirá de un chiste ofensivo para el colectivo gay-lésbico-bisexual-transexual-y-otras-hierbas (porque el sentido del humor habrá sido lobotomizado). Y por si la felicidad, pese a todo, no es completa, habrá las máximas facilidades para el suicidio asistido.
[ACTUALIZACIÓN 22-8-13, a las 9:41: Esta reflexión no obsta para que, como digo al principio, en el caso del accidente de Santiago, no podamos señalar responsabilidades que vayan más allá del error humano. Y tras leer la entrada de Elentir, esta impresión sale muy reforzada.]
lunes, 29 de julio de 2013
La magnífica novela de Pío Moa
A pesar de la felicidad que me ha deparado la lectura de novelas, soy reticente ante este género literario, desde hace bastante años. El día tiene 24 horas, y las lecturas pendientes sobre temas filosóficos o con implicaciones filosóficas se me acumulan hasta el punto de que realmente no tengo tiempo para interesarme por peripecias imaginarias. Bien es verdad que los editores, como si estuvieran pensando en personas como yo, gustan mucho de adornar las virtudes de las obras de ficción que publican con alusiones a su carácter de "profunda reflexión sobre la condición humana" y otras fórmulas por el estilo, que permiten abrigar al potencial lector la esperanza de que, por el mismo precio, adquirirá entretenimiento para unos días y además una visión más sabia de la existencia. Esto, en la inmensa mayoría de los casos, es pura mercadotecnia. Las novelas son novelas, y la filosofía es filosofía.
Por supuesto, hago excepciones, y de vez en cuando selecciono meditadamente alguna obra de ficción, que suelo disfrutar hasta el extremo de plantearme mi régimen de lecturas. Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos... Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto.
Hay que decir que se trata de una grandísima novela, hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una obra de este género, y lo cierto es que desde la niñez, con pocas me ha ocurrido algo semejante. Muchas grandes novelas, en teoría literariamente superiores a esta que reseño, las he concluido con considerable esfuerzo, otras las he abandonado. Pero los personajes de Moa están vivos, uno quiere saber qué les ocurrirá (o qué les ha ocurrido, en los casos en los que se pierde su pista, al menos momentáneamente) incluso en el caso del narrador y protagonista, Alberto Roig, que por razones obvias sabemos que tiene que salir con vida de todas sus aventuras. He dicho aventuras, y no por descuido. Si no pidiéramos nada más a un libro, este desde luego cumpliría con creces: se trata de una magnífica lectura para el verano, una novela fundamentalmente -repito- de aventuras. Sabíamos ya de la buena prosa de Moa; ahora se nos confirma como un excelente narrador.
Un acierto fundamental del libro es su planteamiento. Su concepción como unas memorias, que en el capítulo 1 y el excelente epílogo nos remiten a nuestro presente, nos lo hacen leer no como una pretenciosa novela histórica al uso (muchas de las cuales ni siquiera son válidas desde el punto de vista de esta disciplina) sino como una obra resueltamente de ficción, aunque el contexto no lo sea, y se aluda a acontecimientos y personajes reales. Dicho de otro modo, todo aquel que no sea aficionado a las novelas históricas, puede leer esta perfectamente, porque aunque aquí la historia comparezca en su forma más elevada de meditación sobre el sentido de una época, el autor ha antepuesto el interés narrativo a cualquier pedantería, que por lo demás él no necesita, porque para eso está su obra de carácter científico.
Aunque toda la novela se lee con verdadero goce, en mi opinión lo mejor de ella es la segunda parte, dedicada a las vivencias del protagonista en Rusia, alistado en la División Azul. Se trata de un relato clásico de aventuras bélicas, con mucho realismo y con una evocación del paisaje muy bien conseguida, lo que por otra parte es uno de los ingredientes más sabrosos de este tipo de literatura. (No vean lo que he disfrutado, mientras me acariciaba la brisa vespertina de la playa, siguiendo a Alberto, a Paco, a Contreras y a Crates por los bosques nevados de Rusia.)
Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen "guión".
Por supuesto, no voy a revelar el final de la novela, pero sí diré que, casi desde el principio, lo barrunté, aunque no en los detalles, claro. Tras la magistral segunda parte de los episodios en Rusia, hay algún momento en que la tercera y última parte, sin perder interés, parece correr el riesgo de convertirse en una especie de epílogo desmesuradamente largo, quizás por el contraste entre la épica de los combates en Rusia y las escaramuzas de espionaje menos sensacionales en el Madrid neutral durante la Segunda Guerra Mundial (atmósfera que por otra parte no carece de atractivo "romántico"). Pero pronto cobra la narración un nuevo impulso, resuelto en el no totalmente inesperado (al menos para mí) desenlace, el cual permite redondear una novela que seguramente volveré a leer, cosa que con muy pocas de esta extensión he hecho.
Hay un tema que resulta de considerable interés, más allá de las valoraciones literarias. Y es si podemos considerar al protagonista, Alberto (que utiliza también los nombres falsos de Gregorio y de Félix), como un alter ego ideológico del autor, de Pío Moa. Desde luego, no lo parece biográfico, dado que Moa militó en su juventud en la extrema izquierda, y el narrador desde la adolescencia sostiene un lúcido anticomunismo. Pero sí lo parece bastante en sus ideas: La misma valoración de la historia, de la guerra civil, la revolución, del franquismo, la posguerra, el papel internacional que debería tener España, la misma simpatía hacia la cultura católica, desde una posición sin embargo agnóstica y no exenta de crítica hacia los errores políticos del clero. Todo esto son temas que dan para hablar largo y tendido, lo que dejo para otra ocasión.
Por último, no puedo evitar expresar un temor, y es que la saludable incorrección política de esta novela dificulte su difusión. Aunque suene a tópico, en este caso el carácter totalmente a contracorriente de toda la obra de Moa es patente, y si en otros casos se alaba lo que suelen ser topicazos y vulgaridades infumables como supuestamente "transgresores", aquí no hay duda de que el autor va en serio en su independencia de criterio. Y esto no le será perdonado. Necesitamos muchos Píos Moa, no para estar necesariamente de acuerdo con todas sus opiniones (aunque yo no disimulo que lo estoy en grado muy alto) sino para restablecer de una puñetera vez la dignidad del pensamiento en estos tiempos de cobardía y molicie, contra los cuales Sonaron gritos y golpes a la puerta es un vibrante y bello alegato. Leedlo sin prejuicios; sólo podrá haceros bien, penséis como penséis.
Por supuesto, hago excepciones, y de vez en cuando selecciono meditadamente alguna obra de ficción, que suelo disfrutar hasta el extremo de plantearme mi régimen de lecturas. Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos... Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto.
Hay que decir que se trata de una grandísima novela, hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una obra de este género, y lo cierto es que desde la niñez, con pocas me ha ocurrido algo semejante. Muchas grandes novelas, en teoría literariamente superiores a esta que reseño, las he concluido con considerable esfuerzo, otras las he abandonado. Pero los personajes de Moa están vivos, uno quiere saber qué les ocurrirá (o qué les ha ocurrido, en los casos en los que se pierde su pista, al menos momentáneamente) incluso en el caso del narrador y protagonista, Alberto Roig, que por razones obvias sabemos que tiene que salir con vida de todas sus aventuras. He dicho aventuras, y no por descuido. Si no pidiéramos nada más a un libro, este desde luego cumpliría con creces: se trata de una magnífica lectura para el verano, una novela fundamentalmente -repito- de aventuras. Sabíamos ya de la buena prosa de Moa; ahora se nos confirma como un excelente narrador.
Un acierto fundamental del libro es su planteamiento. Su concepción como unas memorias, que en el capítulo 1 y el excelente epílogo nos remiten a nuestro presente, nos lo hacen leer no como una pretenciosa novela histórica al uso (muchas de las cuales ni siquiera son válidas desde el punto de vista de esta disciplina) sino como una obra resueltamente de ficción, aunque el contexto no lo sea, y se aluda a acontecimientos y personajes reales. Dicho de otro modo, todo aquel que no sea aficionado a las novelas históricas, puede leer esta perfectamente, porque aunque aquí la historia comparezca en su forma más elevada de meditación sobre el sentido de una época, el autor ha antepuesto el interés narrativo a cualquier pedantería, que por lo demás él no necesita, porque para eso está su obra de carácter científico.
Aunque toda la novela se lee con verdadero goce, en mi opinión lo mejor de ella es la segunda parte, dedicada a las vivencias del protagonista en Rusia, alistado en la División Azul. Se trata de un relato clásico de aventuras bélicas, con mucho realismo y con una evocación del paisaje muy bien conseguida, lo que por otra parte es uno de los ingredientes más sabrosos de este tipo de literatura. (No vean lo que he disfrutado, mientras me acariciaba la brisa vespertina de la playa, siguiendo a Alberto, a Paco, a Contreras y a Crates por los bosques nevados de Rusia.)
Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen "guión".
Por supuesto, no voy a revelar el final de la novela, pero sí diré que, casi desde el principio, lo barrunté, aunque no en los detalles, claro. Tras la magistral segunda parte de los episodios en Rusia, hay algún momento en que la tercera y última parte, sin perder interés, parece correr el riesgo de convertirse en una especie de epílogo desmesuradamente largo, quizás por el contraste entre la épica de los combates en Rusia y las escaramuzas de espionaje menos sensacionales en el Madrid neutral durante la Segunda Guerra Mundial (atmósfera que por otra parte no carece de atractivo "romántico"). Pero pronto cobra la narración un nuevo impulso, resuelto en el no totalmente inesperado (al menos para mí) desenlace, el cual permite redondear una novela que seguramente volveré a leer, cosa que con muy pocas de esta extensión he hecho.
Hay un tema que resulta de considerable interés, más allá de las valoraciones literarias. Y es si podemos considerar al protagonista, Alberto (que utiliza también los nombres falsos de Gregorio y de Félix), como un alter ego ideológico del autor, de Pío Moa. Desde luego, no lo parece biográfico, dado que Moa militó en su juventud en la extrema izquierda, y el narrador desde la adolescencia sostiene un lúcido anticomunismo. Pero sí lo parece bastante en sus ideas: La misma valoración de la historia, de la guerra civil, la revolución, del franquismo, la posguerra, el papel internacional que debería tener España, la misma simpatía hacia la cultura católica, desde una posición sin embargo agnóstica y no exenta de crítica hacia los errores políticos del clero. Todo esto son temas que dan para hablar largo y tendido, lo que dejo para otra ocasión.
Por último, no puedo evitar expresar un temor, y es que la saludable incorrección política de esta novela dificulte su difusión. Aunque suene a tópico, en este caso el carácter totalmente a contracorriente de toda la obra de Moa es patente, y si en otros casos se alaba lo que suelen ser topicazos y vulgaridades infumables como supuestamente "transgresores", aquí no hay duda de que el autor va en serio en su independencia de criterio. Y esto no le será perdonado. Necesitamos muchos Píos Moa, no para estar necesariamente de acuerdo con todas sus opiniones (aunque yo no disimulo que lo estoy en grado muy alto) sino para restablecer de una puñetera vez la dignidad del pensamiento en estos tiempos de cobardía y molicie, contra los cuales Sonaron gritos y golpes a la puerta es un vibrante y bello alegato. Leedlo sin prejuicios; sólo podrá haceros bien, penséis como penséis.
jueves, 25 de julio de 2013
La explicación del misterio del universo
Antonio Ruiz de Elvira es el físico de guardia de El Mundo. Un tío que lo mismo te explica lo que va a subir el nivel del mar de aquí al 2050 por culpa del cambio climático, que atribuye el descarrilamiento del tren de Galicia a un "error de diseño". Claro, como no le consultaron a él para el trazado de la vía... Me sorprende que no le pregunten también acerca del origen del universo, de dónde venimos y a dónde vamos. Supongo que respondería algo así como lo siguiente:
"Muy fácil, las leyes de la física cuántica son claras al respecto. Estaba la nada un día tan tranquila, cuando le dio un pasmo, y ya tenemos aquí la singularidad inicial. De ahí al Big Bang, fue todo uno. Luego vino la síntesis de los elementos en las estrellas y así surgió el carbono, lo que permitió el origen de la vida y la aparición de los primeros afiliados al PSOE y al PP. Luego se fundirá la Antártida por culpa del CO2 humano, pero tranquilos, enseguida el sol engullirá la tierra y no habrá problemas por el exceso de humedad. Para entonces la humanidad habrá creado un supercomputador gigante, con los recuerdos de los grandes hombres, como Einstein o Ruiz de Elvira, y se iniciará una nueva era, donde no habrá entropía ni desigualdades sociales ni guerras, sino un plácido aburrimiento que concluirá en una muerte digna autoinducida y de nuevo en la nada absoluta."
Hay tíos que son unos imbéciles acabados, por muy temprano que se levanten, y muchos títulos que decoren las paredes de su despacho. Y no señalo a nadie.
"Muy fácil, las leyes de la física cuántica son claras al respecto. Estaba la nada un día tan tranquila, cuando le dio un pasmo, y ya tenemos aquí la singularidad inicial. De ahí al Big Bang, fue todo uno. Luego vino la síntesis de los elementos en las estrellas y así surgió el carbono, lo que permitió el origen de la vida y la aparición de los primeros afiliados al PSOE y al PP. Luego se fundirá la Antártida por culpa del CO2 humano, pero tranquilos, enseguida el sol engullirá la tierra y no habrá problemas por el exceso de humedad. Para entonces la humanidad habrá creado un supercomputador gigante, con los recuerdos de los grandes hombres, como Einstein o Ruiz de Elvira, y se iniciará una nueva era, donde no habrá entropía ni desigualdades sociales ni guerras, sino un plácido aburrimiento que concluirá en una muerte digna autoinducida y de nuevo en la nada absoluta."
Hay tíos que son unos imbéciles acabados, por muy temprano que se levanten, y muchos títulos que decoren las paredes de su despacho. Y no señalo a nadie.
Las 4 Reglas Sagradas de la Playa
De estricta observancia para todo aquel que se quiera salvar:
1) La hora: Jamás irás a la playa antes de las 5 de la tarde. Esta regla, la más fundamental de todas, variará naturalmente según la latitud y estación. (Aquí está referida a los meses de julio y agosto, en el noreste peninsular.) Lo esencial es que, salvo que uno quiera jugar a la ruleta rusa con el cáncer de piel y además sea un masoquista contumaz, tomar el sol es una práctica que sólo puede entenderse como un síntoma de la decadencia occidental.
2) El lugar: Evitarás playas masificadas. Tener al vecino a unos cuatro o cinco metros es el mínimo soportable en un entorno civilizado. Esta regla no es difícil de cumplir en las horas permitidas por la Primera Regla y en playas de localidades costeras no excesivamente turísticas, que los guiris sólo visitan para ver algún monumento o museo, los días con nubosidad.
3) El equipo: Obligatorias la sombrilla y la silla plegable con respaldo. Tumbarse sobre una toalla es otra costumbre social que sólo puede interpretarse como una de las señales del Apocalipsis. Un individuo nativo del viejo Mediterráneo, además de huir del sol estival como de la peste (ya lo disfruta la mayor parte del año), acude a la playa con su siestecita de media horita ya hecha. No busca el embotamiento de los sentidos, sino por el contrario, alcanzar un delicado equilibrio entre la sensualidad de la brisa marina y el goce intelectual de sus reflexiones o lecturas inspiradas en el rumor eterno de las olas. El equipo se completará con algo de prensa o -mucho mejor- algún buen libro, en edición rústica, para que no pese demasiado. Una nevera bien provista de cervezas roza ya la excelencia, aunque tampoco conviene ir cargado como una mula en el trayecto de ida y vuelta al coche o apartamento.
4) El baño: Debe desterrarse por completo, y de una vez por todas, la práctica del crol fuera del deporte profesional. Este tipo de movimientos espasmódicos, consistentes en batir el agua aparatosamente aunque sólo sea para desplazarse cinco o seis miserables metros, forma parte de los estragos causados por la pedagogía imperante en los cursillos de natación infantiles, donde tienen a los críos aburridos durante horas dando patadas al agua, cuando podrían estar aprendiendo a nadar, simplemente. Para hablar con toda franqueza: en el 99,99 % de los casos, y aunque resulte duro decirlo, estos niños no van a ser futuros Phelps. El crol para aficionados no es más que la enésima concesión al nefasto mito del Buen Salvaje, dado que fue copiado en Europa de diversos pueblos aborígenes de América y Oceanía, que seguramente lo emplearían sólo para alcanzar antes el territorio de la tribu vecina y mearse en sus tótems sagrados, antes de salir por piernas, esquivando flechas y vehementes menciones a sus antepasados.
Obedeciendo fielmente estas reglas, no sé si usted evitará la condenación eterna, pero sí al menos el infierno de las playas atestadas a las horas de pleno sol. Y puede que hasta conozca momentos de una rara felicidad.
1) La hora: Jamás irás a la playa antes de las 5 de la tarde. Esta regla, la más fundamental de todas, variará naturalmente según la latitud y estación. (Aquí está referida a los meses de julio y agosto, en el noreste peninsular.) Lo esencial es que, salvo que uno quiera jugar a la ruleta rusa con el cáncer de piel y además sea un masoquista contumaz, tomar el sol es una práctica que sólo puede entenderse como un síntoma de la decadencia occidental.
2) El lugar: Evitarás playas masificadas. Tener al vecino a unos cuatro o cinco metros es el mínimo soportable en un entorno civilizado. Esta regla no es difícil de cumplir en las horas permitidas por la Primera Regla y en playas de localidades costeras no excesivamente turísticas, que los guiris sólo visitan para ver algún monumento o museo, los días con nubosidad.
3) El equipo: Obligatorias la sombrilla y la silla plegable con respaldo. Tumbarse sobre una toalla es otra costumbre social que sólo puede interpretarse como una de las señales del Apocalipsis. Un individuo nativo del viejo Mediterráneo, además de huir del sol estival como de la peste (ya lo disfruta la mayor parte del año), acude a la playa con su siestecita de media horita ya hecha. No busca el embotamiento de los sentidos, sino por el contrario, alcanzar un delicado equilibrio entre la sensualidad de la brisa marina y el goce intelectual de sus reflexiones o lecturas inspiradas en el rumor eterno de las olas. El equipo se completará con algo de prensa o -mucho mejor- algún buen libro, en edición rústica, para que no pese demasiado. Una nevera bien provista de cervezas roza ya la excelencia, aunque tampoco conviene ir cargado como una mula en el trayecto de ida y vuelta al coche o apartamento.
4) El baño: Debe desterrarse por completo, y de una vez por todas, la práctica del crol fuera del deporte profesional. Este tipo de movimientos espasmódicos, consistentes en batir el agua aparatosamente aunque sólo sea para desplazarse cinco o seis miserables metros, forma parte de los estragos causados por la pedagogía imperante en los cursillos de natación infantiles, donde tienen a los críos aburridos durante horas dando patadas al agua, cuando podrían estar aprendiendo a nadar, simplemente. Para hablar con toda franqueza: en el 99,99 % de los casos, y aunque resulte duro decirlo, estos niños no van a ser futuros Phelps. El crol para aficionados no es más que la enésima concesión al nefasto mito del Buen Salvaje, dado que fue copiado en Europa de diversos pueblos aborígenes de América y Oceanía, que seguramente lo emplearían sólo para alcanzar antes el territorio de la tribu vecina y mearse en sus tótems sagrados, antes de salir por piernas, esquivando flechas y vehementes menciones a sus antepasados.
Obedeciendo fielmente estas reglas, no sé si usted evitará la condenación eterna, pero sí al menos el infierno de las playas atestadas a las horas de pleno sol. Y puede que hasta conozca momentos de una rara felicidad.
martes, 23 de julio de 2013
Sueño de una entrevista de verano
Anoche, zapeando ante el televisor. En TV3 aparece Josep Carreras, entrevistado por Albert Om (sí, el mismo que le reía las gracias a Rubianes cuando se cagaba en la p... España). Están hablando de la leucemia que le diagnosticaron en 1987 (¡Dios mío, cómo pasa el tiempo!) y otras cosas, en lugares y estancias distintos, plácidamente; suben a un barco de recreo en un lago suizo, comen en casa con sus hijos, recuerdan cuando estos eran pequeños, las largas ausencias del padre por sus compromisos profesionales... Ignoro si el programa es una repetición, cosa probable en estas fechas. Pronto (no en vano estamos en TV3) la entrevista se desliza hacia el tema nacionalista. Om la conduce con habilidad, intentando que no parezca que le pone las palabras en la boca a Carreras, con dudoso éxito, aunque el gran tenor se deja querer. El entrevistador señala la imagen de catalán que siempre ha proyectado Carreras en todo el mundo, a lo que este asiente halagado, aunque señala que no tiene nada en contra de su pasaporte español. Es un punto de inflexión. Om se la juega -claro, con la red del programa grabado- y le pregunta a bocajarro: "Ets independentista?" Carreras queda por unos segundos indeciso, como si el carácter directo, casi a traición, de la pregunta le hubiera sorprendido. Finalmente, se envalentona: "Sí, sóc sobiranista". Y añade que no tiene por qué esconderlo. (¡Como si en estos días quienes se escondieran en Cataluña fueran precisamente los separatistas!) El entrevistador se ha apuntado un tanto, otro más, sin duda, de su programa de entrevistas a personalidades.
El sueño me empieza a vencer. Quizás me he dormido un minuto. Ahora el entrevistado es otro (se confirma que están reponiendo viejos programas), un personaje que me suena mucho, pero que no consigo identificar. ¿Un escritor? No me importa demasiado. De nuevo, el entrevistador conduce hábilmente la charla. Llega el momento en que hay que definirse. "¿Eres independentista?" Y aquí la cosa empieza a ponerse interesante: "No, és clar que no." Om mira a su entrevistado con gesto serio, con el ceño fruncido, esperando una explicación, como si hubiera pronunciado alguna grosería; qué sé yo, como si hubiera dicho que le preocupa más la corrupción política que las emisiones de CO2 a la atmósfera. Y se explica, en efecto.
-Es que yo creo que España es una gran nación, de casi dos mil años, y sencillamente me sabría mal (em sabria greu) que se disgregara. No veo que los catalanes ganáramos nada con ello, ni por supuesto los españoles en su conjunto.
-Entonces, ¿no crees que Cataluña sea una nación?
-Bueno, creo que está desde hace tiempo en proceso de serlo. Pero es que esa no me parece la cuestión. Incluso aunque admitiéramos que Cataluña fuera una nación (y desde luego, tiene algunos rasgos nacionales), no entiendo por qué eso implica tener un estado propio. Esto es una superstición política. Creo que uno puede sentirse perfectamente catalán, o perfectamente vasco o gallego, y no por ello querer separarse de España, o no sentirse también español. ¿Cuál es el problema?
-Quizás sea porque el estado español no te deja ser plenamente catalán -apunta Om con tono sarcástico, como si hubiera dicho que quizás las noches son oscuras porque no hay sol.
-Esta es otra cosa que yo pongo en cuestión, que me parece otra superstición, como lo de las balanzas fiscales. Podemos jugar con los números todo lo que queramos, podemos sentirnos ofendidos porque en algunos edificios ondean banderas españolas o hay rótulos en castellano. También hay gente que se empeña en ofenderse ante un crucifijo en un espacio público. Quien quiera sentirse víctima de una opresión, lo tiene siempre muy fácil. Basta imaginar una sociedad pura, donde no haya ningún elemento que me desagrade, donde pueda reconocerme en cada detalle, para que cualquier cosa, por ridícula que sea, pero que me aleje de esa imagen, me resulte odiosa y casi insoportable. Creo que deberíamos estar ya más que escarmentados de esos sueños de pureza.
-Tú debes ver mucho esos programas de Madrid en que comparan a los catalanes con los nazis... -el tono de Om es ya francamente ofensivo.
-Pues sí, a veces los veo, aunque últimamente, en que sólo se habla de Bárcenas, las tertulias políticas me aburren. Pero la gente olvida que los nazis, antes de lanzarse al exterminio de los judíos, fueron un partido político cuyas técnicas de propaganda no eran esencialmente distintas de las que utilizan ciertos partidos y gobiernos en las democracias actuales. Crear la imagen de un enemigo, erigido en único obstáculo para el paraíso terrenal de los arios o los catalanes...
-Ho sento, però això no t'ho puc tolerar! L'entrevista s'ha acabat. -Om, visiblemente alterado, se levanta del sofá y se dirige a la cámara, haciendo el gesto imperativo de cortar con unas tijeras. En este momento, siento que alguien me está sacudiendo el brazo. Es mi mujer:
-Te has dormido; venga, vámonos a la cama ya. -No puedo menos que aceptar su sensata propuesta.
El sueño me empieza a vencer. Quizás me he dormido un minuto. Ahora el entrevistado es otro (se confirma que están reponiendo viejos programas), un personaje que me suena mucho, pero que no consigo identificar. ¿Un escritor? No me importa demasiado. De nuevo, el entrevistador conduce hábilmente la charla. Llega el momento en que hay que definirse. "¿Eres independentista?" Y aquí la cosa empieza a ponerse interesante: "No, és clar que no." Om mira a su entrevistado con gesto serio, con el ceño fruncido, esperando una explicación, como si hubiera pronunciado alguna grosería; qué sé yo, como si hubiera dicho que le preocupa más la corrupción política que las emisiones de CO2 a la atmósfera. Y se explica, en efecto.
-Es que yo creo que España es una gran nación, de casi dos mil años, y sencillamente me sabría mal (em sabria greu) que se disgregara. No veo que los catalanes ganáramos nada con ello, ni por supuesto los españoles en su conjunto.
-Entonces, ¿no crees que Cataluña sea una nación?
-Bueno, creo que está desde hace tiempo en proceso de serlo. Pero es que esa no me parece la cuestión. Incluso aunque admitiéramos que Cataluña fuera una nación (y desde luego, tiene algunos rasgos nacionales), no entiendo por qué eso implica tener un estado propio. Esto es una superstición política. Creo que uno puede sentirse perfectamente catalán, o perfectamente vasco o gallego, y no por ello querer separarse de España, o no sentirse también español. ¿Cuál es el problema?
-Quizás sea porque el estado español no te deja ser plenamente catalán -apunta Om con tono sarcástico, como si hubiera dicho que quizás las noches son oscuras porque no hay sol.
-Esta es otra cosa que yo pongo en cuestión, que me parece otra superstición, como lo de las balanzas fiscales. Podemos jugar con los números todo lo que queramos, podemos sentirnos ofendidos porque en algunos edificios ondean banderas españolas o hay rótulos en castellano. También hay gente que se empeña en ofenderse ante un crucifijo en un espacio público. Quien quiera sentirse víctima de una opresión, lo tiene siempre muy fácil. Basta imaginar una sociedad pura, donde no haya ningún elemento que me desagrade, donde pueda reconocerme en cada detalle, para que cualquier cosa, por ridícula que sea, pero que me aleje de esa imagen, me resulte odiosa y casi insoportable. Creo que deberíamos estar ya más que escarmentados de esos sueños de pureza.
-Tú debes ver mucho esos programas de Madrid en que comparan a los catalanes con los nazis... -el tono de Om es ya francamente ofensivo.
-Pues sí, a veces los veo, aunque últimamente, en que sólo se habla de Bárcenas, las tertulias políticas me aburren. Pero la gente olvida que los nazis, antes de lanzarse al exterminio de los judíos, fueron un partido político cuyas técnicas de propaganda no eran esencialmente distintas de las que utilizan ciertos partidos y gobiernos en las democracias actuales. Crear la imagen de un enemigo, erigido en único obstáculo para el paraíso terrenal de los arios o los catalanes...
-Ho sento, però això no t'ho puc tolerar! L'entrevista s'ha acabat. -Om, visiblemente alterado, se levanta del sofá y se dirige a la cámara, haciendo el gesto imperativo de cortar con unas tijeras. En este momento, siento que alguien me está sacudiendo el brazo. Es mi mujer:
-Te has dormido; venga, vámonos a la cama ya. -No puedo menos que aceptar su sensata propuesta.
domingo, 14 de julio de 2013
Carga de profundidad contra el cientifismo ateo
En una rápida inspección por una librería española cualquiera, nos la encontraremos bien provista de obras de Richard Dawkins (El espejismo de Dios), Christopher Hitchens (Dios no existe, Dios no es bueno), Daniel Dennett y otros autores defensores del ateísmo, además de los clásicos, tan reeditados como sobrevalorados, de Bertrand Russell (Por qué no soy cristiano) o éxitos editoriales como Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, donde el periodista tarraconense Pepe Rodríguez nos ofrece un refrito de la literatura escéptica sobre el Nuevo Testamento (la otra no existe, al parecer) para demostrarnos que Jesús fue un simple profeta que no se consideró a sí mismo Hijo de Dios, ni quiso fundar la Iglesia, ni siquiera una nueva religión. Cosa que han sostenido los críticos del cristianismo y de la Iglesia desde siempre, empleando los argumentos de moda en cada época. Para Renan, la aparición de Jesús a San Pablo fue una insolación; Charles Guignebert, en El cristianismo antiguo, habla de alucinaciones colectivas y otras especulaciones más propias de la verborrea seudocientífica del final de Psicosis, de Hitchcock -verdadero destrozo de la película- que de cualquier manual actualizado de psiquiatría; por no hablar del manoseado recurso a los mitos paganos y orientales, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, para "explicar" la virginidad de María que la Resurrección.
Por el contrario, las obras de Richard Swinburne (La existencia de Dios), John Polkinghorne (Science and Creation: The Search of Understanding, Belief in God in an Age of Science) o Francisco J. Soler Gil (Dios y las cosmologías modernas), además de los clásicos de G. K. Chesterton (Por qué soy católico) o C. S. Lewis (Mero cristianismo), entre otros agudos apologistas del teísmo y del cristianismo, suelen brillar por su ausencia (cuando están siquiera traducidas), o se hallan en las estanterías durante escasas semanas después de alguna reedición, como es el caso de Ortodoxia, de Chesterton, aparecida recientemente en una nueva traducción de la editorial Acantilado.
Por qué se produce este desequilibrio, sería un tema de harto interés, en el que ahora no tengo tiempo para entrar. Pero no hay duda de que existe, y que las principales bazas del ateísmo consisten en haber difundido con extraordinario éxito ciertas ideas fundamentales, entre las cuales destacan las siguientes:
1) El teísmo es una idea irracional y primitiva, que la ciencia moderna ha desacreditado definitivamente.
2) El teísmo es un instrumento de opresión de tiranos, castas sacerdotales o de la clase dominante (el "opio del pueblo" de Marx).
3) El teísmo es una mera ilusión que viene a realizar "los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la Humanidad". (Freud, El porvenir de una ilusión.)
La tercera afirmación, paradójicamente, está siendo rebatida por su propio éxito. La popularidad actual del agnosticismo y el ateísmo (al menos en Occidente) confirma que se puede vivir sin ideas claras acerca del sentido de la vida, de la supervivencia de nuestra identidad personal tras la muerte o de la existencia de Dios. Mucha gente se encuentra aparentemente a gusto con el ateísmo o el indiferentismo. Se diría que, por alguna razón, esos supuestos deseos ancestrales de la humanidad han dejado de surtir efecto en una parte de la población. Y por ello mismo cabe cuestionarse que las creencias religiosas puedan explicarse sin más por la mera operación de un mecanismo psicológico. En la medida en que un solo contraejemplo pueda falsar una hipótesis, puede servir mi experiencia personal (he sido agnóstico durante la mayor parte de mi vida, antes de retornar a la fe católica), que tiene más que ver con un sentimiento de maravilla y, sobre todo, de gratitud, que de irreprimibles ansias de inmortalidad o de justicia cósmica.
La segunda afirmación ha sido refutada por la historia de la manera más cruel. Pues si la religión ha podido ser un instrumento al servicio de los poderosos, no es menos cierto que las ideologías ateas o irreligiosas han servido no sólo para oprimir a millones de seres humanos, sino para exterminarlos, en una escala acaso desconocida antes del siglo XX. Si el poder utiliza ideológicamente lo que tiene más a mano en cada época y lugar, difícilmente puede constituir el criterio para discriminar entre creencias verdaderas y falsas.
Nos resta considerar la primera afirmación, posiblemente la de mayor éxito mediático e intelectual. Podríamos descomponerla en dos. Por un lado, la idea ahistórica de que el teísmo es una concepción primitiva, y por otra, aunque relacionada con ella, la concepción según la cual la ciencia moderna ha rebatido la existencia de Dios.
La idea de un único Dios, creador del universo, es cualitativamente distinta de la que manejaron muchas culturas antiguas, que postulan en sus mitologías la existencia de un caos original. Incluso se ha discutido que esa idea esté ya perfectamente fijada en el libro del Génesis. Lo que es innegable es que, de manera sistemática, no fue formulada hasta principios de nuestra era por los primeros pensadores cristianos, como Agustín de Hipona. Esta sistematización se produjo tras más de cinco siglos de filosofía griega, durante los que se había llegado a sostener gran variedad de concepciones del mundo, incluyendo el materialismo atomista y el más radical escepticismo. La doctrina de la creación se estableció, pues, en una etapa de plena madurez de la historia del pensamiento. No es una elaboración de pueblos cazadores ágrafos, que acostumbran a imaginar entidades animistas relacionadas con lugares, animales o fenómenos meteorológicos, sino de las élites intelectuales de culturas avanzadas como la hebrea, la griega y la romana, con elevada capacidad de abstracción.
Pero las ciencias empíricas, se nos dirá por fin, con indisimulada impaciencia, han demostrado que o bien Dios no existe, o que es una hipótesis innecesaria. A la difusión de esta idea contribuyen divulgadores de la ciencia y hasta científicos de primera línea, como Stephen H. Hawking. Sin embargo, se trata de una tesis sencillamente falsa. Los resultados de la física, la biología o la neurología en absoluto proporcionan algún tipo de base nueva para el viejo materialismo ateo. Incluso podemos afirmar lo contrario, que han aportado (sobre todo desde el campo de la cosmología) argumentos inéditos en favor de la doctrina de la creación (teorías del "ajuste fino"). Lo decisivo es que, en cualquier caso, no es lícito ni intelectualmente honrado confundir las conclusiones científicas con sus interpretaciones. Tal aserto elemental, pero constantemente olvidado, es desarrollado con deslumbradora solvencia por el profesor de la Universidad de Bremen, Francisco José Soler Gil, en un libro recién publicado, Mitología materialista de la ciencia, un manual imprescindible para todo aquel que quiera contrarrestar con rigor las banalidades periodísticas que se han apoderado de la cuestión desde hace ya demasiado tiempo, y encima escrito por un autor español, lo que viene a compensar en algún grado el hispánico desequilibrio bibliográfico del que hablaba al principio.
El volumen de Soler Gil es una impagable obra de caridad para todos aquellos que acostumbramos a clasificarnos "de letras", al ponernos al día sobre los debates más sofisticados en el terreno de la teoría de la evolución, de las neurociencias, la física cuántica y la cosmología, con pasmosa habilidad pedagógica. Particularmente interesante es su dictamen sobre las teorías conocidas como del "diseño inteligente". Para el autor, el gran error de estas teorías es que de manera implícita presuponen que la teoría de la evolución es incompatible con el teísmo, cosa por completo equivocada. De paso, todos aquellos que pretenden mezclarnos a los teístas católicos con ciertas ramas integristas del protestantismo de la América profunda, quedan tajantemente desautorizados.
Más allá del carácter informativo del libro (que por sí solo hace de su lectura una fecunda experiencia), lo que cabe destacar ante todo en el pensamiento de Soler Gil es su concepción del teísmo, o doctrina de la creación, como una teoría indisolublemente ligada al racionalismo. En esto, creo detectar el provechoso influjo de Ratzinger, quien en su Introducción al cristianismo, capítulo 4, define la materia como un ser "que no se autocomprende". En cambio, lo esencial de la teología cristiana, que se halla ya en el proemio del Evangelio de Juan, opta por el polo de la autocomprensión. Dice Ratzinger, en el lugar citado:
"La fe cristiana es ante todo una opción por el primado del Logos y en contra de la pura materia. Cuando decimos 'creo que Dios existe', afirmamos también que el Logos, es decir, la idea, la libertad y el amor no están al final [como un producto azaroso de la evolución], sino también al principio (...) Es decir, la fe es una opción que afirma que el pensamiento y el sentido no sólo son un derivado accidental del ser, sino que todo ser es producto del pensamiento, es más, en su estructura más íntima es pensamiento."
Pues bien, si alguien, apresuradamente, pudiera llegar a la conclusión de que estas palabras del anterior papa constituyen alguna especie de retórica vacua, la lectura del libro de Soler Gil sería un eficaz antídoto contra tal impresión. El autor arranca del hecho fenomenológico primario, nuestra experiencia de lo mental y lo material. Y es desde este hecho insoslayable que se plantea la cuestión sobre la realidad primera, el fundamento de todo: "es en este punto -señala Soler- donde se produce la bifurcación entre materialismo y teísmo." (p. 19). Presentada así la cuestión en toda su radicalidad, Mitología materialista de la ciencia nos muestra con riguroso análisis los argumentos de la primera opción que pretenden estar respaldados por la ciencia, dejando al desnudo toda su debilidad interna. Si el lector no es creyente, pero sigue creyendo en la razón, quizá debería leer este libro para empezar a preguntarse: "¿Y si, después de todo...?"
Por el contrario, las obras de Richard Swinburne (La existencia de Dios), John Polkinghorne (Science and Creation: The Search of Understanding, Belief in God in an Age of Science) o Francisco J. Soler Gil (Dios y las cosmologías modernas), además de los clásicos de G. K. Chesterton (Por qué soy católico) o C. S. Lewis (Mero cristianismo), entre otros agudos apologistas del teísmo y del cristianismo, suelen brillar por su ausencia (cuando están siquiera traducidas), o se hallan en las estanterías durante escasas semanas después de alguna reedición, como es el caso de Ortodoxia, de Chesterton, aparecida recientemente en una nueva traducción de la editorial Acantilado.
Por qué se produce este desequilibrio, sería un tema de harto interés, en el que ahora no tengo tiempo para entrar. Pero no hay duda de que existe, y que las principales bazas del ateísmo consisten en haber difundido con extraordinario éxito ciertas ideas fundamentales, entre las cuales destacan las siguientes:
1) El teísmo es una idea irracional y primitiva, que la ciencia moderna ha desacreditado definitivamente.
2) El teísmo es un instrumento de opresión de tiranos, castas sacerdotales o de la clase dominante (el "opio del pueblo" de Marx).
3) El teísmo es una mera ilusión que viene a realizar "los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la Humanidad". (Freud, El porvenir de una ilusión.)
La tercera afirmación, paradójicamente, está siendo rebatida por su propio éxito. La popularidad actual del agnosticismo y el ateísmo (al menos en Occidente) confirma que se puede vivir sin ideas claras acerca del sentido de la vida, de la supervivencia de nuestra identidad personal tras la muerte o de la existencia de Dios. Mucha gente se encuentra aparentemente a gusto con el ateísmo o el indiferentismo. Se diría que, por alguna razón, esos supuestos deseos ancestrales de la humanidad han dejado de surtir efecto en una parte de la población. Y por ello mismo cabe cuestionarse que las creencias religiosas puedan explicarse sin más por la mera operación de un mecanismo psicológico. En la medida en que un solo contraejemplo pueda falsar una hipótesis, puede servir mi experiencia personal (he sido agnóstico durante la mayor parte de mi vida, antes de retornar a la fe católica), que tiene más que ver con un sentimiento de maravilla y, sobre todo, de gratitud, que de irreprimibles ansias de inmortalidad o de justicia cósmica.
La segunda afirmación ha sido refutada por la historia de la manera más cruel. Pues si la religión ha podido ser un instrumento al servicio de los poderosos, no es menos cierto que las ideologías ateas o irreligiosas han servido no sólo para oprimir a millones de seres humanos, sino para exterminarlos, en una escala acaso desconocida antes del siglo XX. Si el poder utiliza ideológicamente lo que tiene más a mano en cada época y lugar, difícilmente puede constituir el criterio para discriminar entre creencias verdaderas y falsas.
Nos resta considerar la primera afirmación, posiblemente la de mayor éxito mediático e intelectual. Podríamos descomponerla en dos. Por un lado, la idea ahistórica de que el teísmo es una concepción primitiva, y por otra, aunque relacionada con ella, la concepción según la cual la ciencia moderna ha rebatido la existencia de Dios.
La idea de un único Dios, creador del universo, es cualitativamente distinta de la que manejaron muchas culturas antiguas, que postulan en sus mitologías la existencia de un caos original. Incluso se ha discutido que esa idea esté ya perfectamente fijada en el libro del Génesis. Lo que es innegable es que, de manera sistemática, no fue formulada hasta principios de nuestra era por los primeros pensadores cristianos, como Agustín de Hipona. Esta sistematización se produjo tras más de cinco siglos de filosofía griega, durante los que se había llegado a sostener gran variedad de concepciones del mundo, incluyendo el materialismo atomista y el más radical escepticismo. La doctrina de la creación se estableció, pues, en una etapa de plena madurez de la historia del pensamiento. No es una elaboración de pueblos cazadores ágrafos, que acostumbran a imaginar entidades animistas relacionadas con lugares, animales o fenómenos meteorológicos, sino de las élites intelectuales de culturas avanzadas como la hebrea, la griega y la romana, con elevada capacidad de abstracción.
Pero las ciencias empíricas, se nos dirá por fin, con indisimulada impaciencia, han demostrado que o bien Dios no existe, o que es una hipótesis innecesaria. A la difusión de esta idea contribuyen divulgadores de la ciencia y hasta científicos de primera línea, como Stephen H. Hawking. Sin embargo, se trata de una tesis sencillamente falsa. Los resultados de la física, la biología o la neurología en absoluto proporcionan algún tipo de base nueva para el viejo materialismo ateo. Incluso podemos afirmar lo contrario, que han aportado (sobre todo desde el campo de la cosmología) argumentos inéditos en favor de la doctrina de la creación (teorías del "ajuste fino"). Lo decisivo es que, en cualquier caso, no es lícito ni intelectualmente honrado confundir las conclusiones científicas con sus interpretaciones. Tal aserto elemental, pero constantemente olvidado, es desarrollado con deslumbradora solvencia por el profesor de la Universidad de Bremen, Francisco José Soler Gil, en un libro recién publicado, Mitología materialista de la ciencia, un manual imprescindible para todo aquel que quiera contrarrestar con rigor las banalidades periodísticas que se han apoderado de la cuestión desde hace ya demasiado tiempo, y encima escrito por un autor español, lo que viene a compensar en algún grado el hispánico desequilibrio bibliográfico del que hablaba al principio.
El volumen de Soler Gil es una impagable obra de caridad para todos aquellos que acostumbramos a clasificarnos "de letras", al ponernos al día sobre los debates más sofisticados en el terreno de la teoría de la evolución, de las neurociencias, la física cuántica y la cosmología, con pasmosa habilidad pedagógica. Particularmente interesante es su dictamen sobre las teorías conocidas como del "diseño inteligente". Para el autor, el gran error de estas teorías es que de manera implícita presuponen que la teoría de la evolución es incompatible con el teísmo, cosa por completo equivocada. De paso, todos aquellos que pretenden mezclarnos a los teístas católicos con ciertas ramas integristas del protestantismo de la América profunda, quedan tajantemente desautorizados.
Más allá del carácter informativo del libro (que por sí solo hace de su lectura una fecunda experiencia), lo que cabe destacar ante todo en el pensamiento de Soler Gil es su concepción del teísmo, o doctrina de la creación, como una teoría indisolublemente ligada al racionalismo. En esto, creo detectar el provechoso influjo de Ratzinger, quien en su Introducción al cristianismo, capítulo 4, define la materia como un ser "que no se autocomprende". En cambio, lo esencial de la teología cristiana, que se halla ya en el proemio del Evangelio de Juan, opta por el polo de la autocomprensión. Dice Ratzinger, en el lugar citado:
"La fe cristiana es ante todo una opción por el primado del Logos y en contra de la pura materia. Cuando decimos 'creo que Dios existe', afirmamos también que el Logos, es decir, la idea, la libertad y el amor no están al final [como un producto azaroso de la evolución], sino también al principio (...) Es decir, la fe es una opción que afirma que el pensamiento y el sentido no sólo son un derivado accidental del ser, sino que todo ser es producto del pensamiento, es más, en su estructura más íntima es pensamiento."
Pues bien, si alguien, apresuradamente, pudiera llegar a la conclusión de que estas palabras del anterior papa constituyen alguna especie de retórica vacua, la lectura del libro de Soler Gil sería un eficaz antídoto contra tal impresión. El autor arranca del hecho fenomenológico primario, nuestra experiencia de lo mental y lo material. Y es desde este hecho insoslayable que se plantea la cuestión sobre la realidad primera, el fundamento de todo: "es en este punto -señala Soler- donde se produce la bifurcación entre materialismo y teísmo." (p. 19). Presentada así la cuestión en toda su radicalidad, Mitología materialista de la ciencia nos muestra con riguroso análisis los argumentos de la primera opción que pretenden estar respaldados por la ciencia, dejando al desnudo toda su debilidad interna. Si el lector no es creyente, pero sigue creyendo en la razón, quizá debería leer este libro para empezar a preguntarse: "¿Y si, después de todo...?"
sábado, 15 de junio de 2013
La eterna inoportunidad
Cuando alguien sostiene que ahora "no es oportuno" tratar determinado tema político (o "abrir este melón", según el verbo a base de muletillas de gran parte de lo que pasa por periodismo), nos está aportando indicios sobrados de su escasa entidad intelectual.
¿Cuándo será oportuno enfrentarse a los problemas cerrados en falso? La respuesta es evidente: nunca. Van pasando los años, y nunca es el momento de afrontar el fracaso político y económico del Estado autonómico-providencialista. La expresión despótica de Jordi Pujol, "això ara no toca", ha cobrado categoría de principio político supremo.
El líder de los socialistas catalanes plantea acabar con los privilegios de las comunidades forales: Navarra y País Vasco. Algunos argumentos a favor de la medida incurren en la habitual inanidad progresista: esos regímenes son una "antigualla", dicen. Ya, y la democracia es otra antigualla de 2.500 años. Pero los que se oponen a tal revisión no son mejores: ahora no es el momento oportuno, proclaman con aire de experimentados.
Si algo evidencian las dos comunidades forales es que el problema no es este o aquel sistema, sino la falta de lealtad institucional. A nadie le ha preocupado hasta ahora el régimen foral de Navarra, donde no se ha cuestionado nunca su pertenencia a España.
Lo mismo sucede con el tamaño insostenible del Estado, entendiendo por tal todas las administraciones. ¿Qué es lo que determina si el actual Estado de bienestar puede sostenerse? En contra de lo que podría pensarse, no es fundamentalmente un problema económico, sino moral. Una sociedad con una alta tasa de natalidad y una elevada moral de trabajo, puede permitirse un Estado de un gran peso relativo; aunque lo más probable es que opte por no hacerlo.
En cambio, una sociedad como la nuestra, ha optado por lo imposible: Que las pensiones las costeen los trabajadores activos (en lugar de lo lógico, que es el ahorro personal e intransferible), trabajadores que cada vez son menos, tanto por razones culturales (muchos prefieren quedarse en casa [eso sí, enviando currículos, para hacer como que buscan empleo] con un subsidio mísero antes que cobrar un sueldo, aunque sea algo mayor) como demográficas (sencillamente, no están naciendo los futuros trabajadores que deberían pagar las pensiones de los mayores).
Según explica Fernando del Pino Calvo-Sotelo en un artículo de imprescindible lectura (El fraude del Estado de Bienestar), la baja natalidad es un daño colateral del Estado del Bienestar. Sostengo que más bien es al revés. Desde luego, las instituciones tienen un efecto pedagógico (o antipedagógico) notable. Basta legalizar el aborto o el matrimonio entre gays para que el porcentaje de la opinión pública que ve estas cosas como aceptables, se dispare. Y basta que los políticos se dediquen a sobornar sistemáticamente a la población para que la mentalidad Estado-dependiente se convierta en pandémica. Pero evidentemente, esto no exime a los individuos de su responsabilidad moral. Quien se deja sobornar es tan culpable como quien soborna, si no más.
Nunca es inoportuno el examen moral. Al igual que no hay un mal día para dejar de fumar, no debería haber un mal día para tomar con nuestras manos las riendas del destino. Sin duda, esto implica reformas institucionales, pero no debemos perder de vista que la verdadera reforma debe empezar por nosotros mismos. Está bien tirar todos los ceniceros de la casa para empezar, pero lo decisivo es nuestra voluntad de dejar de fumar. Cuando los ciudadanos quieran dejar de ser dependientes del Estado, lo serán. Y es más fácil que lo quieran si se les explica bien cuál es la alternativa: el suicidio demográfico y nacional.
¿Cuándo será oportuno enfrentarse a los problemas cerrados en falso? La respuesta es evidente: nunca. Van pasando los años, y nunca es el momento de afrontar el fracaso político y económico del Estado autonómico-providencialista. La expresión despótica de Jordi Pujol, "això ara no toca", ha cobrado categoría de principio político supremo.
El líder de los socialistas catalanes plantea acabar con los privilegios de las comunidades forales: Navarra y País Vasco. Algunos argumentos a favor de la medida incurren en la habitual inanidad progresista: esos regímenes son una "antigualla", dicen. Ya, y la democracia es otra antigualla de 2.500 años. Pero los que se oponen a tal revisión no son mejores: ahora no es el momento oportuno, proclaman con aire de experimentados.
Si algo evidencian las dos comunidades forales es que el problema no es este o aquel sistema, sino la falta de lealtad institucional. A nadie le ha preocupado hasta ahora el régimen foral de Navarra, donde no se ha cuestionado nunca su pertenencia a España.
Lo mismo sucede con el tamaño insostenible del Estado, entendiendo por tal todas las administraciones. ¿Qué es lo que determina si el actual Estado de bienestar puede sostenerse? En contra de lo que podría pensarse, no es fundamentalmente un problema económico, sino moral. Una sociedad con una alta tasa de natalidad y una elevada moral de trabajo, puede permitirse un Estado de un gran peso relativo; aunque lo más probable es que opte por no hacerlo.
En cambio, una sociedad como la nuestra, ha optado por lo imposible: Que las pensiones las costeen los trabajadores activos (en lugar de lo lógico, que es el ahorro personal e intransferible), trabajadores que cada vez son menos, tanto por razones culturales (muchos prefieren quedarse en casa [eso sí, enviando currículos, para hacer como que buscan empleo] con un subsidio mísero antes que cobrar un sueldo, aunque sea algo mayor) como demográficas (sencillamente, no están naciendo los futuros trabajadores que deberían pagar las pensiones de los mayores).
Según explica Fernando del Pino Calvo-Sotelo en un artículo de imprescindible lectura (El fraude del Estado de Bienestar), la baja natalidad es un daño colateral del Estado del Bienestar. Sostengo que más bien es al revés. Desde luego, las instituciones tienen un efecto pedagógico (o antipedagógico) notable. Basta legalizar el aborto o el matrimonio entre gays para que el porcentaje de la opinión pública que ve estas cosas como aceptables, se dispare. Y basta que los políticos se dediquen a sobornar sistemáticamente a la población para que la mentalidad Estado-dependiente se convierta en pandémica. Pero evidentemente, esto no exime a los individuos de su responsabilidad moral. Quien se deja sobornar es tan culpable como quien soborna, si no más.
Nunca es inoportuno el examen moral. Al igual que no hay un mal día para dejar de fumar, no debería haber un mal día para tomar con nuestras manos las riendas del destino. Sin duda, esto implica reformas institucionales, pero no debemos perder de vista que la verdadera reforma debe empezar por nosotros mismos. Está bien tirar todos los ceniceros de la casa para empezar, pero lo decisivo es nuestra voluntad de dejar de fumar. Cuando los ciudadanos quieran dejar de ser dependientes del Estado, lo serán. Y es más fácil que lo quieran si se les explica bien cuál es la alternativa: el suicidio demográfico y nacional.
jueves, 13 de junio de 2013
Gilipollas integral
Los tiranos son patéticamente repetitivos. Vistos Calígula o Nerón, vistos todos. Que Kim Jong-il se gastara una fortuna en coñac, que tuviera un ejército de esclavas y que estuviera obsesionado con prolongar su lamentable existencia, resulta más bien tedioso. Más llamativa es la fuente que ha dado a conocer estos detalles, haciéndose llamar Fujimoto: pocos ejemplos de estulticia tan superlativa me vienen a la memoria.
El artículo de El Mundo nos relata que este hombre emigró de Japón a Corea del Norte, abandonando mujer e hijos, "en busca de un futuro mejor". Esto ya nos indica que el sujeto no debía regir muy bien.
Esta impresión nos la confirma que, tras identificarse como el cocinero personal del dictador, e incluso aparecer fotografiado junto a su sucesor, Kim Jong-un, prefiera no dar su verdadero nombre. Supongo que será para que no bauticen con él a un personaje de una nueva serie de chistes, como los de Jaimito o de Lepe.
Ahora bien, lo definitivo, lo que ya no permite abrigar ninguna duda, es que el tal Fujimoto viajara para obtener el coñac del dictador a Francia (a dónde si no) y para proveerse de jamón a... Dinamarca. Lo que decía: gilipollas integral.
El artículo de El Mundo nos relata que este hombre emigró de Japón a Corea del Norte, abandonando mujer e hijos, "en busca de un futuro mejor". Esto ya nos indica que el sujeto no debía regir muy bien.
Esta impresión nos la confirma que, tras identificarse como el cocinero personal del dictador, e incluso aparecer fotografiado junto a su sucesor, Kim Jong-un, prefiera no dar su verdadero nombre. Supongo que será para que no bauticen con él a un personaje de una nueva serie de chistes, como los de Jaimito o de Lepe.
Ahora bien, lo definitivo, lo que ya no permite abrigar ninguna duda, es que el tal Fujimoto viajara para obtener el coñac del dictador a Francia (a dónde si no) y para proveerse de jamón a... Dinamarca. Lo que decía: gilipollas integral.
martes, 4 de junio de 2013
Cuándo empezamos a existir
Obligada lectura del artículo de Daniel Rodríguez Herrera publicado ayer, que desmonta con sus habituales claridad expositiva y economía de palabras el argumento abortista de "si no te gusta, no abortes".
Sólo le pondría un pero. Hacia el final, haciendo gala de su honradez intelectual, DRH reconoce que le resulta cuesta arriba "llamar persona a un conjunto de células que carece siquiera de sistema nervioso y, por tanto, de sensibilidad, y no digamos ya conciencia de sí mismo". Y se apoya en Tomás de Aquino para abrir la puerta a una legislación que permitiera el aborto en las fases más tempranas del embrión, cuando no tiene aún un tejido nervioso diferenciado. (No lo dice tan explícitamente, pero creo que se puede deducir.)
Opino que se puede responder de manera muy sencilla a estas dudas legítimas. Seguramente DRH admitiría que la clave del asunto no es tanto el sistema nervioso como la sensibilidad y autoconciencia, lo que para abreviar llamaré simplemente conciencia. Pues la mayoría de animales tienen sistema nervioso, y no por eso creemos (muchos) que tengan los mismos derechos que los seres humanos. Al menos, yo no estoy por hacerme vegetariano.
Ahora bien, una persona anestesiada en la sala de operaciones carece por completo de conciencia. No reacciona a pinchazos, ni a cortes ni a nada. Se encuentra en un profundo estado de inconsciencia. Y no por ello diremos que en ese momento no es una persona.
Lo mismo podemos decir del embrión de unos pocos días o semanas. Su estado de inconsciencia es total, pero sabemos que, de manera absolutamente autónoma (todo lo autónomo que puede ser cualquier otro ser vivo, que requiere ciertas condiciones de temperatura, presión, presencia de oxígeno, etc,) irá adquiriendo sensibilidad en poco tiempo. Santo Tomás no sabía, ni podía saber, en qué momento una célula adquiere la capacidad de diferenciarse en los distintos tejidos que componen el cuerpo humano. No sabía nada del cigoto.
Todos hemos sido un cigoto. Por el contrario, no hemos sido nunca un espermatozoide. El viejo chiste que pretende infundir ánimos en un deprimido, diciéndole que fue ganador de una carrera entre millones, no es más que eso, un chiste. Si pasáramos hacia atrás la película de nuestra vida, el final nos conduciría a la formación del cigoto a partir del óvulo fecundado. Ese es el Big Bang, el instante cero de nuestro "universo" individual. Antes, desde el punto de vista de una persona concreta, sólo hay la nada.
Lo que tiene en común la vida humana con una película es el factor tiempo. No podemos separarlo de la persona. Somos un ser con una dimensión temporal. No somos un mero objeto físico, una mera organización plurimolecular, sino que tenemos una historia, y todos los momentos de esa historia nos pertenecen por igual, tanto cuando estamos dormidos como despiertos.
Obviamente, para los que somos creyentes, sería osado sostener que Dios introduce el alma en el cuerpo del hombre en uno u otro momento. Eso no lo sabemos. Pero mucho más osado sería decir que no puede hacerlo en el cigoto, en un embrión de una hora, de un minuto. Los cosmólogos levantan teorías asombrosas sobre lo que ocurrió en las millonésimas de segundo posteriores a la Gran Explosión. La existencia de un ser humano puede perfectamente iniciarse en un momento determinado por Dios con una precisión similar. Como en todo caso no lo sabemos, hemos de suponer que esta unidad de tiempo es infinitesimalmente pequeña. Ante la duda, lo primero es la vida humana.
Sólo le pondría un pero. Hacia el final, haciendo gala de su honradez intelectual, DRH reconoce que le resulta cuesta arriba "llamar persona a un conjunto de células que carece siquiera de sistema nervioso y, por tanto, de sensibilidad, y no digamos ya conciencia de sí mismo". Y se apoya en Tomás de Aquino para abrir la puerta a una legislación que permitiera el aborto en las fases más tempranas del embrión, cuando no tiene aún un tejido nervioso diferenciado. (No lo dice tan explícitamente, pero creo que se puede deducir.)
Opino que se puede responder de manera muy sencilla a estas dudas legítimas. Seguramente DRH admitiría que la clave del asunto no es tanto el sistema nervioso como la sensibilidad y autoconciencia, lo que para abreviar llamaré simplemente conciencia. Pues la mayoría de animales tienen sistema nervioso, y no por eso creemos (muchos) que tengan los mismos derechos que los seres humanos. Al menos, yo no estoy por hacerme vegetariano.
Ahora bien, una persona anestesiada en la sala de operaciones carece por completo de conciencia. No reacciona a pinchazos, ni a cortes ni a nada. Se encuentra en un profundo estado de inconsciencia. Y no por ello diremos que en ese momento no es una persona.
Lo mismo podemos decir del embrión de unos pocos días o semanas. Su estado de inconsciencia es total, pero sabemos que, de manera absolutamente autónoma (todo lo autónomo que puede ser cualquier otro ser vivo, que requiere ciertas condiciones de temperatura, presión, presencia de oxígeno, etc,) irá adquiriendo sensibilidad en poco tiempo. Santo Tomás no sabía, ni podía saber, en qué momento una célula adquiere la capacidad de diferenciarse en los distintos tejidos que componen el cuerpo humano. No sabía nada del cigoto.
Todos hemos sido un cigoto. Por el contrario, no hemos sido nunca un espermatozoide. El viejo chiste que pretende infundir ánimos en un deprimido, diciéndole que fue ganador de una carrera entre millones, no es más que eso, un chiste. Si pasáramos hacia atrás la película de nuestra vida, el final nos conduciría a la formación del cigoto a partir del óvulo fecundado. Ese es el Big Bang, el instante cero de nuestro "universo" individual. Antes, desde el punto de vista de una persona concreta, sólo hay la nada.
Lo que tiene en común la vida humana con una película es el factor tiempo. No podemos separarlo de la persona. Somos un ser con una dimensión temporal. No somos un mero objeto físico, una mera organización plurimolecular, sino que tenemos una historia, y todos los momentos de esa historia nos pertenecen por igual, tanto cuando estamos dormidos como despiertos.
Obviamente, para los que somos creyentes, sería osado sostener que Dios introduce el alma en el cuerpo del hombre en uno u otro momento. Eso no lo sabemos. Pero mucho más osado sería decir que no puede hacerlo en el cigoto, en un embrión de una hora, de un minuto. Los cosmólogos levantan teorías asombrosas sobre lo que ocurrió en las millonésimas de segundo posteriores a la Gran Explosión. La existencia de un ser humano puede perfectamente iniciarse en un momento determinado por Dios con una precisión similar. Como en todo caso no lo sabemos, hemos de suponer que esta unidad de tiempo es infinitesimalmente pequeña. Ante la duda, lo primero es la vida humana.
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