domingo, 26 de junio de 2011

La infalibilidad climática

En los últimos cien años, la temperatura global ha aumentado 0,7 grados centígrados. Según algunos científicos, la causa de este incremento se halla en las emisiones industriales de CO2. De aquí infieren que, salvo que se restringieran severamente estas emisiones, el calor seguirá aumentando, lo cual puede llegar a tener efectos catastróficos (elevación del nivel del mar, desertización, mayor frecuencia de tormentas, huracanes, etc).

En adelante, para abreviar, uso la expresión abreviada cambio climático para referirme a la teoría sobre las causas, la tendencia y los efectos del aumento de temperatura, no al mero hecho de este. Dicha teoría, como cualquier otra, puede ser verdadera o falsa. Personalmente creo que es lo segundo; entre otras razones, porque en los últimos diez años, pese al incremento del CO2, el calentamiento se ha estancado. Pero en cualquier caso, pretender que una teoría es indiscutible, tachar de negacionistas a quienes discrepan de ella e incluso sugerir que se debería legislar penalmente contra ellos, es una actitud anticientífica y dictatorial. Lo cual no se contradice con que muchos científicos, generosamente subvencionados, tengan un interés material directo en sostener la verdad oficial.

Lo que más contribuye a este clima dogmático e inquisitorial no son tanto las exposiciones directas como la lluvia fina de infinidad de artículos y reportajes que, de manera automática (es decir, acrítica), atribuyen al cambio climático los más variados fenómenos adversos, favoreciendo una mentalidad de histeria colectiva. No hay un solo día en que algún periódico o alguna televisión no haga alusión al cambio climático para referirse a la extinción de una especie, una sequía en algún lugar del planeta o una tormenta tropical.

Por poner un ejemplo entre miles, un reciente artículo de El País titulado "Un parásito que ataca el hígado afecta a 400 personas en España" se acompaña con el subtítulo: "La fasciolasis, casi desconocida en Europa, se dispara ahora por el cambio climático". De aquí a sugerir, como en realidad ya se ha hecho, que el cambio climático provocará la llegada al mundo desarrollado de enfermedades tropicales, hay un paso muy pequeño. Pero incluso aunque el cambio climático fuera cierto, habría mucho que hablar antes de incluir entre sus efectos cualquier cosa que se nos ocurra. Para ser atacado por el parásito en cuestión es condición indispensable comer berros silvestres. ¿Quién sabe si la moda de alimentos naturales no ha podido influir en un aumento del número de personas que consumen esos vegetales? 400 afectados por la fasciolasis en una población de 47 millones de habitantes es una cifra tan pequeña que las causas podrían ser muy diversas, incluyendo el mero azar. Esto recuerda cuando las autoridades de Tráfico se atribuyen el mérito de que un fin de semana hayan muerto seis personas menos que el mismo fin de semana del año anterior. El sentido común nos dice que pueden haber concurrido muchos otros factores; quizás salieron menos coches por la crisis económica, el mal tiempo o porque había un partido de fútbol televisado importante; quizás los accidentes ocurrieron cerca de hospitales más preparados; puede que simplemente fuera suerte.

Sin embargo, un investigador del nuevo (e imaginamos que flamante) centro de la OMS en Valencia, consultado por el articulista, se decanta por la explicación del cambio climático, que en su opinión favorece la proliferación de un caracol de agua dulce que transmite la fasciola a los vegetales acuáticos. Como hipótesis, puede ser tan válida como cualquier otra, pero es difícil no sospechar que, cuando hay tan jugosas subvenciones en juego, el interés por la contrastación de las hipótesis (que es lo que caracteriza a la ciencia, o eso creíamos) pasa a un segundo plano.

Como sostiene Nassim N. Taleb en El cisne negro, nuestra sociedad está dominada por la superstición de que existen unos supuestos "expertos" en determinados campos, como la economía o el clima (1), capaces de hacer predicciones, de manera análoga a como los astrónomos predicen los eclipses. Se trata de uno de los mayores fraudes intelectuales de nuestro tiempo, como lo demuestra el vasto cementerio de las predicciones pasadas, erróneas en su abrumadora mayoría. Aún así, la patulea de los engreídos "expertos" y sus divulgadores periodísticos se empeñan cada día en desacreditar a los escépticos, como si fueran estos la encarnación del oscurantismo y no al revés.

Son muchos los factores que pueden influir en la temperatura global, aparte del CO2. Quizás uno de los más deliciosamente paradójicos sea el descenso de la contaminación por partículas pesadas que contribuyen a velar el sol y por tanto a enfriar la atmósfera, como apuntan Levitt y Dubner en Superfreakonomics (2). ¡Un aire más limpio podría haber acelerado el calentamiento global en los últimos años! Esta complejidad hace que "sea muy difícil predecir el futuro climático. En comparación, los modelos de riesgo utilizados por las modernas instituciones financieras parecen muy fiables..." (3) (y ya sabemos lo bien que previeron la crisis económica del 2007). Pero a pesar de la manifiesta incertidumbre que rodea todo el asunto, los gurús del cambio climático pretenden que la humanidad reduzca su crecimiento, desviando ingentes recursos a restricciones del CO2 que ni siquiera es seguro que vayan a servir de algo, y condenando de esta manera a millones de personas de países en desarrollo a no salir de la miseria.

Lo que mueve esta histeria colectiva no es más que la tentación totalitaria de los gobiernos, organismos internacionales e intelectuales por intervenir en las vidas de los individuos. Uno de sus mayores pretextos es la distribución de la riqueza, pero cada vez más será la salvación del planeta, lo que permite criminalizar sin ningún pudor a los opositores o discrepantes que obstaculizan tan noble empeño.

Si alguien necesita un indicio serio de que las políticas de reducción de CO2 son meros pretextos para incrementar los controles gubernamentales sobre el sector privado, lo podrá encontrar en el libro citado anteriormente, Superfreakonomics (secuela del exitoso Freakonomics.) Enfriar la atmósfera del planeta podría lograrse en muy poco tiempo con una inversión menor que lo que gasta la fundación de Al Gore en difundir su religión climática. Bastaría con lanzar a la estratosfera 100.000 toneladas de dióxido de azufre al año. Nadie se asuste, esto supone el 0,05 % de lo que emiten los volcanes, los vehículos a motor y las centrales térmicas que usan carbón. Podría hacerse con una simple manguera de solo 5 cm de diámetro, por 30 kilómetros de altura, sostenida por globos de helio. Aunque parezca una bomberada, el proyecto ha sido propuesto seriamente, con todo lujo de detalles, por la empresa de ingeniería que ha inventado el láser para matar al mosquito de la malaria. Y su coste, comparado con el del Protocolo de Kyoto, es irrisorio. Lo bueno es que tienen proyectos alternativos, alguno de ellos tan original como aumentar la producción de nubes sobre el océano mediante una flota de veleros de fibra de vidrio que incrementen la producción de espuma marina. También han calculado los costes, por supuesto mucho más baratos que la restricción de las emisiones de CO2 y el retraso consiguiente impuesto al Tercer Mundo. (3)

La ventaja de estas ideas, además de su bajo coste, es que se pueden poner en práctica en muy poco tiempo, con resultados casi inmediatos, porque en lugar de contrarrestar unas hipotéticas e inciertas causas del calentamiento, lo que hacen es provocar un enfriamiento compensatorio de manera directa, fácilmente verificable, y que en cualquier momento puede interrumpirse o graduarse. Sin embargo, no interesan a los gobiernos ni a todos los que viven de la lucha contra el cambio climático porque se les acabarían el negocio y los pretextos. Ellos lo que quieren es salvarnos, y para ello es necesario que los creamos ciegamente, sin asomo del espíritu crítico del que tanto se enorgullece nuestra civilización. Como dice Taleb, y con ello concluyo:

"Me irritan muy a menudo aquellos que atacan al obispo pero de algún modo confían en el analista de inversiones, aquellos que ejercen su escepticismo contra la religión pero no contra los economistas, los científicos sociales y los falsos estadísticos. [A los que añadiría, los "expertos" climáticos.] (...) Estas personas nos dicen que la religión fue horrible para la humanidad (...) pero no nos dicen cuántas fueron las víctimas del nacionalismo, de la ciencia social y de la teoría política en el régimen estalinista o durante la guerra de Vietnam. [Ni los costes para millones de seres humanos de no poder utilizar libremente energías baratas como el carbón.] (...) Ya no creemos en la infalibilidad papal; pero parece que creemos en la infalibilidad del Nobel." (4)
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(1) Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008, pág. 384.
(2) Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Superfreakonomics. Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida, Random House Mondadori, 2010, pág. 223.
(3) Levitt y Dubner, ob. cit, págs. 206-207.
(4) N. N. Taleb, ob. cit., pág. 389.