

Se podría discutir si los liberales son de derechas o de izquierdas, o ninguna de las dos cosas, pero según los resultados de la otra tabla, más del 40 % de encuestados asocian liberalismo con "ser de izquierdas", y apenas la mitad lo hacen con "ser de derechas". Es más, claramente los términos asociados a la izquierda gozan de mucha mayor aceptación social que los relacionados con la mentalidad opuesta. Así, la derecha evoca conceptos hoy más bien desprestigiados, como tradición, orden, o autoritarismo, mientras que los de igualdad, derechos humanos o libertad individual parecen consustanciales a la izquierda, ateniéndonos al sentir de muchos ciudadanos.
Ahora bien, que los españoles se sientan más cómodos con la etiqueta de izquierdas, no significa que sean de izquierdas. Una cosa es ser de izquierdas y otra muy distinta decir que uno es de izquierdas o centroizquierda, porque es lo que se lleva, o porque no queremos que nos llamen fachas. Lo más verosímil es que la mayoría de la gente comparta una mezcolanza irreflexiva de ideas tanto de derechas como de izquierdas, pero que a la hora de definirse tengan sólo en cuenta estas últimas. Que el 40 % de los encuestados considere el liberalismo como parte de la tradición de la izquierda, cuando las políticas socialistas no se caracterizan precisamente por preconizar la reducción del Estado, es un dato que por sí solo nos lleva a cuestionar lo que la gente entiende por ser de la derecha o la izquierda, más allá de los chistes subnormales de Wyoming. Y qué decir de la adjudicación del nacionalismo a la derecha, cuando Rodríguez Zapatero, que se autodefine como "rojo", ha basado toda su estrategia política en el pacto con el nacionalismo catalán.
A los españoles les gusta decir que son de izquierdas, pero luego quieren disfrutar de todas las ventajas del sistema de libre mercado, incluida la de poder despotricar de él a placer. Quieren mostrarse más "avanzados" que nadie, tolerantes con la homosexualidad y las "otras formas de familia", pero a la hora de la verdad, tanto homosexuales como heterosexuales valoran por encima de todo la familia tradicional constituida por los padres, hijos, hermanos y abuelos...
Si ser de izquierdas se reduce a un catálogo de intenciones (estar "a favor de" los trabajadores, del medio ambiente, etc), y sobre todo se evitan las verdaderas cuestiones (cómo se beneficia realmente a los trabajadores, etc), no es raro que la gente corra al grito de "derechista el último". Una definición tan autocomplaciente como arbitraria hará equivaler "ser de izquierdas" a "ser buena gente", por estúpidas y nocivas que sean las políticas de esa izquierda supuestamente bienintencionada.