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domingo, 3 de enero de 2010

La vaca Tierra

Al dibujante venezolano Eneko se debe este dibujo pretendidamente ocurrente:


Mucha gente no sólo piensa esto, sino que considera indecente cuestionar la idea que transmite la ilustración: Que la prosperidad del Norte se debe a la implacable explotación del Sur. Y cuando digo mucha gente, me refiero especialmente a periodistas, maestros, escritores y artistas, es decir, a aquellos que más influencia tienen sobre la sabiduría convencional de nuestro tiempo, aun cuando no sean en su mayoría sus forjadores intelectuales.

Ahora bien, si el lector es lo que se suele llamar un progre, yo le pregunto: ¿En qué se basa para sostener semejante concepción? Pensemos en el origen de la riqueza del mundo desarrollado. ¿Se halla en el saqueo de las materias primas del Sur? Ciertamente, existen países muy pobres que atesoran en su subsuelo grandes riquezas minerales o energéticas, y que para explotarlas necesitan de la tecnología y los capitales del Norte. Sin embargo no es cierto que la riqueza generada por estos recursos naturales nunca beneficie al país de origen, como evidencia por ejemplo la fastuosidad de los principados árabes.

También es verdad que las multinacionales pagan en el tercer mundo salarios más bajos que en el primero. Pero aun así, son más altos que los que perciben los demás trabajadores de esos países, y de hecho la inversión extranjera permite eludir la miseria de muchos de sus habitantes que, de otra manera, frecuentemente no tienen otra salida que la mendicidad o la prostitución.

Con todo, lo esencial no es esto. Lo importante es que existen muchos países ricos que carecen casi por completo de riquezas naturales y de multinacionales dedicadas a su obtención. Por tanto, incluso aunque hubiera una parte de verdad en la teoría del saqueo, no es una excusa definitiva para que un país no pueda prosperar, porque en realidad, toda riqueza procede del trabajo, es decir, de la actividad humana transformadora, y de una estructura jurídica que garantice a todo ciudadano gozar de los frutos de su esfuerzo, sin temor a las exacciones políticas o las destrucciones por causas bélicas.

Aunque suene duro, insensible y lo que se quiera, la culpa de la pobreza del Sur la tiene básicamente el Sur. O dicho con más precisión, la tienen las cleptocracias socialistas o populistas que sojuzgan a esas sociedades, condenándolas al estancamiento y en ocasiones a la ruina, siendo muy difícil en estas condiciones recorrer el camino que Europa acabó encontrando sin la menor ayuda exterior, a lo largo de varios siglos.

Quizá el lector progre pueda oponer dos objeciones. La primera, que Europa prosperó gracias al imperialismo practicado sobre África y Asia (y Estados Unidos sobre Latinoamérica). Y la segunda que es la deuda de los países pobres la que los ha conducido a su actual situación de postración.

Lo último desde luego es fácil de rebatir. La deuda existe porque estos países recibieron grandes cantidades de dinero, no sólo en préstamos, sino también en donaciones. ¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? Los principales culpables de que se haya dilapidado por la corrupción y las guerras no son quienes lo prestaron o donaron, sino quienes lo recibieron.

En cuanto al imperialismo, es en gran medida un mito que económicamente haya arrojado un saldo favorable a los países desarrollados. En realidad, las motivaciones de los dirigentes europeos en la edad moderna tuvieron mucho más de aventurismo o necio militarismo, que de cualquier inteligente cálculo económico. Por supuesto que el imperialismo tuvo efectos perniciosos para los países que lo sufrieron. Pero generalmente fue porque en parte agudizó las lacras que padecían antes de la llegada de los europeos, quienes en general se apoyaron en las viejas élites de cada lugar, y en parte erosionó aquellas estructuras culturales que habían actuado como freno de sus propios gobernantes. Uno de los peores legados que ha dejado Europa al tercer mundo es el marxismo, aprendido por sus futuros dirigentes en las universidades de Gran Bretaña o de Francia, y luego aplicado con desastrosas consecuencias en tantos países africanos y asiáticos.

En cualquier caso, aunque los europeos, y en mucha menor medida los estadounidenses, hayan cometido innegables tropelías en todo el planeta, los países pobres no pueden estar eternamente echando la culpa a otros de sus propios errores y debilidades. La tentación de las explicaciones simplistas es muy grande. En uno de los álbumes de Tintín, no recuerdo cuál, se explicaba el atraso de los países subdesarrollados por la confabulación de los pérfidos fabricantes de armas y las multinacionales del petróleo. En realidad, la idea que tiene mucha gente no es más elaborada que la de esa historieta. Pero los habitantes del tercer mundo no pertenecen a razas inferiores, no son marionetas que los occidentales pueden manipular a su antojo. Carece de sentido afirmar que, más allá de casos anecdóticos, se dejan arrebatar sus riquezas o se enredan en guerras territoriales o tribales sin que sus propias clases dirigentes tengan la responsabilidad principal.

Esto no significa que Occidente deba mostrarse indiferente ante la miseria que existe en el planeta. Por supuesto que moralmente estamos obligados a intervenir para paliar hambrunas, epidemias y catástrofes naturales, allí donde se produzcan. Pero el error consiste ya no en pensar que es responsabilidad de los países desarrollados que los demás salgan de la miseria, sino que está en sus manos lograrlo. El tercer mundo sólo alcanzará los niveles de prosperidad del primero el día que se decida a intentarlo por sí mismo, renunciando al victimismo nacionalista. De hecho, muchos países, sobre todo en Asia, ya han recorrido buena parte del camino, que no es otro que la democracia y el mercado libre. Basta con que Occidente no obstaculice este proceso, por ejemplo con las intolerables barreras al libre comercio que aún persisten.

No nos engañemos: La función última del discurso que culpabiliza a Occidente de la miseria que hay en el mundo no es otra que la de presentar al capitalismo como un sistema que sólo se puede sostener por la exacción. Si nuestra riqueza procediese de la explotación del tercer mundo, ello significaría que en el fondo el sistema del libre mercado es un fraude, está basado en la rapiña y es incapaz de crear riqueza neta. Ahora bien, nótese que sólo las ideologías comunista y fascista han llegado a difundir mentiras de calibre comparable. El "espacio vital" de los nazis no es más que una de las muchas formulaciones que ha tenido la concepción preliberal, o antiliberal, de que la riqueza de un país sólo puede aumentar verdaderamente por la expansión territorial, y no gracias a la laboriosidad de sus habitantes. Curiosamente, es lo que parecen creer muchos antiglobalizadores, que se oponen a la libertad de comercio, porque opinan que sólo sirve para enriquecer a una parte y empobrecer a la otra.

Afortunadamente, están equivocados, y esto significa que el progreso es posible. Lo que no entiendo es por qué se llaman progresistas quienes con su actitud niegan en realidad que exista el progreso. Hace milenios que el ser humano aprendió que la prosperidad no queda limitada por lo que dé de sí la ubre de una vaca.

martes, 9 de junio de 2009

La increíble y triste historia del cándido Tercer Mundo y las multinacionales desalmadas

La petrolera Shell, tras un acuerdo extrajudicial, indemnizará con 15,5 millones de dólares a las familias de varios activistas ejecutados por la dictadura militar nigeriana en la década de los noventa, entre los que se encontraba el escritor Ken-Saro Wiva. La multinacional, sin embargo, niega los hechos de que se la acusan, esto es, haber colaborado con el gobierno de Nigeria en la represión.

El relato que hacen diversos medios de comunicación, por ejemplo el periódico El Mundo, se ajusta al guión previsible: Una malvada multinacional que destruye el medio ambiente de un país del Tercer Mundo, y que “ejecuta” a los indígenas que se atreven a protestar pacíficamente. No nos anuncian cuándo se rodará la película, pero no creo que tarde mucho.

Desde luego, no seré yo quien defienda a las multinacionales en general ni a la Royal Dutch Shell en particular; sus buenas plantillas de abogados tienen para eso. No me cabe ninguna duda de que son perfectamente capaces de las brutalidades que se les imputan en ocasiones, aunque desconfíe por principio de relatos concretos cuya objetividad no estoy en condiciones de juzgar. Por cierto que el padre del liberalismo, Adam Smith, escribió páginas durísimas acerca de la Compañía de las Indias Orientales.

Sin embargo, no debe escapársenos el error que subyace en ese seudoprogresismo difuso que de manera más o menos implícita condena al sistema capitalista entero por las prácticas de ciertas empresas, las cuales, si por algo se caracterizan, es precisamente porque eluden siempre que pueden las reglas de un mercado libre sometido al Estado de Derecho; lo cual es enormemente fácil, claro, en lugares en los cuales no existe ni una cosa ni otra.

En los países de capitalismo avanzado, el 90 % de los contratos laborales los realizan pequeñas o medianas empresas. Esto equivale a decir que el 90 % de la población se sustenta directamente gracias a un intrincado y descentralizado tejido industrial y de servicios, con escasa influencia política. Se trata de una situación muy diferente, aunque también aquí las grandes corporaciones tratan de eludir a menudo las reglas de la competencia, llegando a acuerdos de trato privilegiado con los representantes políticos, siempre dispuestos a colgarse medallas por la creación de puestos de trabajo.

Pero son las administraciones las principales culpables de favorecer estas prácticas. Y son las dictaduras quienes violan los derechos humanos, o garantizan la impunidad de todo tipo de abusos a cambio de sobornos y entrada de divisas. Las empresas lo que hacen es sencillamente adaptarse al entorno que se encuentran en cada país.

Lo que no se puede ignorar es que existe algo mucho peor que las inversiones de las multinacionales en el Tercer Mundo: Que no haya inversiones. A pesar de todos los abusos, el salario que paga una multinacional en un país pobre siempre es superior al que se paga en ese país por un trabajo similar en esfuerzo, horarios, etc. En Occidente nos escandalizamos por el empleo de mano de obra infantil, pero cuando la alternativa real no es -como defienden tantos manipuladores de emociones- la escuela, sino la absoluta miseria o incluso la prostitución, ese puesto de trabajo es una bendición. Con frecuencia, las generaciones nacidas a partir de los sesenta olvidamos que nuestro bienestar actual lo debemos a la generación de nuestros padres, muchos de los cuales empezaron a trabajar a los doce o trece años.

Los principios son duros, pero la inversión extranjera es un medio nada desdeñable para que los países pobres empiecen a dejar de serlo. Desde luego, es mucho más eficaz que las meras ayudas en forma de dinero, alimentos o vestido, que en gran parte sólo sirven para engordar a los caciques que las roban y las venden en los mercados locales, con graves daños para su precaria agricultura y su incipiente industria.

Sobre todo, el papel de la inversión es facilitar el surgimiento de una clase asalariada con una mínima capacidad de consumo, que pueda favorecer el sostenimiento de una industria local, así como la divulgación de cierta cualificación técnica y de una cultura del trabajo, de la puntualidad, de la higiene, etc, que haga posible a su vez un aumento de la productividad general de la población. Es una ventaja con la que Europa no contó hace cien o doscientos años, cuando realizó sola sus revoluciones industriales, y que al Tercer Mundo le puede ayudar a quemar etapas mucho más rápidamente.

Es muy fácil, desde nuestro confortable nivel de vida, condenar las condiciones laborales, medioambientales, etc, del mundo subdesarrollado, y repetir el falso mantra de que cada vez hay más pobres por culpa de la globalización. Nosotros, a diferencia de los pobres, nos podemos permitir el lujo de equivocarnos gravemente acerca del diagnóstico de males que no nos afectan… por ahora. Porque el incesante goteo de ideología anticapitalista y buenista que sufrimos en Occidente desde edades cada vez más tempranas, pueden acabar destruyendo las bases culturales de nuestra prosperidad. Aunque quizás así se cumplan los sueños igualitarios de los antiglobalización: Que todos seamos iguales, por lo menos en la miseria.

viernes, 12 de octubre de 2007

La Mrs. Bundy del Islam


Gema Martín Muñoz, socióloga del mundo árabe, preguntada en una ocasión por el fundamentalismo en Irán, respondió que eso era una "falacia". Nuestra amiga de los musulmanes no se cansa de repetir que "los occidentales ignoran casi todo del mundo árabe" como falaz justificación de sus posiciones, o que las mujeres llevan el velo porque quieren. "¿Quién es usted para decirles nada?", le espetó a una periodista que le expresó levemente sus dudas. Para ella, el terrorismo islamista apenas tiene que ver nada con el islamismo, sería un subproducto de la guerra fría, y en todo caso lo que le parece más grave es que 1.300 millones de musulmanes se sientan como "los apestados de la Tierra, como los grandes excluidos" debido al "racismo del mundo occidental" (de nuevo aquí). En la conferencia de la OSCE recientemente celebrada en Córdoba ha vuelto sobre el mismo monotema de la supuesta discriminación islamófoba.

Esta señora me recuerda por sus palabras al inquietante personaje de Mrs. Bundy. Sí, era esa vieja ornitóloga que aparecía en Los pájaros de Hitchcock, interpretada por la veterana actriz británica Ethel Griffies. A pesar de los ataques inexplicados que toda suerte de aves habían empezado a infligir a un pequeño pueblo costero, ella se erige en defensora de esas criaturas, empeñándose en ridiculizar los relatos de lo ocurrido y adoptando un tono de sarcástica superioridad ante los testimonios de los que ve como simples profanos en la materia. La diferencia, obviamente, es que el argumento de la película es fantástico, mientras que por desgracia no podemos decir lo mismo de la yihad global.

Todos los países musulmanes se han independizado hace décadas. Incluso Palestina podría haber constituido un Estado independiente si lo hubiera querido, hace más de medio siglo. Prefirió optar por la destrucción de Israel. Pero ni han conseguido acabar con la única democracia de Oriente Medio, ni han construido sociedades prósperas ni libres. ¿Se refiere a eso la profesora Gema Martín cuando habla de exclusión? Pues creo que sería más preciso hablar de autoexclusión. Si el modo de vida occidental les parece tan perverso, ¿por qué habrían de sentirse frustrados por no formar parte de él? ¿No tendrá origen su ira en la nostalgia de la pasada grandeza? ¿Tenemos los occidentales la culpa de sus complejos? Que no me vengan con las milongas del colonialismo económico que habría sustituido al político. Muchos países, sobre todo en Asia, han demostrado que se puede salir adelante si se trabaja duro y no se abandonan al victimismo.

Gema Martín se muestra contraria a la imposición del laicismo... en el mundo islámico. Según la profesora, en estos países el laicismo se opone a la democracia, su raíz es autoritaria. Tiene su parte de razón, aunque quizá no en el sentido que ella pretende. Yo no restringiría su razonamiento al Islam. Si una población profesa determinadas creencias, lo normal es que esto se refleje en sus instituciones políticas, sin que ello sea para nada incompatible con la irrenunciable separación entre Iglesia y Estado, ni justifique ninguna limitación de los derechos humanos. Pero en cualquier caso, entienda Martín Muñoz lo que quiera por laicismo, cabe preguntarse por qué lo que supuestamente es bueno para nosotros no lo es para ellos. ¿Quién es aquí el verdadero racista?

lunes, 25 de junio de 2007

Falsedades seudoprogresistas

La lista puede ser muy larga. Sin pretensión de exhaustividad, ahí van algunas (el orden es arbitrario):
  • La pobreza del Tercer Mundo se debe a la riqueza de Occidente.
  • La causa de la violencia es la pobreza.
  • Las guerras siempre tienen causas económicas.
  • Todos los científicos coinciden en el origen humano del cambio climático.
  • La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas.
  • La Gran Depresión de los años treinta se debió al "capitalismo salvaje".
  • El mercado libre beneficia más a los ricos que a los pobres.
  • El Islam es una religión pacífica.
  • Las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres son producto de la educación.
  • Etc.