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viernes, 11 de abril de 2008

Apostillas al Nombre de la Derecha

Eduardo Robredo, en su post Por Qué No Soy De Derechas, ha replicado el mío anterior.

Según deduzco de sus palabras, para él mercado libre y capitalismo no son lo mismo. Si por capitalismo se refiere al sistema económico realmente existente en gran parte del mundo, no le falta razón. El intervencionismo promovido tanto por gobiernos de izquierdas como de derechas es enorme. Ahí tenemos al presidente Bush tratando de capear la crisis económica provocada por organismos reguladores como la Reserva Federal... con más regulaciones. Y las trabas a la libertad de mercado no son sólo responsabilidad de los gobiernos. Muchos empresarios y grandes grupos económicos son los primeros que tratan de obtener privilegios de la administración que restrinjan la libre competencia en su favor. Elogian hipócritamente el capitalismo mientras no hacen más que violar sus reglas. Esto no es un fenómeno nuevo, evidentemente, y ya lo describió Adam Smith en páginas de penetrante lucidez.

Aun así, el capitalismo real sigue siendo el mejor sistema que ha existido nunca, el que ha creado con diferencia la mayor cantidad de riqueza de la historia. Por supuesto que las instituciones no dejan de evolucionar. Defender el capitalismo no es defender la Reserva Federal (¡un organismo burocrático, a fin de cuentas!) o el FMI (ídem de ídem), ni a multinacionales cómplices de dictaduras africanas, sino a ese tejido de millones de pequeños empresarios que dan empleo al 90 % de la población de los países ricos y generan por tanto casi toda su prosperidad. No conozco mucha gente de izquierdas que sea sensible a esta realidad. Ellos prefieren pensar que todos los empresarios son unos puercos explotadores y destructores del medio ambiente. Bueno, exceptuando a los empresarios de según qué medios de comunicación, los artistas y Al Gore. No hay nada como ser progre para que te perdonen tu riqueza, y sobre todo para incrementarla a cargo del presupuesto.

Eduardo también critica mi defensa de la tradición judeocristiana. Por un lado afirma que la idea de que la libertad necesita de la tradición se contradice con la existencia de regímenes pasados sostenidos ideológicamente por la religión y el clero. Y por otro lado señala que toda tradición es algo cambiante (por ejemplo en épocas pasadas la esclavitud era aprobada), lo que demostraría que debemos ser escépticos ante ella. Por supuesto, yo no defiendo una actitud acrítica ante la tradición. Pero Eduardo no hace más que poner de manifiesto una de sus dos características esenciales: Que cambia, no es inamovible. La otra característica es que al cambiar, lo hace lentamente. Pues bien, ¡eso es la evolución espontánea de la sociedad! Se trata de un proceso natural que permite a la sociedad adaptarse sin brusquedades, y que es exactamente lo opuesto a los utopismos y a los precipitados reformismos a los que son tan aficionados los progres.

Por otra parte, conviene estar prevenido ante mucha mercancía que se quiere hacer pasar por tradición. Si a unos gamberros se les ocurre un día tirar una cabra desde lo alto del campanario de su pueblo, por mucho que lo repitan varios años seguidos no merece ser considerado una tradición. Existe multitud de ejemplos de tradiciones apócrifas, que retrospectivamente son revestidas del prestigio de una falsa antigüedad. Parafraseando la conocida frase de Samuel Johnson sobre el patriotismo, podría decirse que la tradición es el último refugio de los canallas. Pero no parece lógico deducir de ello que el problema es la tradición, y no los canallas.

En cuanto a la connivencia entre poder y religión, nadie pretende negarla. La idea que he defendido otras veces en este blog (ver etiquetas) es que sin religión ni tradición, el poder es todavía más ilimitado. Porque la ausencia de un cierto orden espontáneo o heredado favorece la intromisión legisladora del poder, so pretexto de suplir la inevitable desorientación que tal vacío normativo comporta. Si los fumadores hubieran cultivado asiduamente ciertas viejas normas de urbanidad, nos habría parecido absurdo e intolerable que la administración se entrometiera hasta el punto de sancionar al dueño de un establecimiento privado por permitir fumar a sus clientes o trabajadores. La mala educación engendra inexorablemente funcionarios que velan por el cumplimiento de aquellas normas que no hemos sabido asumir voluntariamente.

Eduardo cree también que no es prudente rehabilitar la marca derecha, demasiado asociada a toda una serie de términos negativos procedentes del Antiguo Régimen, es decir, anteriores al siglo XIX. Pues yo creo justamente lo contrario, que es la izquierda la que está lastrada por ciertos episodios nefastos del siglo XX. Me hace gracia que en una discusión sobre el concepto de derecha me hablen de la Inquisición, cuando la peor Inquisición de la historia, sin comparación, ha sido la organizada mucho más recientemente por Estados sostenidos por ideologías izquierdistas.

Por último, respecto al lema “Menos Lakoff, más Pinker”, lo comparto sobradamente, y hago mía, hasta donde puedo juzgar del tema, la crítica que el segundo hace de las teorías del primero en Cómo funciona la mente, Ed. Destino (2000) págs 404-405, y también en su artículo Block That Metaphor. Pero de casi todo libro se puede aprender algo, y no seré yo quien rechace una idea aprovechable. Ni que venga del mismo Lenin.

jueves, 10 de abril de 2008

Por qué soy de derechas

Cuatro son las razones que me llevan a identificarme con la derecha. Las dos primeras quizás parezcan triviales, y las dos últimas me temo que le resultarán demasiado cínicas a más de un alma bella.

Por una parte, me considero de derechas por mi visión de las cosas, que podría sintetizarse en dos ideas básicas:

(1) Porque soy liberal, y eso implica entre otras cosas estar a favor del sistema capitalista, es decir, de un mercado libre de las intromisiones del poder político.

Por supuesto, en buena parte de la derecha también se ha dado históricamente un intervencionismo rampante, pero probad decirle a la mayoría de la gente que sois partidarios del capitalismo y que no sois de derechas, a ver qué os contestan.

(2) Porque creo que la libertad arraiga mejor allí donde se respetan los principios morales tradicionales, es decir, allí donde no es el Estado quien dictamina lo que está bien y lo que está mal, y que no es accidental que el liberalismo deba tanto al concepto judeocristiano de persona.

Pero por otra parte –que quizá sea más importante, como se verá– me proclamo de derechas por una razón política que enlaza con lo que acabo de decir en el segundo párrafo de (1), y que explico a continuación.


(3) Porque si niegas ser de derechas, lo que pensará todo el mundo es que lo eres. Entonces ¿para qué negarlo? ¿Se imagina alguien a Zapatero negando ser de derechas? En cambio, me temo que no sería difícil imaginarnos a Rajoy. Por eso mismo, la izquierda se complace una y otra vez en recordarle su nombre a la derecha, sabiendo que ésta responderá negándolo despavorida (o matizándolo, que no sé qué es peor) y por tanto abonando estúpidamente la opinión de que se trata de algo vergonzoso o cuando menos que debe ser atenuado o disimulado. Un progre como George Lakoff lo tiene perfectamente claro, cuando propone a sus alumnos el ejercicio que da título a su conocido libro, que he comentado hace poco, No pienses en un elefante. Basta que te lo propongas, para que no puedas evitarlo. Por eso cuando Nixon apareció en televisión, durante el caso Watergate, diciendo I’m not a crook, consiguió exactamente el efecto contrario al que pretendía, que todo el mundo pensara que lo era. Negar es evocar aquello que se niega. Por tanto, políticamente es un error. Y el discurso de que izquierda y derecha son conceptos “superados” (que significativamente es tan raro escuchar a la izquierda) es otra variante del mismo error, INCLUSO AUNQUE SEA VERDAD. A ver si lo entendemos de una vez, santo Dios.

(4) Porque, y esto deriva de lo anterior, pero conviene destacarlo todo lo posible, si nos proclamamos orgullosamente de derechas, desactivaremos la principal arma que tiene la izquierda antiliberal y relativista, que es precisamente abortar todo amago de debate intelectual echando mano del término derecha como si fuera un espantajo con el cual sus adversarios ya se ponen a temblar. “Pues sí, soy de derechas. Y ahora, si quieres, hablamos acerca de las diferencias entre socialismo y liberalismo.”

El día que aparezca un político capaz de dar esta respuesta a sus oponentes, será el principio del fin del imperio cultural de la izquierda. Que sí, que derecha e izquierda son conceptos demasiado imprecisos, excesivamente lastrados por connotaciones caducas. Todo eso es cierto, pero también es indiscutible la vigencia de su operatividad emocional. Y ante ello, algo hay que hacer.

Podemos empeñarnos en disquisiciones semánticas acerca del centro o del centroderecha, que no cambiarán para nada los usos lingüísticos establecidos, sino al contrario, los reforzarán, porque al vulgo le suenan a meras justificaciones, a peticiones de perdón por existir. Y la debilidad siempre inspira desprecio entre las masas.

O bien podemos intentar actuar sobre dichos usos, tomando la ofensiva dialéctica, asumiendo quienes somos antes de que nos lo lancen a la cara como si fuera una acusación. No creo que sea tan complicado.

domingo, 6 de abril de 2008

Los elefantes no existen ¡y vale ya!

Hemos visto lo que había de aprovechable en el libro de George Lakoff, No pienses en un elefante. Veamos ahora cuáles son sus errores, lo que no es menos instructivo.

A lo largo de todo el libro, posiblemente de manera involuntaria, el autor practica una confusión sistemática entre la eficacia política de un argumento y su validez lógica o empírica. De hecho, parece como si cuando nos muestra la función de una expresión usada por la derecha, con ello ya nos hubiera demostrado su carácter engañoso y manipulador. Algo así como si se nos revelara el secreto de un truco de magia. Por el contrario, los argumentos de la izquierda basta con que sean efectivos para que resulte innecesaria cualquier averiguación acerca de si, además, son verdaderos o no.

Así por ejemplo, frente a las críticas contra el matrimonio gay, Lakoff se ufana de su propia contrarréplica, que consiste simplemente en decir con tono triunfante “no creo que el Estado deba decirle a la gente con quién puede o no puede casarse”. Por cierto, resulta curioso cómo aquellos que se erigen en defensores de los impuestos y el intervencionismo estatal (y Lakoff es uno de ellos, como veremos), cuando les conviene sacan a relucir su argumentario liberal, y además acusan a la derecha de hacer lo mismo pero al revés. Siempre me fascina la capacidad de la izquierda de proyectar en la derecha sus propios vicios. Pero ante todo, nótese la pobreza intelectual del argumento. Si el llamado matrimonio homosexual es una cuestión de ser libres para casarse con quien se quiera, ¿también lo será el matrimonio incestuoso o la poligamia? “No es lo mismo”, protestará el progre. Pero entonces el argumento, suponiendo que exista, debería ser otro. Si casarse con tres mujeres o con un hermano no nos parece una cuestión de libertad de casarse con quien se quiera, habrá que explicar por qué sí lo es casarse con una persona del mismo sexo. Nótese que no estoy negando que exista esta explicación (aunque no lo creo). Sólo afirmo que el argumento de la libertad no nos sirve en este caso. Pero no importa. Si a algunos les permite salir del paso, para el profesor Lakoff eso constituye en sí mismo una demostración.

Lo mismo puede decirse de su análisis de la expresión "alivio fiscal" utilizada por Bush. Es evidente que el presidente pretende sugerir que los recortes de impuestos son buenos y que sería muy raro que a alguien no le gustara pagar menos al fisco. Pues bien, de ello deduce Lakoff lo contrario, que esos recortes tienen que ser malos. Sinceramente, no veo la lógica.

Esta confusión entre lo que sería el arte de convencer y la lógica no es accidental en este libro. Deriva de una concepción descaradamente carente de ecuanimidad acerca de los modelos o marcos que llamamos izquierda y derecha, provocada por los prejuicios progres del autor –imposibles de ocultar tras la pantalla de una teoría supuestamente científica.

George Lakoff empieza preguntándose qué tienen en común las posturas conservadoras ante diferentes cuestiones, por ejemplo los impuestos y el aborto. Y antes de llegar a ninguna conclusión se da cuenta de que, pese a desconocer ese nexo común, él sostiene precisamente las opiniones contrarias en todos esos temas aparentemente sin relación alguna entre sí. Su respuesta a esta perplejidad inicial es la teoría de los dos modelos de familia, que él cree se encuentran en el fondo de las dos grandes ideologías, y recuerda mucho a la teoría de las dos visiones de Thomas Sowell, de la que he hablado en otra ocasión, aunque ignoro si existen influencias mutuas directas. Estos modelos pueden ser denominados como el del padre estricto y el de los padres protectores (nurturant parent family).

La mentalidad del padre estricto se basa en los siguientes supuestos:

El mundo es un lugar peligroso, y siempre lo será, porque el mal está presente en él. Además, el mundo es difícil porque es competitivo. Siempre habrá ganadores y perdedores. Hay un bien absoluto y un mal absoluto. Los niños nacen malos, en el sentido de que sólo quieren hacer lo que les gusta, no lo que es bueno. Por tanto, hay que conseguir que sean buenos.” (p. 28)

Para ello, es necesario un padre fuerte que imponga disciplina, con el fin de enseñarles la diferencia entre el bien y el mal, y a valerse por sí mismos. Lo primero les convertirá en personas sociables, y lo segundo les permitirá sobrevivir en el mundo sin depender ya más de sus padres. El modelo del padre estricto es lo que conecta las concepciones morales tradicionales de los conservadores con sus ideas sobre la política exterior, el capitalismo, etc.

Los padres protectores parten de una visión de las cosas completamente opuesta:

El padre y la madre son igualmente responsables de la educación de sus hijos. Se parte del supuesto de que los niños nacen buenos y pueden hacerse mejores. El mundo puede llegar a ser un lugar mejor y nuestra tarea es trabajar para conseguirlo. La tarea de los padres consiste en criar a sus hijos y en educarlos para que ellos, a su vez, puedan criar y educar a otros.” (p. 33)

La figura de los padres protectores se asocia sin dificultad con los que defienden la socialdemocracia, el pacifismo y concepciones morales más laxas.

Este intento de explicación de los dos grandes paradigmas ideológicos no me parece nada desacertado, realmente creo que es una buena exposición de sus diferencias esenciales. En un sentido profundo estoy dispuesto a aceptar que la derecha equivale a una visión pesimista o trágica de la realidad, mientras que la izquierda sería consustancialmente optimista, como ella misma gusta de proclamar. Pero esta constatación, por sí misma, no nos dice nada acerca de la verdad o falsedad de ambas. Que los seres humanos tenemos una inclinación hacia el mal, podrá ser una afirmación amarga y desagradable, pero ello no la convierte en necesariamente falsa. De hecho, en mi opinión está mucho más cerca de la verdad que el enunciado opuesto.


George Lakoff, asesor del PSOE

Pero el profesor Lakoff piensa lo contrario, y para reforzar su punto de vista nos presenta el modelo del padre estricto con los tonos más sombríos, y su opuesto como la expresión máxima de la racionalidad, la bondad y la empatía. Así para él es inherente al concepto del padre estricto el castigo físico, mientras que la confianza, la sinceridad, la honestidad y casi todas las virtudes imaginables se asocian con el modelo opuesto. Trasladado a la esfera de la política, la derecha resulta que está empeñada en que los pobres sean cada vez más pobres, destruir el medio ambiente y promover agresivas guerras por el petróleo, mientras que

los progresistas –proclama– quieren igualdad política, buenas escuelas públicas, niños sanos, atención a los ancianos, protección policial, granjas familiares, aire respirable, agua potable, peces en nuestros ríos, bosques por los que podamos escalar, cantos de pájaros y ranas [¡pero sigue!], ciudades vivibles, negocios éticos, periodistas que dicen la verdad, música y danza, poesía y arte, y puestos de trabajo cuyos salarios permiten vivir decentemente.” (p. 159)

Quien al leer lo anterior no haya derramado lágrimas de emoción, es que es un desalmado insensible. O sea, de derechas. Pero aun sin presentar los dos modelos de familia de manera tan tendenciosa, la formulación de Lakoff presenta problemas que la hacen menos interesante que la antes mencionada de Sowell.

Uno es el de cierta inevitable circularidad. ¿No será que la mentalidad conservadora favorece un modelo de familia, en lugar de que ésta favorezca a aquélla?

La otra dificultad del modelo es que, sometida a un análisis más concienzudo, no está tan clara la traslación a la esfera política que hace de los modelos de familia. Así por ejemplo, Lakoff asocia las políticas favorables a los impuestos con las de los padres protectores (programas sociales, etc). Pero cuando a alguien lo meten en la cárcel por defraudar a Hacienda ¿debemos imputarlo al padre estricto o al protector?

Con todo, aun salvando estas dificultades, la verdadera cuestión, como he apuntado antes, pero que Lakoff ni siquiera se plantea, consiste en cuál de los dos modelos se corresponde más fielmente con la realidad de las cosas. El profesor de lingüística, como él mismo confiesa, ya ha tomado partido desde antes de haber concebido su teoría. Para él, que la derecha liberal abogue por la reducción del tamaño del Estado, sólo puede explicarse por una perversa obsesión por reducir los gastos sociales. No se le ha ocurrido que si partimos de una visión pesimista de la naturaleza humana, todo crecimiento excesivo del Estado, que a fin de cuentas está constituido por seres humanos como los demás, con todos los defectos propios de la especie, incluyendo la pasión universal por el mando, difícilmente permitirá dar cumplimiento a las románticas esperanzas que algunos depositan en él, y en cambio puede ser el origen de las peores pesadillas, como la Historia nos enseña.

Quizás donde mejor se ponen de manifiesto sus prejuicios es en el tema del terrorismo. Lakoff llega al ridículo extremo de sostener la recalcitrante patraña de que una de las causas principales del terrorismo islámico es la desesperación de los que no tienen nada que perder.

Si se acaba con esa pobreza, se acaba con lo que alimenta a la mayoría de los terroristas, aunque los terroristas del 11-S tenían dinero.” (p. 93, negritas mías).

O sea, tenían dinero, pero la causa del terrorismo es la pobreza. ¡Y vale ya! Sencillamente, parece que los hechos objetivos no encajan en el marco progresista del señor Lakoff. La “explicación” del terrorismo por la violencia no es más que negarse a contemplar la verdad acerca de la naturaleza humana, explicando el mal por las circunstancias, y trasladando a la sociedad la responsabilidad del individuo. Es en definitiva el progresismo en estado puro. El peligro estriba en que, si como creemos algunos, el mundo no es como lo imaginan los progres, los errores acerca de la naturaleza de las cosas se acaban pagando caros. Lakoff cree que fue una equivocación atacar a Afganistán tras los atentados del 11-S, porque ello provocó la muerte de inocentes y nos iguala, según él, con los terroristas. Pero ¿qué alternativa propone? Aunque no entra en muchas precisiones, parece que él hubiera preferido que se hubiera ido a las supuestas causas del odio antioccidental. Pero incluso dejando de lado que quizás las causas no sean las que él imagina, ¿podemos concebir una política más suicida que dejar sin responder de manera contundente una agresión semejante? Pongamos un ejemplo de menor escala, el de unos delincuentes que se hacen fuertes con rehenes. Si la policía asalta el recinto y en la lucha subsiguiente mueren algunos rehenes, ¿debemos concluir que habría sido mejor ceder a las exigencias de los criminales? ¿No estaremos con ello favoreciendo la proliferación de este tipo de delitos, con consecuencias mucho más graves que las que pretendíamos evitar? Este tipo de cosas son las que los progres no quieren ver, porque desde luego no es agradable. Pero nadie dijo nunca que la verdad lo fuera.

El elefante, la gaviota y el armario

Poco antes de las elecciones, el PSOE escenificó el fichaje como asesor de George Lakoff, autor del conocido libro No pienses en un elefante. Escrito para ayudar a los progresistas norteamericanos a contrarrestar la influencia del poderoso movimiento conservador de su país, hay razones que me llevan a pensar que esta obrita podría ser más útil para el Partido Popular que no para los socialistas. Y ello tanto por sus virtudes, que las tiene, como por sus clamorosos defectos, que dejan en evidencia las inconsistencias más flagrantes del seudoprogresismo.

Un hecho resulta insoslayable, y es que la situación política en Estados Unidos es –sin exagerar demasiado– la opuesta a la de España. En nuestro país, quien se encuentra a la defensiva es la derecha, no la izquierda. Es ésta la que se ha adueñado del lenguaje y ha tenido la habilidad de llevar a su terreno el debate ideológico. El libro de Lakoff precisamente está dirigido a quien se encuentra en esta situación de desventaja, y lo que pretende es revertir tal estado de cosas. Por eso buena parte de su contenido merece ser tenido en cuenta por la derecha española.

Lakoff, además de un progre entrañablemente previsible, es profesor de Ciencia Cognitiva y Lingüística en Berkeley. Su teoría es que todos funcionamos mediante el uso de marcos y metáforas inconscientes, en las cuales integramos cualquier información objetiva que recibamos. Si un hecho no encaja con nuestro marco mental de referencia, lo rechazamos.

Los conceptos –afirma– no son cosas que pueden cambiarse simplemente porque alguien nos cuente un hecho*.”

La verdad, por sí sola, no te hará libre. Decirle al Poder únicamente la verdad no funciona. Tienes que enmarcar eficazmente las verdades desde tu perspectiva.” (p. 58)

No puedes ganar exponiendo simplemente hechos ciertos y mostrando que contradicen las reivindicaciones de tu oponente. Los marcos prevalecen sobre los hechos. Los marcos de él se mantendrán y los hechos rebotarán. Reenmarca siempre.” (p. 166)

Esto implica, además, que la gente no se mueve tanto por lo que se supone son sus intereses, como por su identificación con unos valores y una visión del mundo.

El Partido tiene que ofrecer al país –dice Lakoff– una visión moral clara, una visión común a todos los progresistas. No puede presentar sus programas como si fueran una mera lista de la compra.” (Págs. 18-19)

Y añade más adelante:

Los candidatos liberales [= de izquierdas, en el lenguaje político norteamericano] tienden a guiarse por las encuestas, y así deciden que tienen que hacerse más «centristas», por lo que giran a la derecha. Los conservadores no giran nunca a la derecha y, sin embargo, ¡ganan!” (p. 43)

(En adelante, para adaptar estas afirmaciones a la realidad española, sustitúyanse mentalmente todos los términos referidos a la izquierda por los opuestos de la derecha y viceversa.)

Los marcos mentales son activados por determinadas palabras. Por eso, quien consigue imponer un determinado lenguaje, triunfará activando el marco de su ideología. De ahí deriva el

principio básico del enmarcado para cuando hay que discutir con el adversario: no utilices su lenguaje.” (p. 24)

Sin embargo, no hay que caer en el error de pensar que todo es una mera cuestión de comunicación. Lo primordial es tener clara la propia visión global de las cosas (el marco). Las ideas y por tanto las palabras surgirán entonces con naturalidad. Una vez se dan estas condiciones, lo siguiente es

repetirlas una y otra vez, continuamente, y afirmarlas hasta que ocupen el lugar adecuado en nuestras sinapsis. Pero eso lleva tiempo. No ocurre de la noche a la mañana. Por eso hay que empezar ya.” (p. 50)

El ala derecha [recuerden: para nosotros, la izquierda] ha utilizado durante mucho tiempo la estrategia de repetir continuamente frases que evocan sus marcos y que definen las cuestiones importantes a su manera. Tal repetición consigue que su lenguaje parezca normal, que el lenguaje cotidiano y sus marcos parezcan normales, modos cotidianos de pensar acerca de las cuestiones importantes.” (p. 81)

Resumiendo, para contrarrestar esta hegemonía del modelo seudoprogresista, hay que oponer un modelo alternativo.

Tienes que hablar desde tu perspectiva moral en todo momento (...) Clarifica tus valores y utiliza el lenguaje de los valores. Abandona el lenguaje de los fontaneros de la política.” (p. 58)

Sin entrar ahora en una valoración de las teorías cognitivas del autor, lo que escapa por completo a mis conocimientos, no hay duda de que al menos en su aplicación práctica suenan muy convincentes. El Partido Popular montó su campaña electoral en torno a “los problemas que de verdad interesan a la gente” Pero ¿qué se supone que es lo que de verdad interesa a la gente? ¿El precio de la leche y los huevos? Cierto que también defendió principios morales, como en la cuestión de las negociaciones con ETA. Pero no ha bastado con ello, ni siquiera con poner en evidencia las mentiras de Zapatero. Una mayoría de la población ha creído que el fin de la “paz” justifica los medios, y la oposición ha sido incapaz de cambiar esa mentalidad, ha creído que con su digna actitud contraria era suficiente para recibir adhesiones. Todo por no tener la valentía de salir del armario, es decir, defender su propia visión del mundo en lugar de darla por sabida (en realidad, pasar de puntillas ante las cuestiones ideológicas) y preferir refugiarse en la “buena gestión” y demás virtudes de probos funcionarios.

No deja de resultar penoso que un progre americano parezca haber aprendido más de la derecha americana (por mucho que lo enmascare como deducciones científicas) que la propia derecha española.

(En el próximo post continúo con el análisis del libro y su interesante teoría acerca de los dos modelos de familia, que recuerda a la teoría de Thomas Sowell. No os lo perdáis.)


*Editorial Complutense, 2007, pág. 39. Todas las citas son de esta traducción castellana.