Los materialistas y los locos no saben dudar. (G. K. Chesterton)

sábado, 24 de marzo de 2012

El ser y la nada. Réplica a Francisco Capella

Pocas cosas hay más presuntuosas que declararse racionalista -más allá de cierta claridad en la expresión, detalle siempre de agradecer. Creer que, a diferencia de una gran parte de la humanidad, quizás de la mayoría, uno emplea ese instrumento llamado razón. ¿Qué hace todo ser humano, por el mero hecho de serlo, si no ejercer sus capacidades deductiva y argumentativa para alcanzar determinados objetivos, entre ellos tratar de convencer a los demás de sus propias opiniones?

Por supuesto, mucha gente razona mal, es decir, parte de supuestos equivocados, y a veces incluso comete errores lógicos, aunque esto último sospecho que es menos trascendente, en sus repercusiones cotidianas, de lo que pretende hacernos creer cierta literatura sobre las falacias. (En todo caso, es relativamente fácil de corregir.)

En cambio, las premisas erróneas (el input) son el problema fundamental del conocimiento humano, y este carece por completo de solución. Siempre estaremos expuestos a partir de premisas equivocadas, no tiene remedio. Si por racionalista, precisando más, entendemos una persona que cree haber detectado determinados supuestos erróneos, dentro de un campo concreto, cualquier pensador lo es. Si por racionalista entendemos una persona que cree poseer el método general y definitivo para detectar supuestos erróneos, se trata de una variante de la megalomanía.

El blog intelib, de Francisco Capella, aunque estimable por muchas razones, es un ejemplo de este tipo de delirio. En su presentación podemos leer este párrafo:

La superstición religiosa es una causa fundamental del mantenimiento y la propagación de la ignorancia. Los núcleos de las principales religiones son dogmas o sistemas doctrinales irracionales basados en la creencia en entidades sobrenaturales imaginarias, irreales, inexistentes, que supuestamente controlan la naturaleza e influyen sobre los seres humanos.

Subyace aquí una argumentación circular. Las entidades sobrenaturales son irracionales porque son imaginarias, irreales, inexistentes... ¿Y cómo sabemos que tales entidades son (en general y siempre) todo esto? Quizás porque son irracionales... Como decía Chesterton, negamos credibilidad a los testimonios medievales sobre los milagros porque los hombres de aquellos tiempos eran supersticiosos. Y si pregunto “en qué sentido eran supersticiosos, se me contesta que porque creían en los milagros.”

El señor Capella, como todo hijo de vecino, incurre ocasionalmente en malos razonamientos, producto de supuestos en absoluto autoevidentes e incluso de falacias lógicas que no suele cometer tanto la gente corriente (“ignorante”, según su clasificación dualista de la humanidad) como los intelectuales preclaros. Así, en su entrada “¿Por qué existe algo en vez de nada?” dice:

Porque la nada es precisamente lo que no hay; y el algo es lo que hay. Sólo puede haber algo. Todo lo que existe tiene alguna característica: la nada no tiene ninguna; es la ausencia total de características. La nada no existe.

La idea de que la nada no puede existir es al menos tan vieja como Parménides. Sin embargo, la argumentación en favor de esta tesis no pasa de ser un juego de palabras, tanto en el poema parmenídeo como en la formulación menos literaria de Capella. Ciertamente, es muy difícil expresar pensamientos sobre la nada, porque el lenguaje por naturaleza es referencial, implica la existencia de un objeto. Pero desde un punto de vista lógico, solo es imposible la existencia de algo contradictorio en sí mismo. No puedo pensar que un triángulo tenga dos vértices, o que 2 = 3. Ahora bien, la nada no entraña ninguna autocontradicción. Puedo pensar que algo no existe, y extrapolar este pensamiento al todo. No hay imposibilidad lógica en que nada absolutamente hubiera existido.

Prosigue Capella afirmando que es mucho más probable la existencia de algo que de nada, pues hay infinitos algos posibles, y solo una nada. Esto es uno de los peores argumentos que he hallado hace tiempo. Por esta vía podríamos demostrar que cualquier cosa real es menos probable que las infinitas variantes imaginarias que podamos concebir.

Dice, acudiendo a un sobado tópico de la seudodivulgación científica, que el vacío cuántico (del que supuestamente habría surgido el universo) es lo más cercano a la nada que se pueda concebir. Pero el vacío cuántico es algo, no existen grados en la nihilidad. La nada es nada y nada más.

Aunque fuera cierto que la energía total del universo, sumadas la energía positiva y la negativa, fuese cero, eso no significa que estemos exentos de explicar por qué hay algo (energía positiva, negativa, o lo que sea) en lugar de nada. Son tentadores esos intentos perezosos de demostrar que no existe misterio, que todo es esencialmente simple. Pero uno no puede eludir el problema de la existencia del universo con una ficción contable.

Claro que el tema de Capella no responde a mera especulación ociosa, posee una intención que revela al final:

Si intentas colar una divinidad que explique el algo como su creación de la nada, esa divinidad ya es algo. Y no sólo es algo, sino algo imposible.

Por eso le interesa a Capella demostrar que el ser es necesario, porque cree que así elimina la idea de Dios. No nos explica por qué Dios es “imposible”, pero dejemos eso ahora. Lo que está claro es que al eliminar la idea de contingencia (que el universo –cualquier universo–  podría no haber existido), no es necesario un Dios creador. Sin embargo, lo incontestablemente cierto es que la nada absoluta es lógicamente posible, o como dicen los teólogos, el universo es contingente. Por tanto, si Dios no existe, el universo es irremediablemente absurdo. Existe sin motivo alguno, pudiendo no haber existido nada. Postular no sé qué leyes cuánticas (carentes de voluntad, a diferencia de Dios) que expliquen su existencia es hacer trampa, es escamotear injustificadamente la posibilidad de la nada absoluta. Que nada hubiera existido vale para vacíos cuánticos y para cualquier otra idea de la palabrería cientifista.

La existencia del cosmos, si no consideramos la posibilidad de una Inteligencia creadora, es tan surrealista como que ahora mismo apareciera un rinoceronte montado en bicicleta frente al lector. No es lógicamente imposible, pero sí intelectualmente repugnante. Esto lo vio perfectamente el Sartre joven, que en este sentido era un ateo mucho más coherente que Capella. Pero él está enamorado de la religión de la racionalidad científica, y por tanto se cree obligado a rechazar la náusea sartreana. Es un ateo que en el fondo no llega a las últimas consecuencias de su ateísmo, es decir, desea preservar la racionalidad constitutiva de lo real, sin la cual la inteligencia no podría existir. Y niega la existencia de un Dios personal, sin la cual toda libertad es una ilusión, pues no habría más que determinismo o azar. Inteligencia y libertad; curiosamente, el lema de Capella.

Los ateos tienen toda la razón cuando afirman que no podemos demostrar formalmente la existencia de Dios. Y tienen razón también cuando aducen que Dios no es una explicación, en el sentido de que se trata de un ser más allá de nuestra comprensión. ("Ahorrémonos un paso" -proponen; "digamos que el universo es incomprensible".) Se equivocan solo cuando dicen que no se necesita demostrar su inexistencia, o que no se necesita explicación.

Acusan a los teístas de antropomorfismo, pero del mismo modo se les podría acusar a ellos de cosimorfismo, si se me disculpa el neologismo. Ellos dan por sentado, sin justificación racional, que su metafísica basada en extrapolar ciertas características de nuestra experiencia con los objetos inertes a todo lo existente, equivale a una supuesta visión científica del mundo, que lo clarifica todo. Pero los ateos se equivocan profundamente cuando pretenden que el ateísmo no tiene consecuencias deletéreas para la racionalidad ni para la moral, cuando pretenden que sin misterio, los cimientos de la razón y la ética son más sólidos. Y con tal de eliminar lo primero, se cargan los segundos. En su furor higiénico, acaban esterilizando. Y ya se sabe que en un ambiente esterilizado (racionalizado) somos más vulnerables a cualquier ataque microbiano. Mucha gente ve ridículo rezar el padrenuestro, pero practica el yoga sin tener ni idea de lo que es, más allá de cuatro espantosas superficialidades. No creerá en Dios, pero creerá en el cambio climático, porque "lo dicen los científicos".

Capella quizás no crea en el cambio climático, pero creerá otra cosa que a la postre será falsa, porque estará adornada con un cierto marchamo "científico". Y por supuesto, eso nos pasa a todos, que tomamos soja porque queremos creer que reduce el colesterol o cualquier otra charlatanería con la que nos bombardean a diario. Algo siempre nos acaban colando, porque el espíritu crítico no puede estar permanentemente activado, sin desfallecer. Pero al menos algunos no vamos de neoilustrados cargantes por la vida. Intentamos usar bien nuestra razón, sabiendo que pese a ello no podremos evitar equivocarnos más de una vez. Sabiendo que no tenemos la varita mágica de la racionalidad, porque si tuviéramos una varita mágica, tendríamos la sinceridad de no llamarla racionalidad.

6 comentarios:

George Orwell dijo...

La nada, no es más que lo que hay en algunos cerebros...

Saludos

Anónimo dijo...

Es una buena argumentación pero algunos somos ateos sin necesidad de estar en contra de la religión.
Allá cada cual.
Un saludo.

Elentir dijo...

Los racionalistas imponen a la realidad una limitación puramente subjetiva: afirman que no existe todo aquello que es incapaz de concebir la razón humana. O para ser más exactos, su concepto de la razón. En realidad el racionalismo tiene muy poco de racional: es subjetivismo puro y duro.

Por cierto, la afirmación que hace Francisco Capella sobre las religiones no es original, ya la hicieron los regímenes comunistas, con las consecuencias que ya conocemos todos. ¿Es que aún quieren repetir el experimento? ¿Cuántos millones de muertos más en nombre del materialismo científico necesitan para caer de la burra?

Enky dijo...

El ser humano es incapaz, por ejemplo, de describir formalmente el proceso del pensamiento, de ahí que hasta la fecha no haya sido posible imitar con un computador la inteligencia humana. Según el principio de la complejidad, un sistema no puede describir o entender sistemas de complejidad igual o superior a la suya. Concebir la inteligencia o la consciencia humana es imposible para el hombre, cuanto más ordenes superiores a él como la sociedad o el universo.

En cualquier caso, a mí me resulta más fácil creer en Dios que en la fecundidad de la nada.

Por cierto, si la nada es tan improbable ¿por qué hay tanto espacio vacío?

Anónimo dijo...

Francisco Capella fue el motivo por el que dejé de leer los artículos del Instituto Juan de Mariana. Siempre he creído que ese señor tenía mucho más en común con las peores de las tiranías que con las ansias de libertad que teóricamente debería amparar este instituto. Es un mediocre científico, un pésimo escritor, y que tenía un ego que no sé el motivo por el que no le han mandado a paseo varios de sus compañeros de instituto cuando les ha corregido con aires de superioridad.

Ruben A.M. dijo...

No debemos olvidar que estamos tratando con conceptos. Si pretendemos entendernos los términos no pueden tener significados distintos, referidos a una misma cosa. Por tanto hemos de partir de un punto común, aceptado por todos.
La "nada" es un concepto que no admite discusión: lo hemos creado para referirnos a lo que "no existe". Es absurdo referirnos a ella como algo en sí mismo o diferente a lo que hemos decidido que es (o que no es). Más loco aun es tratar de explicar la nada.
"Realidad" es el concepto que usamos para nombrar lo que "es". Nuestra relación con otros términos como "determinismo", "azar", "incomprensible", "inabarcable", "misterio" ha de ser la misma: son conceptos que creamos para referirnos a cosas específicas. Cualquier entidad externa, cualquier tercer observador o creador posible, sean cuales sean sus propiedades, formaría parte de lo que definimos como "realidad". Si Dios existe no cabe en "la nada" (¿debo repetir que el concepto de "nada" es nuestro?), forma parte de la realidad, ¿probable, cognoscible?: la que sea... aunque por el momento cada cual tiene que limitarse a la idea que sobre ello tenga. Si no existe, sería solo en los términos en que los ateos y científicos plantean, como entidad física o cognoscible o demostrable, y tendríamos un "problema": la "realidad" de que el hombre lleva desde siempre viviendo bajo la influencia de algo que no existe, rindiendo culto y respetando o renegando de "la nada"...

En otro sentido, las personas como Capella relacionan sin matices la religión con Dios. No es que no exista esa relación, pero que las religiones todas, las iglesias, los creyentes vinculen sus propios comportamientos a un Dios (o varios) no define a Dios sino a esos hombres, ya sean guías espirituales o simples fieles, sean hermanitas de la caridad o terroristas, santos o asesinos. Los dogmas, independientemente de lo apropiados o no que sean, son nuestra idea de cómo hemos de comportarnos partiendo de la certeza de una entidad que nos observa, evalúa y espera por nosotros. Personalmente pienso que los dogmas religiosos surgen de nuestra percepción acerca cómo ha de ser ese comportamiento nuestro una vez que "sabemos" que Dios existe. Exactamente como los dogmas de los ateos y sus rituales y criterios de comportamiento; comportamientos nobles o malvados en igual proporción que el de los religiosos que tanto critican.
Hemos de tener claro que conceptos tan simples como "nada" y "vacío" no son lo mismo, salvo que decidamos que son lo mismo, aunque en ese caso nunca tengamos acceso a reconocerlos como lo que realmente son. Comprender lo que percibimos depende no sólo de nuestra razón sino también de nuestra voluntad de querer comprender y de nuestra honestidad en reconocer las cosas como son, y cualquier intento de ignorar eso es vulgarizar nuestra relación con la realidad, vulgarizarnos a nosotros mismos y vulgarizar nuestra idea de Dios o su ausencia, de la realidad y nuestra capacidad para conocerla.
Disculpas por la extensión.
Saludos.