La crítica al feminismo, incluyendo la de quien escribe, a menudo lo adjetiva como radical. Pero si el feminismo no es radical, ¿en qué consiste? Afirmar que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres es una trivial constatación, que solo discuten clérigos islámicos. La palabra feminismo no es de gran utilidad si resulta que todos somos feministas. Cuando el anterior presidente de gobierno se definía a sí mismo como feminista, es evidente que no se limitaba a defender la igualdad jurídica de la mujer.
El feminismo es una ideología basada en un relato, como todas las ideologías. Relato, cuento, fábula, llamémoslo como queramos. Más o menos se podría explicar así: Durante miles de años, los hombres han sometido a las mujeres, confinándolas a la crianza de los hijos y a las tareas domésticas. Hace aproximadamente un siglo que se inició el lento proceso de liberación de la mujer, el cual todavía prosigue, consistente en derribar las barreras institucionales y los prejuicios que se oponen a la total igualdad entre los dos sexos.
Basta contar así esta historia para percibir su carencia de verosimilitud. Si aproximadamente existe igual número de mujeres que hombres, y si en conjunto los dos sexos tienen parecida inteligencia, es muy difícil sostener que una mera especificidad muscular haya bastado para mantener a las mujeres sometidas durante miles de años. Contraejemplo de ello es que ya desde la Antigüedad no han sido tan raros los ejemplos de mujeres con poder político, desde Nefertiti hasta Isabel la Católica, por no hablar de los tiempos modernos.
La realidad es que durante milenios ha existido una división del trabajo entre los dos sexos, basada en razones biológicas. Las mujeres del paleolítico, condicionadas por los períodos de gestación y lactancia, tendieron a especializarse en la crianza de los hijos, en tareas de recolección y de administración doméstica. Los hombres pudieron especializarse en la caza y en la defensa (u hostilidad) frente a otros grupos. Sería absurdo pretender que alguna de las dos funciones era más importante o satisfactoria que la otra. Que las mujeres se vieron contra su voluntad relegadas a las labores de crianza y elaboración de alimentos o vestidos.
Ahora bien, en tiempos recentísimos se ha producido una revolución innegable. El aumento de la riqueza económica ha permitido prolongar el período de educación, durante la infancia y la juventud, con lo cual también las mujeres han tenido acceso a la misma formación que los varones. El acceso de las mujeres a los estudios superiores no ha sido consecuencia de ninguna lucha por la igualdad, más allá de casos anecdóticos, sino que más bien la ideología feminista ha sido la consecuencia de lo primero. En las aulas se produce una apariencia de igualdad de hecho entre chicos y chicas, que luego en la vida real no es tal. De ahí la tentación, inherente a toda ideología, de transformar la realidad para amoldarla a modelos ideales, que surgen con facilidad en ámbitos académicos o laborales.
En cuanto dejamos de creer en el relato feminista, el predominio masculino en puestos de responsabilidad deja de ser efecto de una injusticia histórica. Lo que subyacen son diferentes escalas de valores. A los hombres nos atraen más los puestos de relumbrón, el prestigio, los uniformes y las medallas, mientras que las mujeres se sienten más a gusto en tareas de cooperación no jerarquizada. Es innegable que en el pasado, la mujer que se salía de estos parámetros lo tenía mucho más difícil, pero las presiones o barreras con que se encontraba procedían tanto de los hombres como de las demás mujeres. Esto es lo único que ha cambiado en los últimos decenios. La mujer occidental, como individuo, si decide no incorporarse al trabajo remunerado y dedicarse al cuidado de la familia lo hace porque opta libremente por su propia escala de valores, distinta de la de los hombres... ¡y de las feministas!
Como ha señalado Miquel Porta Perales, "quien sostiene que la permanencia de la mujer en el hogar, con el objeto de dedicarse al trabajo doméstico, es una condena, suele ser la mujer con trabajo gratificante, socialmente considerado y bien remunerado (...) [E]stas mujeres privilegiadas no deberían imponer, casi por decreto ideológico, su modelo de liberación a las económicamente no privilegiadas." (La tentación liberal, 2009, pág. 258.) El feminismo, como las demás ideologías emancipatorias que componen la visión izquierdista de la sociedad, es un lujo de determinadas élites que tratan de imponer sus particulares preferencias al común de los mortales, generando una frustración artificial, cuando no algo peor, un sentimiento de remordimiento o vergüenza ante los propios sentimientos naturales.
La otra característica de las ideologías, compartida por el feminismo, es el razonamiento circular. Si alguien argumenta que las diferencias sexuales en el mercado laboral son debidas a que las mujeres, por lo general, valoran más los empleos y cargos que se pueden conciliar más fácilmente con la vida familiar, aun a costa de unas menores retribuciones o responsabilidades, replicará que eso es debido a una educación machista que les ha inculcado un sentimiento de culpabilidad por no dedicar suficiente tiempo a los hijos. Así, el feminismo, al igual que ocurre con el marxismo, es de imposible refutación. Incluso si las mujeres o los obreros no comparten las línea política de los intelectuales y dirigentes progresistas, es porque están alienados. Suerte que tenemos precisamente a estos intelectuales y dirigentes que saben mejor que el pueblo lo que le conviene.
sábado, 31 de marzo de 2012
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3 comentarios:
Buen post Carlos (otro más de tu parte de denuncia del cuento feminista).
El feminismo, todo él, está basado en una gran mentira. Hasta aquí tendría un pase, pues la mayor parte de las ideologías de la historia difícilmente están basadas en la historia (pues son historias inventadas). El problema es que la llamada lucha feminista hasta el presente sólo ha servido para en nombre de la igualdad feminista, crear derechos en la mujeres previa conculcación de esos mismos derechos en los varones.
Nada más hay que mirar en el ámbito doméstico, en la familia, en los derechos de los niños (nacidos y no nacidos) para poder afirmar con toda rotundidad que toda jurisprudencia feminista es de facto jurisprudencia hembrista. Y por tanto, por sexista, fascista.
¿O tú por el hecho de ser hombre tienes los mismos derechos a expulsar a tu esposa de su casa que ella tiene de expulsarte a ti de la tuya? ¿Cuantos casos conoces de mujeres expulsadas de SUS casas en procesos de divorcio?
¿O tú por el hecho de ser hombre tienes los mismos derechos a apartar a vuestros hijos de su madre (en no pocos casos para siempre y de un día para otro) que ella tiene de hacerlo al contrario por el sólo hecho de ser mujer?
¿O tú por el hecho de ser hombre tienes los mismos derechos a tener (o no tener) los hijos de una mujer lo quiera o no ella, como a la inversa lo tienen ellas de abortarlos aunque tú quieras a ese hijo?
¿O tú por el hecho de ser hombre en caso de divorcio tienes los mismos derechos que las mujeres para decidir si tienes hijos ser tú el que se queda con ellos y ella sin casa y pagando durante décadas la pensión compensatoria y la casa en la que no viviría aunque fuese de ella?
Todos los derechos que ha conseguido el feminismo para las mujeres, ha sido conculcando sistemáticamente los mismos derechos en los hombres (muy en concreto sus derechos de paternidad, anulados por ley totalmente por el feminismo). Y no sólo en lo privado, también en el ámbito de lo público. Ahí está para demostrarlo la fasciofeminista ley de violencia de género: mismo delito, distinta pena.
(continua)
Pablo el herrero
El feminismo, ideológicamente, es una transmutación de la lucha de clases a la lucha de sexos, y ello, con toda la carga de coacción y violencia institucional sobre la sociedad entera típica de la ideología más fascista y criminal de la historia de la humanidad: el marxismo.
El feminismo tiene la fuerza que tiene, porque para el socialismo mundial no sería posible por si sólo implantar sus objetivos de reingeniería social.
Sin el feminismo no es posible destruir la familia. Sin el feminismo no es posible alcanzar los ecologistas objetivos demográficos (a través del aborto libre). Sin el feminismo no es posible destruir las identidades individuales mutándolas en identidades colectivas como consecuencia de la cada vez mayor dependencia de la educación y crianza de los hijos por parte del estado.
Una mujer feminista es aquella que no quiere tener hijos. Una mujer feminista es aquella que si queda embarazada los aborta. Una mujer feminista es aquella si a pesar de todo quiere tener hijos, los deberá tener sola y conculcado los derechos del hijo a tener un padre… y por supuesto, a partir del mes de vida criado por el estado en sus guarderías.
Todos los demás modelos de mujer para el feminismo son alienantes y por tanto, al igual que los hombres (todos potenciales maltratadores), todas las demás mujeres fuera de esos modelos deben ser de-construidas y si osan querer a un hombre, por ello, como los hombres, igualmente estigmatizadas.
El feminismo ha robado la voz a las mujeres y como consecuencia de sus leyes hembristas, ha destruido en los países desarrollados la confianza de los hombres hacia ellas. El tiempo de los divorcios se va agotando, en la próxima generación no habrá ya casi divorcios (porque no habrá casi matrimonios). Las feministas llevan todo el siglo XX expulsando a los hombres, no sólo de sus casas (repudio) sino de sus familias; les va a costar todo el siglo XXI convencerles que entren.
Las reingenierías sociales (siempre fascistas) son generacionales; aunque ahora se aboliesen todas las leyes hembristas, el daño ya está hecho. En otras palabras, los abusos de las actuales abuelas y madres feministas lo pagarán sus hijas y nietas. Lo están pagando ya, aunque el fasciofeminismo mediático lo oculte.
….cosas de los fascismos.
Un cordial saludo Carlos.
Pablo el herrero
Uyuyuyuyuyuyuy... Como venga la Policía del Pensamiento lo van a detener D. Carlos...
Saludos.
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