sábado, 9 de febrero de 2008

Dejad a las putas en paz

El debate sobre la prostitución me parece de lo más pródigo en falacias. La mayoría de las prostitutas son las primeras que no quieren tener un reconocimiento oficial que las obligaría a cotizar a la Seguridad Social o a obtener un título homologado. Claro que esto podría tener el efecto a medio plazo de disminuir la competencia, lo cual las beneficiaría en su conjunto, pero dudo que se guíen por consideraciones teóricas semejantes.

De todos modos, y aunque la aspiración humana a la aceptación sea innegable, a las putas ya les va bien, hasta cierto punto, que su oficio sea despreciado socialmente, porque eso actúa como factor disuasorio (aunque no más importante) de excesivas competidoras. Y de todos modos, las que trabajan en la calle o en casas sórdidas, jamás se verían afectadas por ningún tipo de regularización, pues por su "baja cualificación" (vamos a llamarla así), inevitablemente están abocadas a la economía sumergida. De hecho, lo único que ganarían con el reconocimiento de su actividad sería estar más expuestas a persecución legal por fraude fiscal o intrusismo profesional.

Las mujeres, por razones evolutivas, son mucho más selectivas que los hombres en la elección de compañeros sexuales. Por ello la gran mayoría de prostitutos masculinos se ofrece a otros hombres. La demanda femenina de servicios sexuales es casi irrelevante en comparación con la de los hombres, por mucho que la memez políticamente correcta nos venga con el cuento de que "eso era antes". Y ésa es la razón también por la cual la mayoría de mujeres jamás estarán dispuestas a prostituirse, salvo en casos extremos de miseria, no por "el prejuicio judeocristiano contra el cuerpo", según la palabrería progre al uso.

La demagógica comparación con la respetable señora casada por interés yerra en lo esencial, que es la multiplicidad de relaciones que se ven obligadas a consentir las putas. Puede que algunas prefieran ese modo de vida, pero lo que está claro es que, para la inmensa mayoría de mujeres, la dignificación de la prostitución que algunos defienden equivale en realidad a ignorar frívolamente lo desagradable del asunto, a trivializar lo penoso que es para cualquiera, por mucho dinero que gane, hacerlo de esta manera. Y comparar al proxeneta, que es siempre un mafioso maltratador, con una especie de manager artístico, es sencillamente una burla. Las putas de lujo no lo necesitan, y las de la calle no se librarían de ese personaje por mucho que encima estuvieran obligadas a emitir factura -cosa que evitarán siempre que puedan.

Como dice Clint Eastwood al final de Sin perdón, "no se os ocurra maltratar a ninguna otra puta". Y cabría añadir: Ni molestarlas con vuestra impertinente compasión.